BLOG DE FRANCESC PUIGCARBÓ - NOTICIAS 24/7

ACTOS Y AUTOS DE FE

 

A Jorge Luis Borges le intrigaba que a todo lo largo de los Evangelios Cristo escribe una sola vez; lo hace sobre tierra o arena, y no llega a saberse lo que ha escrito. La escena está en el Evangelio de Juan, contada con la prosa seca del Nuevo Testamento, que, según el gran especialista Antonio Piñero, fue escrita en un griego más bien rústico y nada literario. El resultado es de una austera eficacia visual, que le hace a uno pensar en El Evangelio según san Mateo, de Pasolini. Unos letrados y fariseos le presentan a Cristo a una mujer acusada de adulterio. Hay mucha gente alrededor. Con el propósito de tenderle una trampa, los hombres citan la ley de Moisés, que castiga el adulterio con la muerte por lapidación, y le preguntan qué considera él que se debe hacer. Cristo no dice nada. Se inclina sobre la tierra y escribe algo en ella con un dedo. Los acusadores siguen preguntando. Él se incorpora y dice, en la edición castellana de Piñero: “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojarle una piedra”. A continuación, vuelve a inclinarse, y escribe de nuevo. Mientras tanto, los acusadores y los curiosos y testigos, quizás lapidadores voluntarios, “salieron uno por uno comenzando por los ancianos, y se quedaron él solo y la mujer”. 

El relato no puede ser más lacónico, y más lleno de sugerencias que nuestra imaginación añade: el silencio después del clamor colectivo, la retirada gradual, la escena que se queda vacía, esa mujer de pie, el hombre que deja de escribir y se incorpora cuando han quedado solos los dos. Parece que es entonces cuando mira a su alrededor y se da cuenta de que toda esa gente que parecía tan dispuesta a ejercer su bárbara justicia se ha ido. Dice: “Mujer, ¿dónde están? Ninguno te ha condenado?”. Y añade, y aquí termina sin más el pasaje: “Tampoco yo te condeno; vete y a partir de ahora no peques más”.

A nosotros el detalle del dedo que escribe sobre la tierra nos parece una sutileza literaria. Según Piñero, tiene un sentido simbólico, porque los mandamientos de la ley de Moisés los escribió el dedo de Dios sobre tablas de piedra. Uno puede pensar que una nueva ley escrita sobre la tierra común que todos pisamos será más compasiva, menos sujeta a la rigidez del dogma, al ser tan fácil de borrar y de escribir de nuevo.

Tuve una infancia y una primera adolescencia católicas, como todo el mundo de mi generación, pero a la lectura atenta de los Evangelios he llegado muy tarde, después de una vida entera apartado a conciencia de cualquier práctica o creencia religiosa. A la Iglesia española, y a un cierto número de sus representantes en la Tierra, les debo un valioso regalo intelectual: el rechazo precoz de toda forma de creencia en una divinidad providencial y justiciera, en la vida eterna, en el premio del cielo y el castigo del infierno. Hacerse ateo, racionalista y anticlerical a los 14 o 15 años, en la España de Franco y de una Iglesia franquista y tridentina, era una pequeña rebelión personal que no habría sido tan precoz sin el rechazo que aquella gente provocaba. A nosotros no se nos daba a leer el Nuevo Testamento, ni se nos educaba la sensibilidad literaria con las muchas bellezas del Antiguo. El arte religioso que veíamos eran blandas estampitas piadosas, santos y vírgenes de escayola, cuando no cuadros ennegrecidos de torturas de mártires o de almas aterradas quemándose en el infierno. En cuanto a la música, pasamos de los cánticos sombríos a las simplezas de las guitarras y las flautas que tocaban El cóndor pasa en el momento de la consagración.

