Se puede imaginar un futuro en que también esas tareas físicas las haga un robot, pero el caso es que no estamos aún ahí. Hay grandes avances en robótica, pero su implantación requiere unas inversiones tan formidables que no van a merecer la pena durante el futuro previsible. El Foro Económico Mundial calcula que la agricultura y los oficios tradicionales son los únicos sectores que van a crear 35 millones de empleos en los próximos cinco años. Es para pensárselo, sobre todo si estás en esa edad difícil en que tienes que decidir qué hacer con tu vida.
Con el trabajo hay dos temas, el sueldo y el propósito vital. Lo primero es lo único que solemos mencionar los cínicos —“el trabajo es eso donde no te diviertes”, dijo Sam Shepard—, y lo segundo tiene una sonoridad antigua, adusta y cascarrabias, sobre todo últimamente, aunque mucha gente se siente realizada en su trabajo, o al menos dice estarlo en las encuestas. Pero las perspectivas no parecen halagüeñas ni para los cínicos ni para los trabajólicos. Robert Guest, subdirector de The Economist (que pertenece al segundo grupo) cree que los gobiernos “deben esperar lo mejor, pero prepararse para lo peor”. Aunque la IA no está destruyendo mucho empleo de momento, el avance de los modelos predice que lo hará, en lo que la revista británica denomina un “apocalipsis laboral”.
Los últimos modelos de IA han superado las expectativas más optimistas de hace solo un año en las tareas relacionadas con la programación y la generación de código de computación. Es una cruel ironía que los primeros en perder su empleo vayan a ser, o estén siendo ya, los mismos programadores que los crearon. Los agentes de IA, o sistemas autónomos que perciben, planean y actúan a voluntad del usuario, están creciendo como setas en un otoño soleado, el gasto de las empresas en ellos alcanza las decenas de miles de millones de dólares este año y no da el menor signo de remitir.
Incluso en los campos en que la cantidad de empleo se puede mantener, los salarios no lo harán y las condiciones laborales tampoco, y ello mientras la voracidad de los centros de datos encarecerá la energía y el suelo y, por tanto, todo lo demás. De cumplirse estas predicciones, los Estados tendrán que intervenir con mucho más que un par de parches. Una opción muy discutida estos días es aumentar los impuestos al capital y reducirlos al trabajo. Otra es freír a tasas a los centros de datos. La política fiscal, en cualquier caso, va a sufrir una revolución más pronto que tarde.
Entretanto, dos de los demiurgos del presente, Sam Altman y Elon Musk, andan enredados en un juicio que acaba de quedar visto para sentencia. Musk acusa a Altman de haberse aprovechado de sus “donativos” iniciales a OpenAI, la creadora de ChatGPT, para lucrarse. Que Musk, el hombre más rico del mundo, acuse a alguien de lucrarse no deja de tener narices, pero la demanda es tan brutal que puede acabar con Altman ganándose la vida como mecánico. A ver si ChatGPT agacha el lomo cuando su creador se lo pida.
Para este tipo de problemas, prefiero la propuesta del desaparecido economista Fabià Estapé en el mismo sentido, pero hace 26 años, en que decía que las asignaturas universitarias con más futuro, eran las de paleta o fontanero, y añadía: "No hay nada más cobarde que un millón de pesetas".
En tiempos de Franco, los llamados Planes de Desarrollo Económico y Social contaron con la colaboración de Fabia Estapé. El almirante Carrero Blanco, que entonces, ejercía de amo y señor, nunca vio con buenos ojos la figura de Estapé. Si que sentía devoción, en cambio, por otro catalán, Laureano López Rodó. Cuando, a petición de este último, Estapé fue nombrado Comisario Adjunto del Plan de Desarrollo, a Carrero se le erizaron los pelos de las cejas. ¿Cómo podía ser que un hombre que no era de misa, ni del Opus, ni procurador en Cortes, ocupara ese cargo?. No importaba que se tratara del mejor economista. No importaba que fuera el más apropiado para llevar adelante aquel complicado proyecto. Solo importaba que no era una persona del régimen.
Fabià Estapé era un hombre singular y genuino. Como todas las grandes figuras, tenía sus rarezas y genialidades. Dentro del Ministerio, sus excentricidades eran conocidas como las “cosas de don Fabián”. Carrero Blanco no las soportaba. Fuentes no oficiales informaron que la gota que colmó el vaso, fueron los clinc, clinc, clinc, de la máquina de juego de millón que el señor Estapé hizo poner en la sala de espera de su despacho. Sus audiencias eran muy largas y, a menudo, el personal que esperaba —ya fueran empresarios, alcaldes o gobernadores— se desesperaba. Aquel juego podía entretenerlos un buen rato. El despacho de Carrero Blanco estaba justo debajo y aquellos ruiditos le molestaban tanto que lo enloquecieron. Bajo esta influencia, fulminó a Estapé. Pasados los años, dada la actual coyuntura que estamos viviendo y la relación entre el poder central y Cataluña, con respecto a la economía, se echa de menos la voz y la opinión de una gran personalidad como la del señor Fabián Estapé y Rodríguez Hay que decir que Carrero Blanco unos años más tarde fue compensado con una rauda ascensión a los cielos.
