En 1994, un manifiesto nacido en Atlanta y titulado A magna carta for the knowledge age (*),  certificó el fin del utopismo de los primeros años de Silicon Valley y el nacimiento de una corriente tecnolibertaria, apóstoles ultraliberales de mercado, opuestos a la regulación pública, postulantes de la reducción del papel del Estado y entregados a la innovación privada y que veían el ciberespacio la nueva frontera americana, terreno de conquista.

Entre sus cuatro autores aparecían Alvin Toffler, divulgador de las bondades de la libertad tecnológica, y George Keyworth, exasesor de Reagan. Y entre los presentes en Atlanta, Newt Gingrich, firme defensor y propagandista de A magna carta y líder clave en la radicalización del Partido Republicano. Convirtió ese mensaje en el paradigma dominante sobre el papel de la tecnología en el mundo y en la economía. También fue precursor del Tea Party, movimiento antiimpuestos, contra el Estado federal y el gasto social, que movilizó a sectores de clase media de EE.UU. y en el que germinó la futura base social trumpista. Gingrich anticipó los métodos políticos y mediáticos de Trump, de quien fue asesor en su primera campaña electoral, en el 2016. Al final, A magna carta cambió el mundo.

Ahora, en plena debacle de EE.UU. en Irán y mientras se agranda la polémica sobre sus errores en esa guerra, Palantir, la firma de software e inteligencia artificial más inquietante y polémica, ha lanzado en X un hilo titulado La República tecnológica, un remedo de filosofía política que ya se conoce como el Manifiesto Palantir y que resume un libro que su consejero delegado, Alexander C. Karp, publicó en febrero del año pasado, un mes después de la toma de posesión de Trump.

El documento aspira a tomar el relevo de A magna carta, aunque con cambios notables. Donde esta defendía la jibarización del Estado y depositar la confianza en la empresa innovadora, aquella propugna ahora una integración de las empresas tecnológicas (Sillicon Valley) con el Estado. Fuerte en lugar de débil.

Y ello porque, según Karp, el poder blando ( soft power) con el que EE.UU. ha gobernado el mundo ha alcanzado su límite. Es necesario un poder duro ( hard power) que “en este siglo se construirá sobre la base del software”. Militarización de la economía y de la tecnología. Superioridad armamentística nutrida por las tecnológicas de EE.UU. Palantir en primer lugar, que provee de programas de control de la población, como los que usa la ICE o los de control y ejecución de operaciones militares autónomas en Irán.

El presidente de Karp es Peter Thiel, financiador y padre de buen número de las grandes tecnológicas y encabeza el ala más dura de los libertarios, un sector que aspira a erigir un nuevo orden económico controlado por los oligarcas de la tecnología y político autoritario. Y padrino financiero y político del vicepresidente JD Vance, candidato a suceder a Trump.

Thiel y Karp aspiran a un nuevo orden ultraliberal financiado por el Estado y autoritario en lo político

Una combinación de control policial de la población y un Estado desentendido de lo social y volcado en la financiación de las tecnológicas, en el orden interno, con un despliegue de fuerza militar sin precedentes en el ámbito externo.

El manifiesto Palantir compendia una reveladora síntesis de la visión de este grupo de integristas tecnológicos. Primero, la autoestima. Defiende su derecho, el de quienes se han hecho ricos con la tecnología, a llevar a la práctica su plan social. Un derecho de conquista al que se han hecho acreedores los triunfadores.

Y para ello reclama también relajar los criterios y exigencias a los responsables públicos, olvidándose de purismos y aceptando que cometan errores, a fin de evitar que la elite más valiosa quede excluida de las responsabilidades de gobierno, aunque sea a costa de tolerar abusos o corrupción. Un auténtico guiño a Trump, el mejor ejemplo de alguien bastante impresentable y de cuyo ideario populista reaccionario extraen algunas propuestas.

Como la crítica a unas elites inconcretas por su supuesta intolerancia hacia las ideas religiosas y la cerrazón intelectual, justo cuando el secretario de guerra, Pete Hegseth, defiende el carácter sagrado de la guerra contra Irán. De fondo, el control de las ideas y de las universidades, uno de los primeros caballos de batalla de Trump. Como remate, la jerarquización de las culturas: algunas serían progresivas (las suyas) y ayudan al avance tecnológico, su vara de medir absoluta; otras, en cambio, serían regresivas y fomentarían el atraso. Superiores e inferiores. Receta, EE.UU. debe definir una cultura nacional y huir del pluralismo.

