“Murió Jürgen Habermas. Murió el siglo XX”. “Murió Habermas, el mundo que conocimos no existe más”. Estos dos comentarios resumirían por sí mismos el sorprendente impacto que tuvo en las redes sociales la muerte del filósofo y sociólogo alemán el pasado sábado. Quizás sean los prejuicios, pero no estaba entre las quinielas de uno que el último gran exponente de la Escuela de Frankfurt compartiera un notable protagonismo en X con otras tendencias del momento, como fueron la película Torrente presidente, las elecciones del Barça o la falsa noticia de la muerte de Netanyahu. 

Lo cierto es que hay un poco de trampa. Una buena parte de los comentarios tenía tono humorístico. Este que escribe, por ejemplo, no había reparado hasta el sábado en el asombroso parecido entre el filósofo y Carl Fredricksen, el entrañable anciano gruñón protagonista de la famosa producción de Pixar Up. “Vuela alto, Habermas”, deseaba un usuario, adjuntando la preceptiva imagen del personaje de animación en el aire junto a sus inseparables globos.

El filósofo alemán vio que internet no era el espacio de debate cívico para fortalecer la democracia que él mismo había proyectado

Otros salieron a rebufo del trending, ironizando precisamente sobre la supuesta popularidad de Habermas, cuyos textos, como es sabido, no son plato de digestión fácil. Y así fue como se infló la conversación. “Así que eras seguidor de Habermas? A ver, nómbrame tres canciones”, señala uno. “¿Ha publicado Rosalía ya su vídeo sobre Habermas en TikTok?”, decía otro. “Ya murió Habermas, ya pueden admitir que nunca le entendieron”, bromeaba un tercero. Por no hablar de los muy poco originales juegos de palabras con su apellido. Que sí, que ya sabemos que ni va a haber más ni lo vamos a ver más... ¡ay!

Porque, como siempre ocurre en X, el último que se respeta es al fallecido. Los códigos de cortesía han cambiado en la esfera digital respecto a los del mundo en el que pensó el propio Habermas. De hecho, todo ha cambiado respecto al mundo que imaginó Habermas. Si las redes sociales son la traslación digital del debate deliberativo y racional en la esfera pública que configuró el gran pensador para moldear una mejor democracia, pues estamos apañados. 

Por ejemplo, más allá de chistes, otra buena parte de los comentarios en X eran cobros de facturas ideológicas. Los marxistas de la vieja escuela no perdonaban a Habermas su acomodo a la democracia liberal o, dicho de otro modo, le reprochaban “el divorcio entre la teoría marxista y la praxis revolucionaria de la clase obrera”. Hasta el punto de acordarse, algunos, de su pasado en las juventudes hitlerianas. Pero lo que más subrayaron fue su posición sobre Israel, país al que recientemente apoyó públicamente en plena guerra en Gaza. “Habermas murió el día en que su atrofiada brújula ética lo llevó a apoyar el genocidio en Palestina”, sentenciaron con crudeza.

Él se dio cuenta. Vio que las redes no eran hoy ese espacio de comunicación adecuado para la deliberación en las democracias. O que, si podían serlo, estaban fracasando. En uno de sus últimos textos, Un nuevo cambio estructural de la esfera pública y la política deliberativa, apuntó que las redes fragmentaban el debate hasta el punto de hacer imposible una opinión pública compartida, y alertó ante el triunfo de la emocionalidad sobre la racionalidad. Incluso los comentarios sobre su propio fallecimiento parecen darle la razón. Lo explicaba mejor el politólogo Javier Sánchez (@javisanchezglez): “El filósofo que teorizó el espacio público terminó señalando una paradoja: internet prometía más debate, pero ha acabado siendo un sistema de cámaras de eco, dominado por algoritmos, polarización y unos pocos gigantes tecnológicos”. 

Por eso lo que reinaba era el pesimismo con su deceso. Como si, con él, muriera una Europa posible basada en un diálogo razonado. Como si todo el mundo hubiera ya tirado la toalla. Porque “se van los pensantes y serios” y “se quedan los bárbaros y charlatanes”, como lamentaba el politólogo Elvin Calcaño (@elvin_calcano24). Porque “parece que en la conversación pública actual sobreviven mejor los eslóganes que los argumentos”, como apuntaba el filósofo Eduardo Infante (@eledututordecía). Visto lo visto, muy pertinente fue la reflexión de la cocinera Maria Nicolau (@MAlbercocs): “Gràcies per pensar, Habermas, però el diàleg racional no existeix: són els pares”. ¿Será verdad? - Jaume Pi C.de Sobregrau