La vulgaridad estética, el feísmo sanguinario de los mártires desollados o amputados y de los crucificados con pelo natural y manos y pies atravesados por clavos, eran el espejo de la corrupción política y moral de una Iglesia parasitada en toda la mugre de la dictadura, beneficiaria del botín de guerra de la enseñanza, instalada en una supremacía sobre lo cotidiano que le costará mucho imaginar a quien no la vivió. Si aparecía un cura por la calle, los niños teníamos que ir corriendo a besarle la mano. En las puertas de las iglesias había unas fichas con la “clasificación moral” de las películas, que podían recibir un 3R (mayores con reparos) o incluso un 4, que las calificaba como “gravemente peligrosas”. Que unas películas ya autorizadas por la censura franquista pudieran contener tales extremos de pecado da una idea de la mentalidad eclesiástica de aquellos tiempos. Ir a verlas era pecado mortal. Y, como los buenos catequistas nos advertían, morir en pecado mortal garantizaba el fuego del infierno, que no era metafórico. Un cura encendía una cerilla y te retaba a que pusieras un momento el dedo en la llama: si apenas lo podíamos aguantar, ¿cómo sería quemarse así, sin tregua, sin alivio, sin fin, no un año, ni diez, ni cien, ni mil, sino toda la aterradora eternidad? Sembrar ese grado de angustia en una imaginación de siete años, edad a la que hacíamos la comunión, es sin duda una hazaña pedagógica que tarda en olvidarse. Que alguno de aquellos bondadosos agoreros cayera además en la tentación de meternos mano no es un matiz secundario.

La saludable rebeldía puede también derivar en prejuicio, en negación irreflexiva. En la militancia antifranquista encontré por primera vez a cristianos con los que tenía más cosas en común de las que había imaginado. Uno de ellos, que sigue siendo amigo mío, me dio a leer un libro que hablaba de las enseñanzas de Cristo bajo una luz del todo ajena a la de los curas de mi infancia: Lectura materialista del Evangelio de Marcos, de Fernando Belo. Poco a poco, a lo largo de los años, he sido siguiendo rastros éticos y estéticos que me han revelado formas de espiritualidad compatibles con el laicismo y el racionalismo que fui haciendo míos desde el final de la adolescencia, y a los que no he renunciado nunca. Hay una profunda sensación de lo sagrado que puede ser ajena a toda idea religiosa —al menos en el sentido occidental de la palabra— y que a uno lo exalta, por ejemplo, en una obra de Bach o de Tomás Luis de Victoria, en un Negro spiritual, en una saeta flamenca, en cualquiera de las escenas evangélicas de Caravaggio, en un poema de san Juan de la Cruz; y, sobre todo, en la plena contemplación silenciosa de la naturaleza, o en esos estados nada místicos ni vaporosos de la meditación budista, en los cuales, con disciplinado adiestramiento, se pueden ver las cosas como son, dentro y fuera de uno, en lo que Manuel Machado llamó “la tranquila belleza del presente”.

Monjas y curas católicos, rabinos, pastores luteranos, marxistas de espíritu abierto, desfilaban del brazo de Martin Luther King en las marchas por los derechos civiles y contra la guerra de Vietnam. Nada es simple, ni fácil. La misma Iglesia católica que se alía con los ricos y con la derecha española para privatizar cada vez más la educación, ejerce a través de Cáritas y de sus voluntarios una asistencia imprescindible a quienes ese amigo mío que me ayudó a leer de otro modo el Evangelio llama “los últimos de los últimos, los que no quiere nadie”. El Papa que defiende la justicia y la paz con una rotunda claridad y una elocuencia que han desaparecido del idioma de la izquierda también condena el derecho al aborto y a la muerte digna y elegida. Los llamados evangélicos en Estados Unidos propagan el capitalismo y el racismo extremos y anuncian con júbilo el apocalipsis. A la mujer adúltera a la que Cristo disculpó hay millones de voluntarios dispuestos a ejecutarla, con una piedra en una mano y un libro de feroz monoteísmo en la otra. Antonio Muñoz Molina en el País.

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