Me acuerdo de la única vez que he firmado libros en Sant Jordi porque tuve la suerte de conocer a Miguel Gila, escribe Antonio Muñoz Molina. Lo había admirado de niño, antes de la televisión, escuchándolo en la radio, viéndolo en algunas películas de pobres en blanco y negro, y luego, al cabo de los años, disfrutando sus viñetas de impávido humor negro en Hermano Lobo, una de aquellas revistas que en pleno franquismo se tomaron la libertad por su mano, antes de que la libertad llegara. Pero en aquel abril de 1995, en Barcelona, lo que le agradecí sobre todo a Miguel Gila fue su extraordinario libro de memorias, Y entonces nací yo, que es uno de los pocos testimonios de los años de la República y la guerra civil contados desde abajo, desde la posición de un pobre soldado de Infantería al que mandan al frente sin entrenamiento alguno y sin vapores ideológicos que lo animen al heroísmo ni a la crueldad.

Los monólogos sobre el absurdo de la guerra que lo hicieron célebre eran rigurosamente autobiográficos. El chiste macabro del hombre con una pierna amputada: (“Yo no soy cojo; es que me fusilaron mal”) reflejaba una experiencia suya: ya en la diáspora del final de la guerra, Miguel Gila fue apresado por un grupo de soldados marroquíes del ejército de Franco, los cuales se apresuraron a ponerlo contra el paredón, junto a otros camaradas de infortunio. Un pelotón de fusilamiento chapucero disparó contra ellos, y casi todos murieron, pero Gila permaneció indemne bajo los cadáveres de los otros, y consiguió escapar. En los tiempos muertos en el frente, los soldados republicanos y los nacionales jugaban al fútbol con pelotas de trapo y se intercambiaban tabaco y papel de fumar, así como noticias sobre parientes o amigos que hubieran quedado en el otro bando. Un día visita el frente Dolores Ibárruri, la Pasionaria, que ante aquella formación de reclutas hambrientos pronuncia su célebre consigna: “Más vale morir de pie que vivir de rodillas”. Y Gila reflexiona: “Pero ellos se marcharon al extranjero a vivir de pie y a nosotros nos dejaron en España a vivir de rodillas”.

El globo de la propaganda y de la épica lo pincha fácil el puro sarcasmo de la realidad. Miguel Gila me dedicó sus memorias y me dio un abrazo en el vestíbulo del hotel y ya no volvimos a vernos, ni ese día ni nunca. Nada más salir de allí fuimos arrastrados en la fiesta multitudinaria de los libros y las rosas, que aquel año, para mayor complicación, incluía breves intervalos de lluvia. A las carreras de literatos entre una librería y otra se añadían las que nos forzaban a buscar sombrillas y aleros bajo los que protegernos. Como aficionado a la literatura y a la botánica, nada me puede complacer más que la costumbre de regalar rosas y libros; pero siendo también aficionado al sosiego, y propenso al mareo y a un cierto grado de pánico en medio de las grandes afluencias de gente, he preferido no volver nunca a Sant Jordi. En Nueva York, cuando trabajaba en el Instituto Cervantes, con la ayuda de un bibliotecario de honda vocación, Lluís Agustí, inventamos un Sant Jordi ecléctico, en el que los participantes leían, según preferencias o habilidades lingüísticas, pasajes de Don Quijote de la Mancha en castellano o en inglés, o de Tirant lo Blanc, y a cada uno se le regalaba una rosa.

Espero que mi ausencia voluntaria y reiterada del Sant Jordi de Barcelona no sea interpretada como una ofensa a la ciudad, o al santo patrón de Cataluña, o a la catalanidad misma. Con bastante menos público, aunque con gran complacencia, me he encontrado con lectores en bibliotecas públicas y en librerías independientes de Barcelona, de esa manera discreta que me parece la más apropiada para la difusión de la literatura. Estoy convencido de que hay algo de confidencial en la literatura, igual que lo hay en músicas como el flamenco o el jazz, no por el hecho accidental de que sean minoritarias, sino porque para ser disfrutadas en su plenitud necesitan ese grado de cercanía en el que es posible la emoción íntima y la percepción de los matices.

