Así se ha ido debilitando la memoria cultural. El hermoso tapiz interior donde los hilos de las artes y la historia se entretejían con las hebras de lo vivido por cada cual se deshilacha, sobre todo en el caso de los más jóvenes. Eso se ha deslocalizado hacia los ordenadores, los móviles e internet, dejando en la gente una inquietante oquedad. Se ha debilitado asimismo el pensamiento: las redes sociales, con su flujo envenenado, van directas al estómago del ciudadano, sin detenerse apenas en su mente. Ellas pretenden pensar por nosotros y esto ha empeorado con la IA diciéndonos qué ideas debemos tener sobre cada tema. Y así menos personas juegan al ajedrez apasionante de pensar a fondo.
La creatividad también se está viendo afectada: cuando uno empieza, por ejemplo, a escribir un texto, ahí está la máquina, lo que llaman el copiloto, planteándonos el camino. Y es posible crear historias e imágenes con la IA. Ese enamoramiento sufrido y adolescente con que se generan las obras de arte se ha transformado, para muchos, en un cansancio inútil.
También se ha deslocalizado la ética. Nada más potente y hermoso que una persona bien construida por dentro, en su dimensión moral. Todos los días y en todos los momentos alumbrará el mundo con su eficacia y su generosidad. Pero la contemporaneidad prefiere controlar por fuera, no queriendo saber para nada de nuestro esqueleto ético. De hecho, las instituciones se han lanzado a una práctica de constantes fiscalizaciones realizadas exteriormente.
Y así se nos invita a evaluar al técnico que ha venido a reparar el wifi en casa o al garaje donde nos han arreglado el coche. Lo exterior, una ficha inquisitorial, sustituye lo interior: la confianza en la seriedad del trabajador. Todo funcionaría mucho mejor si se apostara por una ética interiorizada en las personas. No debe extrañarnos que vivamos en un permanente cortocircuito social de diversas corrupciones.
Hemos menospreciado eso que llamábamos alma y era sagrado, y nos hemos ido enamorando de la nada
Y no hablemos de esos sentimientos que elegíamos y nos elegían: auténticas anclas de nuestra biografía. Cada vez hay menos cuerdas y nudos de certidumbre emocional que sostengan las relaciones humanas. Por esos pagos, todo es un banco de niebla. Y ahí las nuevas tecnologías nos ofrecen un entretenimiento obsesivo, que funciona como un narcótico. Eso no nos basta y, para aclarar un poco la bruma del corazón, nos refugiamos en el sentimiento puro, en estado bruto, de nuestras mascotas.
Creo que todo esto ha pasado porque, desde hace décadas, hemos menospreciado eso que llamábamos alma y era sagrado. La hemos dejado atrás, como una antigualla, y nos hemos ido enamorando de la nada. Nos gusta imaginar que nuestra vida puede ser como una pompa de jabón flotando en el aire, irisada de placer y libertad, y que después un día estalla y ya está. Vivir en esa levedad vacía es el objetivo. Sin embargo, estamos descubriendo ahora que existir en la nada es la peor forma de morir. Empezamos a entender el horror del hombre vaciado que hemos estado creando.
Es impresionante considerar la vida asediada por la nada de alguien que nazca ahora en Occidente. Cuando la concepción, uno empieza, desde luego, por ser nada. Se le puede descartar, que nada habrá ocurrido. Ese sello de ser nada ya lo acompañará de por vida. La familia en la que nace puede desintegrarse, y lo mismo pasará con sus relaciones futuras, siempre en riesgo y rodeadas por la nada. Los trabajos que tenga tenderán a evaporarse, si es que existen. Y, cuando nuestro héroe envejezca, la ciencia le regalará unos últimos años que, en ocasiones, se resumen en una tortura medicada. Pero ahí está la eutanasia, como un avatar más de la nada, y con una buena cremación y las cenizas repartidas líricamente en un jardín, nada habremos sido, desde el principio al final.
Los jóvenes, que siempre son el radar del futuro, nos están diciendo a gritos que esto no puede seguir así. Ese inmenso vacío se les transforma por dentro en una gran bola negra de angustia. Hay que regresar cuanto antes a lo humano, y ello conlleva volver a lo divino, en el sentido más puro y limpio de esta palabra. Hay que invertir de nuevo en eso que antes llamábamos alma. Los católicos viven en este momento la Cuaresma, que no debe ser una mera colección de penitencias, sino un tiempo en que se clarea la verdad de uno mismo. Pero lo diré en laico para que todos me entiendan. Pedro Salinas tiene un hermoso poema que invita a asumir nuestra más honda autenticidad: “¡Qué alegría más alta / vivir en los pronombres!”, dice el poeta. El mundo contemporáneo nos deja el nombre, como una etiqueta para controlarnos, pero nos roba nuestro pronombre espiritual. No permitan que eso ocurra: que nadie abdique de su alma. Que todos seamos capaces de decir, como en ese poema: “Yo te quiero, soy yo”

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