Pedro Sánchez tiene razón. La guerra que libran Estados Unidos e Israel contra Irán no encaja en los mínimos de la malograda legalidad internacional. Lo sabe también Donald Trump, que intenta construir ahora una narrativa con derivada jurídica para cubrir el expediente vendiendo una amenaza inminente derivada de la hipotética decisión de los iraníes de atacar primero que justificaría la legítima defensa. El presidente español también está en lo cierto –¡y en su sitio!– cuando sostiene que el seguidismo servil no es exigible por parte de EE.UU. Y que, con independencia de las consecuencias, España tiene derecho a ejercer su soberanía y a decidir por ella misma cuál es su posición en una guerra. Josep Martí Blanch
Tendría razón Sánchez también si se hubiera referido a la trampa de Tucídides, la metáfora del pasado que sirve para explicar que cuando una superpotencia (EE.UU.) siente que una potencia emergente (China) amenaza su hegemonía aumenta el riesgo de guerra. Hubiera podido añadir, a continuación, que las bombas americanas caen sobre Irán, no para derribar una teocracia o para defender los derechos de las mujeres, sino para frenarle los pies a China, que compra a precio de saldo el 80% del petróleo que los execrables ayatolás exportan al mundo. El mismo fondo, por cierto, por el cual el criminal Nicolás Maduro duerme en una cárcel estadounidense mientras Venezuela se sigue manejando con el visto bueno de Trump por un personaje corrupto e inmoral como Delcy Rodríguez.
El presidente español hubiese podido ir mucho más allá en los detalles. Y reconocer que él puede, a diferencia de sus homólogos francés, alemán, británico, y quienes representan a los países europeos con los que aspira a compararse España, ir hasta al final en su pulso con EE.UU. por la propia endeblez española en el concierto internacional. Sánchez no pone en riesgo los equilibrios de Europa en su conjunto para no violentar en extremo a Trump, pues una mosca cojonera en un enjambre de abejas no evita la producción de miel, como quedó acreditado en la famosa cumbre de la OTAN del 5%.
Hubiese podido también insistir en que las represalias comerciales de carácter convencional vociferadas por Trump no impresionan lo más mínimo, pues para eso contamos con el paraguas de la negociación colectiva de la Unión Europea. Cosa distinta, claro, son los flujos de inversión o el daño que la Administración americana pueda infligir a los intereses empresariales españoles con decisiones menos vistosas pero con un potencial todavía más amargo.
En lo cierto estaría Sánchez si hubiera detallado los riesgos geopolíticos que asume un peso wélter como España dándose de puñetazos en el ring con el peso superpesado estadounidense. El decantar el equilibrio y la simpatía norteamericana hacia el amigo marroquí, con un conflicto de soberanía abierto con España a cuenta de Ceuta y Melilla. El malmeter del todo las ya renqueantes relaciones de colaboración con la imprescindible inteligencia estadounidense. El añadir dificultades a convertir el Sahel –la principal amenaza de la frontera sur europea– en una prioridad para el conjunto de los aliados cuando el principal afectado es España. El riesgo de quedarse sin sitio en la mesa de los mayores en la que se discute, o eso se nos dice, el futuro del espacio común de defensa europeo por considerar, los propios colegas europeos, a España un país poco fiable cuando llega la hora de cerrar la puerta y tomar decisiones realistas a calzón quitado.
Pero todos estos detalles añadidos hubieran entorpecido el hipnótico “no a la guerra” con el que Sánchez pretende trasladarnos al 2004. Guerra en Irak, el trío de las Azores, Aznar con los pies en la mesa del despacho de George W. Bush y las calles de España repletas de manifestantes que querían echar al PP, cosa que acabó sucediendo gracias a los atentados de Atocha, a los que se sumó la estrategia del engaño del ejecutivo popular de entonces, convencido de que, si habían sido los islamistas, las elecciones estaban perdidas.
Un marco de campaña estupendo para intentar repetirlo en el presente, en esta ocasión desde el propio Gobierno: no a la Guerra. Emotividad en vena. Mantenerla en lo alto, que es lo que le conviene al Gobierno, dependerá del desarrollo de los acontecimientos. Pero Sánchez está donde quería y buscaba. Nada motiva tanto al electorado como una guerra en el exterior. La suya, sin muertos, es contra Donald Trump.

1 Comentarios
No a la guerra.
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