En el orden geopolítico, defienden que EE.UU. se equivocó tras la Segunda Guerra Mundial al amputar militarmente a Alemania y Japón y ahora toca convertir a esos países satélites en gendarmes regionales a los que delegar funciones subordinadas y que de paso compren armas y programas de control militar a las empresas norteamericanas.

Thiel y Karp no lideran hoy las elites norteamericanas, pero gozan de una gran influencia que avanza a medida que se fusionan las nuevas tecnologías y el militarismo. Lo que dicen será uno de los ejes de las presidenciales de 2028. Su manifiesto llega cuando se propone regular la inteligencia artificial. Por eso, ellos y otras megacorporaciones como Open AI o Meta financian con cientos de millones a los candidatos republicanos en las próximas elecciones de medio mandato de noviembre. A través de grupos como Innovation Council Action o Leading the future, que cuentan con el soporte de asesores públicos de Trump. Igual que hicieron sus antecesores de A magna carta.

Varias de las grandes tecnológicas, criptos y de defensa, encabezan también la lista de donantes para el nuevo salón de baile de Trump en la Casa Blanca. Algo no menor en una administración con usos tan feudales. A la vista del éxito de A Magna Carta cuando se propuso cambiar el mundo, el nuevo Manifiesto para la República tecnológica de Palantir debería ser causa de enorme preocupación. - Manuel Pérez Arias

(*)La “Magna Carta” que cambió Internet

En 1994, cuando Internet era todavía un experimento universitario y no el sistema nervioso del planeta, un grupo de pensadores publicó un manifiesto que pretendía anticipar el rumbo de la nueva era. Lo llamaron A Magna Carta for the Knowledge Age. Treinta años después, su influencia sigue siendo tan profunda como poco discutida.

Ese texto no solo describía un futuro digital: ayudó a construirlo. Y lo hizo promoviendo una visión muy concreta del papel del Estado, del mercado y de la tecnología. Una visión que, para bien o para mal, ha marcado la cultura digital contemporánea.

Un manifiesto que convirtió la desregulación en utopía. El documento defendía que la economía industrial estaba agotada y que la nueva riqueza surgiría del conocimiento, la información y la innovación. Hasta aquí, nada sorprendente. Lo relevante es la conclusión que extraía: para que esa nueva economía floreciera, el Estado debía retirarse.

El mensaje era claro: la regulación es un freno, la burocracia un lastre y el mercado el mejor arquitecto del futuro digital. Esa idea, que en los 90 sonaba audaz, se convirtió en un dogma para buena parte del ecosistema tecnológico. No es casualidad que muchas empresas nacidas en Silicon Valley adoptaran la filosofía de “moverse rápido y romper cosas”. El manifiesto ayudó a legitimar esa mentalidad.

El ciberespacio como frontera moral - Uno de los elementos más potentes del texto fue su metáfora del ciberespacio como “nueva frontera”. Esa imagen conectaba con un imaginario profundamente arraigado: el del territorio virgen donde la libertad individual se expande sin límites.

Pero esa visión tenía un efecto secundario: Si Internet es una frontera, entonces cualquier intervención pública puede interpretarse como una intrusión.

El resultado fue una cultura digital que, durante años, trató la regulación como una amenaza y no como una herramienta. Y esa actitud ha tenido consecuencias: desde la falta de control sobre los datos personales hasta la concentración de poder en manos de unas pocas plataformas.

Un legado que hoy exige revisión - La influencia del manifiesto es innegable. Inspiró políticas, discursos y modelos de negocio. Alimentó la idea de que la tecnología, por sí sola, es una fuerza liberadora. Y contribuyó a que la innovación se asociara casi exclusivamente con la iniciativa privada.

Sin embargo, tres décadas después, el panorama ha cambiado. La inteligencia artificial, la vigilancia digital, la desinformación y el poder de las grandes plataformas plantean preguntas que el manifiesto no podía prever.

Hoy, la cuestión ya no es si el Estado debe intervenir, sino cómo equilibrar libertad e interés público en un entorno dominado por actores privados con un poder sin precedentes.

La oportunidad de repensar la “Magna Carta” - El texto de 1994 fue un producto de su tiempo: optimista, ambicioso y profundamente marcado por la fe en el mercado. Pero la realidad actual exige una reflexión más matizada.

Quizá la verdadera lección de aquella Magna Carta no sea su contenido, sino su audacia. Fue un intento de imaginar el futuro sin miedo. Y eso es algo que hoy necesitamos más que nunca, aunque el rumbo que elijamos deba ser distinto.

Y en 2026, 32 años mas tarde, aparece el Movimiento Palantir, al que me parece no le estamos dando la importancia que tiene.