“Yo creo que trabajando fuerte y con la ayuda de Dios, todo es posible”. Es un musulmán quien habla, pero podría haber sido un judío, un cristiano o cualquiera de ustedes sano de atonía religiosa. ¿No les parece? - Santi Vila.
En la actualidad, en Catalunya viven unos 620.000 ciudadanos musulmanes, aproximadamente un 8,2% de la población. ¿Son muchos o pocos? ¿Integrados o, como siempre, en morerías? En el periodo andalusí, desde el año 711 hasta entrado el siglo XII, en la parte suroccidental de lo que hoy es Catalunya llegaron a conformar casi el 50% de la población. A su arraigo en el delta y ribera del Ebro debemos la red de acequias que embelesaron a Estellés y Margarit, así como un sinfín de fortificaciones e infraestructuras, desde Miravet hasta Lleida.
A los sarracenos hay que agradecerles el azahar que perfuma el aire y el limonero; la berenjena morada y la alcachofa de El Prat e incluso la mala costumbre campestre de comer todos de la misma cazuela. En lo intelectual, sería imposible explicar a Ramon Llull, por citar al cristiano más universal, sin comprender la complejidad de su mundo, tan lleno de tensiones y luchas contra moros y judíos, como de complicidades y aprendizajes mutuos. Y en lo político, serían inimaginables las gestas de Jaume I, sin tener en cuenta su respeto a los musulmanes conquistados. Y es que por aquel entonces las necesidades de mano de obra obligaban. ¿Les suena?
Como saben ustedes, los musulmanes se caracterizan por creer en la existencia de un único Dios creador, que coincide con el Dios de Abraham –y por lo tanto también con el de los cristianos–, así como por el reconocimiento de Moisés como profeta. Como los judíos y los cristianos, también los moros son partidarios de la plegaria regular, del ayuno y de consagrar lugares para la socialización y el culto. Como el resto de las religiones del Libro, los musulmanes están convencidos de la existencia del Cielo y de la Tierra y de que al final de sus días deberán someterse al juicio final, que los cribará en función de su fe y de sus obras. Quizás por eso, por si algo ha fallado, tal y como les pasaba a nuestros mayores, también a los musulmanes les preocupa mucho cómo enterrar a los muertos, no vaya a ser que el visado al Paraíso se demore y uno tenga que aguardar mucho en mala sepultura.
Los ultras de hoy acusan a los seguidores del islam, sobre todo si son pobres, de todos nuestros males
De un tiempo a esta parte, especialmente entre sectores de ultraderecha, aumenta el señalamiento de los musulmanes como causantes de todos nuestros males. Herederos de la tradición islamófoba tardomedieval, los ultras de hoy –que son una variante de los fanáticos de siempre– acusan a los seguidores del islam, especialmente si son pobres, de robarnos el trabajo, de vestir raro, de ser machistas –en España hay que tener morro para acusar de machismo a alguien– e incluso de ser sospechosos de terrorismo. Como de lo que se trata es de confundir, nada importa que en lo político un ciudadano musulmán participe de las ideas democráticas y secularistas, propias de la modernidad. Si es musulmán seguro que es islamista, esto es, partidario de que el Estado se gobierne por la ley religiosa (sharía).
Puestos a enredar, hace pocos días incluso el Congreso sintió la necesidad de pronunciarse en contra del burka o el niqab, los unos en teoría para proteger a las mujeres y la patria, los otros, más modestos, simplemente argumentando razones de seguridad. Teniendo en cuenta que en España viven unos cincuenta millones de habitantes y que parece ser que hay una docena de señoras que los visten, una vez más quedó claro que el legislador conecta “con los problemas reales de la gente”.
“Mi familia y yo somos musulmanes. Somos creyentes. Yo creo que, trabajando fuerte y con la ayuda de Dios, todo es posible”. Es Ansu Fati quien habla, pero podría haber sido cualquiera de ustedes. Pienso en los aficionados del Barça que votan a partidos antimusulmanes y en lo que cuesta encontrar un cristiano que recientemente les haya dado tantas alegrías como hizo Ansu o hace Lamine Yamal. Sedientos como vamos de buen fútbol y, si me lo permiten, de renovada espiritualidad, antes que combatir a los demócratas seguidores de Alá, yo echaría a los fanáticos en general, tengan la confesión que tengan, porque al final siempre son ellos los que nos acabarán haciendo llorar. Y eso sí que debería ser inconstitucional.

0 Comentarios