La aporofobia es el rechazo o miedo a la pobreza y, más singularmente, a las personas pobres. El término, que parece muy antiguo dada su raíz griega, fue en realidad acuñado por la filósofa Adela Cortina, catedrática de Ética de la Universitat de València, explica Daniel Fernández en La Vanguardia. La aversión al pobre y a la pobreza se diferencia del odio al extranjero o al inmigrante en que, si el que viene de fuera trae dinero y bienes de fortuna, no hay problema. Ya saben ustedes, un moro molesta, un príncipe árabe es siempre bienvenido. Y discúlpenme la grosería.
Los pobres, viene a decir la aporofobia más elemental, lo son porque quieren, o porque no desean salir de su pobreza en esta sociedad nuestra libre, abierta y llena de oportunidades para el que quiera trabajar y abrirse paso. Si eres pobre será por algo: drogadicción, vagancia, alcoholismo, trastornos mentales, egoísmo (sí, los pobres pueden ser muy egoístas, no se asombren, que es parte del nuevo paradigma…). Los pobres, además, caen a menudo en la marginalidad. La mendicidad y la delincuencia son su hábitat, digamos que natural. La prostitución en el caso de las mujeres y el robo para los hombres son efectos de la causa general de la pobreza.
En este país de pobres se va cebando una bomba de odio que da cada vez más miedo.
Pero, claro, han llegado –y ahí vamos– los nuevos pobres. Los que tienen un trabajo, pero es precario o sencillamente no les da para vivir en unas mínimas condiciones socialmente aceptables. Los que no encienden la calefacción. Los que no consiguen tener ni alquilar casa. Los que no son tan pobres, pero jamás van a bares o restaurantes. Los que nunca se considerarían a sí mismos pobres, pero tampoco pueden pedirse unos berberechos si algún día, día de fiesta, deciden que van a tomar un vermut en un bar.
La aporofobia, el odio al pobre, empieza por uno mismo. Y este país que una vez no tan lejana fue de clases medias, hoy incuba un horror nuevo y antiguo, con sus trazos y visos de picaresca, la negación de la pobreza propia y el desprecio, la aversión ante la desgracia ajena. Si un inmigrante es pobre, merece nuestro asco y desprecio. Si ha prosperado, algo malo habrá hecho para lograrlo. Y así, en este país de pobres que lo fueron y de pobres que lo son pero se niegan a aceptarlo, se va cebando una bomba de odio que da cada vez más miedo. Y que nos hace más y más insolidarios.

1 Comentarios
A los extremistas no les faltan chivos expiatorios para descargar su odio: pobres, inmigrantes, homosexuales, mujeres libres, funcionarios, antifascistas, demócratas, progresistas, trabajadores con derechos... Es decir: todos menos ellos. Bueno, entre ellos lo que hay son purgas.
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