Robert Francis Prevost, matemático, canonista, políglota, antiguo misionero en un rincón remoto de Perú y hoy figura central de una de las instituciones más antiguas y poderosas del planeta, ha decidido escribir cuarenta mil palabras sobre inteligencia artificial. El gesto, por sí solo, ya es significativo: el Papa de Roma, ese cargo que parece vivir entre la solemnidad medieval y la diplomacia contemporánea, irrumpe en el debate tecnológico más urgente del siglo XXI con una encíclica que no es un sermón, sino un ensayo filosófico, político y moral. Magnífica humanitas sorprende porque no se limita a bendecir o condenar: piensa. Y piensa con una mezcla de erudición, preocupación y lucidez que descoloca tanto a creyentes como a escépticos.

La tesis de Prevost es clara: la tecnología no es un juguete ni un destino inevitable, sino un campo de batalla moral donde se decide qué entendemos por humanidad. La inteligencia artificial, tal como está siendo desarrollada y desplegada, amenaza —dice él— la dignidad humana, concentra el poder económico y cultural en pocas manos, erosiona el trabajo digno, amplía la desigualdad, daña el medio ambiente y deshumaniza la guerra. No es un diagnóstico ingenuo: es una crítica frontal al capitalismo tecnológico y a la lógica del beneficio privado que guía a las grandes plataformas. Que esto lo diga un Papa tiene algo de ironía histórica, pero también una potencia simbólica inesperada. No es casual que cite a Hannah Arendt, Viktor Frankl y Tolkien: la encíclica quiere dialogar con la tradición humanista, no solo con la teológica.

Hay, además, un gesto poco habitual: el Papa reconoce el bochorno de los abusos cometidos dentro de la Iglesia. Lo hace sin rodeos, como si entendiera que hablar de dignidad humana sin asumir la propia sombra sería una forma de cinismo. Esa autocrítica, aunque insuficiente para muchos, introduce un tono de vulnerabilidad que contrasta con la contundencia del análisis tecnológico. La autoridad moral, parece decir Prevost, solo puede ejercerse desde la conciencia de la propia fragilidad.

Pero la encíclica no es un manifiesto progresista. Y ahí aparece la tensión que tantos han señalado medio en broma, medio en serio: ¿y si ahora resulta que tendremos que hacernos católicos? La crítica al poder tecnológico es incisiva, casi más radical que la de algunos partidos de izquierda, pero convive con una antropología tradicional que sitúa a la familia formada por un hombre y una mujer en el centro, condena el aborto, defiende que el sufrimiento puede tener un sentido espiritual y pide financiación estatal para instituciones educativas religiosas. La defensa de la dignidad humana, para la Iglesia, pasa por una visión concreta —y discutible— de lo que es la persona, la vida y la comunidad. Esa mezcla de lucidez social y conservadurismo moral produce un efecto extraño: uno puede asentir con fuerza en un párrafo y fruncir el ceño en el siguiente.

Lo más interesante, quizá, es la paradoja simbólica: una institución que durante siglos definió la verdad se enfrenta ahora a sistemas que generan textos, imágenes y decisiones sin referencia a la experiencia humana. La Iglesia, que fue guardiana del sentido, se ve obligada a defender la interioridad frente a máquinas que imitan el lenguaje sin comprenderlo. Prevost no teme a la tecnología: teme que olvidemos lo que somos. Y en ese punto su voz resuena más allá de la fe. La IA no es solo un problema técnico, sino un conflicto entre visiones del mundo: qué consideramos valioso, qué entendemos por libertad, qué significa ser responsable en un entorno donde las decisiones se delegan en sistemas opacos.

Magnifica Humanitas no ofrece soluciones técnicas ni recetas jurídicas. Ofrece algo más incómodo: una pregunta. ¿Qué humanidad queremos preservar cuando las máquinas se vuelven capaces de imitar nuestras capacidades cognitivas? La encíclica incomoda porque obliga a pensar, ilumina porque señala lo esencial y desconcierta porque mezcla crítica social avanzada con moral tradicional. No convertirá a nadie, pero sí desplaza el debate hacia un terreno más profundo: el de la responsabilidad colectiva ante un futuro que no puede quedar en manos de ingenieros, accionistas o algoritmos.

Quizá la mayor aportación del texto sea recordarnos que la tecnología no es un destino, sino una elección. Y que, si dejamos que las máquinas definan lo humano, perderemos algo que ninguna innovación podrá devolvernos: la conciencia de nuestra propia fragilidad, ese lugar donde nace la libertad.

Esta no es una encíclica más, creo que va más allá y la recordaremos en el tiempo. Si os apetece leerla entera aqui os dejo el PDF.

Con información de elPais i la IA Copilot.

2 Comentarios

  1. Globalmente me parece un pensamiento positivo.
    Lógicamente es es jefe de la Iglesia y en algunos asuntos su postura es consecuentemente conservador: el aborto, la familia, etcétera; pero me parece que a nivel general, que un representante tan importante desde el punto de vista religioso a nivel mundial piense así, me parece positivo.

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  2. Yo creo que el Papa con esta encíclica ha sorprendido a propios y extraños

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