Se venera la misión especial de Artemis 2. ¡Oh! ¡El ser humano ha contemplado de cerca la cara oculta de la Luna! Cuando en realidad, las mujeres y (algunos) hombres que habitan el mundo demuestran cada día que son extraordinarios, capaces de las mayores proezas. Si no, que pregunten a todas esas familias que logran a diario que sus hijos se levanten, desayunen, se laven los dientes, se vistan y lleguen a la escuela a tiempo. Algunos lo hacen rozando el larguero, un minuto antes de que suene el timbre de entrada. Y otros (nadie es perfecto) un poco después. Lo importante es que los niños sigan vivos.
La crianza es una hazaña perpetua, que sería inviable sin los maestros. Se puede disimular en público: asegurar que la vuelta al cole es triste, que cuanto más tiempo se pasa con los niños más felices son sus padres. Pero en una introspección, profunda y oculta a cualquier juicio de valor, es fácil comprobar el alivio que supone dejar por la mañana a los niños en el colegio. Para que aprendan, pero también para que al menos durante ocho horas (si no más) los críos estén a cargo de otros.
Y esos otros son los profesores, que estos días están en pie de guerra, en comunidades como Cataluña o Valencia, y en menor medida en Aragón y la Comunidad de Madrid. En cualquier lucha, lo fundamental es molestar lo suficiente para que la otra parte se siente en una mesa a negociar. En el caso de los maestros, las huelgas —acompañadas de piquetes, cortes de carreteras, e incluso el bloqueo de lugares como la Sagrada Familia— están siendo su principal arma para conseguir mejorar sus condiciones laborales. En X, el tema forma parte de la conversación, con todas las derivadas posibles.
Están quienes critican a los maestros porque consideran que se pasan el día sin dar palo al agua: “Qué manera de hacer el tonto y no trabajar. Qué futuro para nuestros hijos”. Quienes consideran, cómo no, que el problema es la inmigración: “Os quejáis, pero sabéis muy bien por qué se ha llegado a esta situación. Querías “welcome refugees”. Y los que señalan al modelo educativo como la fuente de todos los males: “Los docentes defendíais que la enseñanza por competencias y el prohibido prohibir modernizarían la educación. Años después tenemos alumnos menos preparados, peor convivencia y resultados estancados en informes internacionales”.
Dejando de lado la infinidad de maneras de abordar el conflicto, en general, las redes sociales apoyan las quejas del profesorado. Pero siempre que se limiten a denunciar las elevadas ratios en clase, el estado de las instalaciones educativas —muchas veces viejas, y mal aclimatadas— y la presión que sufre una enseñanza pública cada vez más diversa sin unos recursos que crezcan en paralelo. Cuando los docentes exigen mejoras salariales, entonces se les señala por privilegiados y peseteros.
Para comprobarlo, basta repasar la retahíla de respuestas que recibe Milena Duch, docente de la pública, después de escribir el siguiente tuit: “Si fuese una huelga ‘solo’ por el sueldo tampoco pasaría nada y sería igual de legítima. No nos podemos avergonzar por eso. No hacemos voluntariado y la vocación no paga facturas”. “Demasiado cobráis para lo que hacéis”, le dice un usuario. “Si es por el sueldo, no tiene justificación, ya cobráis más y trabajáis menos que la mayoría de la gente”, añade otra. “En un país donde el sueldo más habitual son 24.000 euros es ofensivo”, sigue un tercero. “Ahora ya reconocéis que solo queréis más dinero”, critica un cuarto... Y así siguen, un comentario tras otro... Alumbrado en algún momento por quienes recuerdan que el problema no es que los profesores cobren demasiado, sino que demasiada gente cobra muy poco.
Muchos padres viven estos días las protestas entre la incertidumbre y el cansancio. Del esfuerzo solidario de los primeros días de no llevar a los críos al colegio, haciendo malabares en casa, a admitir que la rueda de la vida, tal y como está montada, deja de girar si los niños no acuden a clase. Así que los llevan, sabiendo que los servicios mínimos (o lo que es lo mismo, un profesor para tres clases repletas de alumnos) no llegan a todo. Pero no hay más opción. Porque la sociedad deposita en los profesores una responsabilidad enorme. Se les pague lo que se les pague, siempre será poco. Rebeca Carranco, en el Pais.
De esta huelga hay algo que no se atreve a decir: Los auténticos maestros, los vocacionales, los sacrificados, éstos, no hacen huelga. La huelga es de quienes ejercen de docentes, pero no son vocacionales. Simplemente ha escogido esta profesión porque la exigencia es mínima para obtener el título. Y la profesión de maestro, como médico o enfermera, debe ser primordialmente vocacional; si no, no es factible.
En todo este problema de la educación de los niños, en Cisne en Llamas ponen el dedo en la llaga cuando hablan de la sobreprotección de los padres hacia sus hijos, hasta extremos exagerados. De ahí nace el proyecto Free-Range Kids —Niños criados en libertad—, una iniciativa que, junto a Jonathan Haidt, pretende impulsar programas de independencia en las escuelas y evitar que los padres sean penalizados por negligencia cuando sus hijos juegan o caminan solos.
Y es que todo este desastre empezó cuando el Señor Maestro pasó a ser el colega Pepe, perdiendo así toda su autoridad ante el alumnado y ante los padres, unos padres, en general, más salvajes y desnortados, que los detectives de Bolaño. Suerte de los abuelos que mantienen un cierto orden, y no están afectados por el síndrome del helicóptero, quizás porque de pequeños iban a clase con el Señor Maestro y jugaban por las calles en libertad.

2 Comentarios
Lo que no sé es cómo, a estas alturas, hay gente que se mete a docente. Antes lo hacíamos por vocación. Hoy, probablemente, por falta de otras opciones mejores. Como está el patio: niños malcriados, ampas y guetos, no creo que hoy me dedicase a ello.
ResponderEliminarSalud.
Tienes tpda la razón, ya no hay vocaciones y lo entiendo, es la selva.
ResponderEliminarSaludos