Manuel Delgado, un jubilado antropólogo de la religión y de la ciudad, tiene esa habilidad tan suya de decir verdades incómodas cuya naturalidad desarma. Hoy por la mañana, en el programa de RAC1 de Xavi Bundó, lo ha vuelto a hacer: con esa mezcla de lucidez e ironía que le caracteriza, ha soltado que la “finalidad cósmica” del ser humano es quedar bien. No es una boutade; es una tesis antropológica disfrazada de chiste. Somos animales públicos, dice, y nuestra supervivencia simbólica depende de esa necesidad de mantener la cara, de no desentonar, de seguir siendo reconocidos por el grupo.

Esta lectura, que puede parecer ligera, es realmente profundamente estructural. Delgado bebe de Goffman y de toda una tradición que entiende la vida social como permanente escenificación. No actuamos para que seamos falsos, sino porque la sociedad funciona así: con máscaras, códigos, gestos y concesiones. Las ideas, a menudo, vienen después. Primero existe la necesidad de no quedar fuera de juego. “Quedar bien” no es un defecto moral, sino un mecanismo de cohesión.

Cuando el tema deriva hacia la inteligencia artificial, Delgado mantiene la misma mirada materialista y desmitificadora. Hoy también lo ha dicho: la IA no eliminará tantos puestos de trabajo como algunos anuncian, no porque sea inofensiva, sino porque al capital no le interesa prescindir de masas trabajadoras que, además de producir, consumen y legitiman el sistema. La tecnología no avanza para que pueda, sino porque conviene. Y si no conviene sustituir a humanos, no se hará. En el fondo, lo que Delgado pone sobre la mesa es que la IA no es un destino inevitable, sino una herramienta inscrita en una lógica económica y política. No es un sujeto autónomo, sino un instrumento. Y como todos los instrumentos, sirve a los intereses de quien lo controla. El discurso apocalíptico sobre la sustitución total quizás funciona más como relato ideológico —como una nueva religión del progreso— que como diagnóstico realista.

Su mirada, siempre algo lateral, nos obliga a deshacernos de la fascinación ya volver a la tierra. A recordar que detrás de cada tecnología existe una estructura de poder, y detrás de cada comportamiento humano, una necesidad de reconocimiento. Quizás no somos seres “desfasados”, sino seres atrapados en esta tensión constante entre lo que somos y lo que queremos parecer. Entre la máscara y el rostro. Entre la promesa de la técnica y la realidad del mundo.

Y quizás, al final, la pregunta no es qué hará la IA con nosotros, sino qué hacemos nosotros con las ficciones que nos explicamos para seguir funcionando. Porque, como diría Delgado, la sociedad no es más que eso: un escenario compartido en el que todos intentamos, como podemos, quedar mínimamente bien.