Escribo con algo más de miramiento, acordándome de las borrascas de indignación que se han desatado en Cataluña en respuesta a una broma de comedida irreverencia que se le ocurrió a Eduardo Mendoza en la presentación de su última novela, una nueva salida del astroso detective sin nombre que comenzó sus aventuras hace ya cuarenta y tantos años en El misterio de la cripta embrujada. A Mendoza, quizás por el ejemplo de sus modales, se le atribuye un humorismo británico, pero yo lo veo bastante español, precisamente de la escuela de Gila, con una ligereza pop de trompazos de títeres o de viñetas de tebeo.

El humor de Mendoza estaba ya en su primera novela, La verdad sobre el caso Savolta, en la que había también un amor por los géneros menos respetables de la literatura, los folletines de crímenes por entregas, las tramas policiales. La primera gran humorada de Mendoza fue provocar con su mejor sonrisa, y como distraído, sin el menor empeño doctrinario, una especie de tranquila revolución en la novela española de aquellos tiempos, cuya principal característica era una seriedad lúgubre, plomiza, abismal. Uno quería empezar a escribir y un miedo paralizante lo dejaba en suspenso: había que revolucionar la gramática, la sintaxis, las normas narrativas, la herencia detestable del realismo decimonónico; y también había que hacer la revolución política y social, de modo que la literatura fuese un arma en la batalla contra el fascismo y el capitalismo. Yo terminé de leer una de las novelas más celebradas de entonces, Juan sin tierra, de Juan Goytisolo, y a mis 20 o 21 años de aprendiz de literato, caí en un trauma de remordimiento, casi de extravío: Goytisolo iba tan lejos en su afán de dinamitarlo todo que terminaba el libro con una frase en árabe, como si el idioma mismo en el que escribía fuera ya inadecuado, igual que las tramas, los personajes, la simple inteligibilidad de una historia. Justo aquello que más me atraía a mí de la literatura era reprobable.

Entonces llegó Mendoza. Como no vivía en España, no se había enterado de que el gusto a la vez primario y sofisticado de contar estaba proscrito, y de que el humorismo no era respetable, a no ser como caricatura panfletaria. Ahora es muy difícil imaginar el efecto que El misterio de la cripta embrujada podía tener en un lector joven con aspiraciones literarias. Mendoza se burlaba de todo, de las convenciones de la literatura y de la política, y la corrosión de sus bromas era más eficaz porque carecía de saña visible y no dejaba, literalmente, títere con cabeza. Visto con la perspectiva de casi medio siglo, La cripta embrujada es una crónica bastante realista de la cochambre ética y estética española en los años de la Transición, de sus lenguajes tan degradados como sus figuras de autoridad. La lógica de la historia era tan insensata como la de la vida diaria y pública de entonces.

Los ataques que Mendoza está recibiendo por atreverse a faltarle al respeto a este santo que muy probablemente no existió podían formar parte de uno de esos despropósitos narrativos que a él tanto le gustan, de la misma manera en que Carles Puigdemont, con sus huidas y apariciones atolondradas y sus espasmos visuales como de cine mudo, se ha convertido ya en uno de sus personajes. Voces ultrajadas exigen que a Mendoza se le retire nada menos que la Creu de Sant Jordi, lo cual sin duda lo sumiría en la amargura; Puigdemont dice que su broma “es la venganza de los resentidos”. Portavoces de juventudes patrióticas proponen que los libros de Mendoza se quemen en las hogueras de San Juan, logrando así un doble beneficio, purificador e identitario. Tal como están las cosas, empiezo a pensar que el nombre nunca dicho del detective esperpéntico pudiera ser Miguel Gila. Antonio Muñoz Molina.