Carlos III empezó su discurso en el Capitolio con una frase de Wilde: "Lo tenemos todo en común con los americanos excepto, claro, el idioma" La cita es de El fantasma de Canterville, pero ha deambulado tanto que su versión más célebre –“dos países separados por una lengua común”– se atribuye también a Shaw y a Churchill, sin certeza. La frase sobre el malentendido idiomático es, ella misma, un malentendido. Trump, esa misma mañana, había elogiado el “hermoso acento” del rey, y por la noche, en la cena de Estado, todavía iba a colmarle de elogios. Lo que vino después –entre discursos, brindis y cortesías– fue una conversación cifrada en dos planos.

El primero es histórico. A las palabras que Trump soltó en Davos –“sin nosotros, los europeos hablarían alemán y un poco de japonés”–, Carlos respondió en la cena con una pulla precisa: “Me atrevo a decir que, si no fuera por nosotros, ustedes estarían hablando francés”. Detrás de la broma, casi tres siglos. Sin la victoria británica sobre Francia en Quebec en 1759, el mapa lingüístico de Norteamérica habría sido muy distinto. Lo que se discutía entre líneas era qué cuenta más: la victoria de EE.UU. en 1945 o la de Inglaterra casi dos siglos antes. Dicho de otro modo, quién le debe la lengua a quién.

El segundo es más cómico. Trump, en la bienvenida, habló del “coraje anglosajón” y la “fe inglesa” que corrían por las venas de los patriotas de 1776. En su visión, los americanos son ingleses al otro lado del mar, herederos de sangre. Carlos respondió con Wilde, Dickens, Lincoln y la Carta Magna: cuatro herencias que no son de nadie y son de todos. Curioso: el rey hereditario defendiendo la nación abierta y el presidente electo defendiendo el linaje cerrado.

Orwell pensaba que el humor inglés­ era algo más que la gracia nacional. Para él era una forma demo­crática de bajarle los humos al poderoso sin parecer que se le ataca. Y sigue funcionando. Lo extr­aordinario es que esta vez los humos los bajaba un rey, y se los bajó a un presidente que se las da de rey. Cuando hablar en serio ya no sirve, queda la inteligencia de decir lo importante en forma de chiste. Marta Rebón en la vanguardia.