Una compañía llamada Joi AI está contratando a diez personas a las que les ofrece 2.000 dólares en un mes por masturbarse, “por el bien de la ciencia”. Esta insólita propuesta laboral como “asesor de masturbación,” servirá para elaborar “un estudio sobre el bienestar de cuatro semanas,” mediante “sesiones diarias guiadas por audio”. Joi es una web que ofrece personajes creados por IA con fines onanistas, como muchas otras pequeñas empresas que utilizan esta tecnología en el mercado del sexo digital, con un impacto relativamente limitado, aunque de consecuencias sociales todavía por determinar, pero otras decisiones de compañías mucho mayores tendrán repercusiones más trascendentes en el conjunto de la humanidad. Entre otras cosas, internet empieza a desaparecer ante nuestros ojos tal y como lo conocimos.

La semana pasada, Google presentó sus novedades anuales en su conferencia Google I/O, en la que anunció “la mayor renovación del cuadro de búsqueda en más de 25 años”. El cambio supone el adiós a la búsqueda tradicional. La relación entre los usuarios y el buscador, que ahora funcionará bajo el mando de la IA, ya no será mediante palabras clave que conducen a enlaces, sino una conversación con un asistente que responde directamente sin necesidad de enviar tráfico a otras páginas web.

Desde su creación, Google se ha encargado de organizar el tráfico de la web mostrando enlaces y publicidad a los que accedían los usuarios. Las páginas web mantenían el negocio con publicidad, servicios, ventas y suscripciones. Con las nuevas búsquedas, la inteligencia artificial accede a todo lo disponible, combina las fuentes, responde a las peticiones concretas y extracta las noticias. Internet deja de ser visible a ojos de quienes antes se desplazaban mediante aquel ya obsoleto concepto de internautas. Un internet sin clics, con bots de IA de un lado para otro en busca de respuestas.

El internet hacia el que nos dirigimos tenderá a centralizar las respuestas en lugar de promover la elección. Si hasta ahora los usuarios hemos comparado las fuentes mediante las visitas a las diferentes páginas web, el futuro apunta a que recibiremos respuestas sintéticas, con resultados cómodos y muy coherentes, pero que no habrán sido cuestionados por quién los ha pedido y bajo un criterio unificado, el de la compañía que domina la IA. Aparentemente, esa tendencia supondrá un conocimiento homogéneo, más pobre que respecto a la diversidad actual.

¿Cabe una rebelión contra un modelo de internet más uniformizador? Difícilmente, pero hay señales en el horizonte que apuntan al malestar de los jóvenes con algunas cosas. El exdirector ejecutivo de Google, Eric Schmidt, fue abucheado la semana pasada por estudiantes de la Universidad de Arizona, preocupados por el impacto de la IA en el mercado de trabajo y la indefinición de un futuro para el que se están preparando. “Sé lo que muchos de vosotros sentís al respecto. Os oigo”, reconoció Schmidt.

Un estudio de la fundación Lumina y Gallup entre estudiantes de Estados Unidos revela que el 42% de los estudiantes de grado se ha planteado de alguna forma cambiar su especialidad de estudio debido a la inteligencia artificial. La encuesta entre estudiantes de inteligencia artificial lleva a un número mucho mayor de quienes se replantean su carrera, con un 56%. Resulta especialmente significativo que una minoría de los estudiantes, un 16% asegure que ya ha cambiado sus estudios a causa del potencial impacto de la IA. Los hombres son más propensos a explicar este cambio que las mujeres (un 21% frente a un 12%). Todos son conscientes de cómo el mundo está cambiando mientras se forman.

En medio de este panorama, el papa León XIV acaba de publicar la encíclica Magnifica Humanitas -no se pierdan este análisis de María-Paz López- que lo sitúa como una de las principales autoridades éticas respecto a la inteligencia artificial. En este documento, denuncia el poder concentrado de los tecnooligarcas, que “tiende a hacerse opaco y a eludir el control público” mientras “crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades”. Los usuarios somos todos. Está en nuestras manos una IA más acorde a esos valores humanistas. Francisco Bracero Osuna