En el primer día de Cannes, en su primera rueda de prensa, la inteligencia artificial ya provocó el debate entre dos miembros del jurado, Demi Moore y Paul Laverty. Desde ese mismo momento, el certamen y el mercado que se celebra en paralelo se separaron en su reacción ante la herramienta digital: si el festival pone límites a su uso (aunque uno de sus patrocinadores, que se ha sumado en este 2026, es Meta, propietaria de Meta AI) y los artistas advierten de sus peligros, en el mercado hubo una descarga de películas chinas realizadas con inteligencia artificial y un puñado de proyectos occidentales que abrazan su uso. Los cineastas estarán recelosos, pero la industria se ha lanzado a exprimir la IA.
La IA no llega como un meteorito que arrasa, sino como una marea que reconfigura. En el cine, los primeros afectados son los oficios repetitivos o de alto coste: rotoscopia, efectos visuales básicos, corrección de color, traducciones, subtitulado, documentación, diseño de previsualizaciones. Son tareas que la IA ejecuta más rápido y más barato. También tiemblan los departamentos de guion y animación: no porque vayan a desaparecer, sino porque la presión económica empuja a sustituir parte del proceso por modelos generativos. La industria, pragmática, ya lo está haciendo.
Pero la misma tecnología abre huecos nuevos. Surgen supervisores de IA, entrenadores de modelos, verificadores de autenticidad, diseñadores de flujos híbridos, especialistas en ética algorítmica, curadores de datasets, directores de integración creativa. Son trabajos que no existían hace cinco años y que hoy empiezan a ser imprescindibles. La IA no elimina el trabajo: lo desplaza hacia zonas donde la creatividad humana sigue siendo insustituible.
La pregunta de fondo, sin embargo, va más allá del cine. Si las máquinas pueden realizar una parte creciente de las tareas productivas, ¿qué ocurre con el empleo como pilar de la vida social? La idea de que “mucha gente no necesitará trabajar para vivir” no es ciencia ficción: es un escenario posible si la productividad generada por la automatización se redistribuye. Pero ahí está el nudo: ¿quién captura ese valor? ¿Las empresas que poseen los modelos? ¿Los Estados mediante impuestos? ¿O los ciudadanos a través de mecanismos como la renta básica universal?
El futuro no está escrito. La automatización masiva podría desembocar en una sociedad más libre, donde el trabajo deje de ser una obligación y pase a ser una elección. O podría consolidar desigualdades si la riqueza generada por las máquinas se concentra en pocas manos. La tecnología no decide: decide la política.
Lo que sí parece claro es que la IA no es un enemigo ni un salvador. Es una herramienta poderosa que obliga a repensar el contrato social. El cine lo está viviendo en primera línea: entre el miedo a perder oficios y la oportunidad de reinventarlos. Lo mismo ocurrirá en el resto de sectores. La cuestión no es si la IA nos quitará el trabajo, sino qué haremos con el tiempo que nos libera y cómo organizaremos una economía donde la productividad ya no dependa solo de nosotros.

Publicar un comentario