Hay debates que parecen sencillos porque se formulan en términos absolutos: vida o muerte, moral o inmoral, permitido o prohibido. Pero basta acercarse un poco a la experiencia real del sufrimiento para que esas categorías se vuelvan insuficientes, casi infantiles. Hablar de eutanasia sin hablar antes del dolor —del dolor extremo, del que desfigura la vida y la identidad— es como discutir sobre navegación sin haber visto nunca el mar.
Hay que imaginarse en la piel de quien ya no puede imaginar nada más que su propio tormento. En la piel de quien ha visto cómo la enfermedad va erosionando cada gesto, cada noche, cada respiro. O en la piel de quienes acompañan: parejas, hijos, amigos que asisten impotentes a un deterioro que no se detiene. No se trata de un ejercicio de empatía sentimental, sino de un acto de honestidad: nadie puede juzgar desde fuera lo que no ha vivido por dentro.
Por eso sorprende la ligereza con la que algunos se permiten evaluar el dolor ajeno, como si existiera una vara universal para medirlo. Como si el sufrimiento fuera un concepto moral y no una experiencia íntima, irrepetible, radicalmente personal. Antes que discutir sobre la eutanasia, habría que preguntarse si es moral —si es siquiera decente— opinar sobre cuánto debe aguantar otro ser humano.
La moral, en estos tiempos de consignas rápidas, se ha convertido en un territorio de trincheras. Pero la moral de verdad —la que se piensa, la que se duda, la que se contrasta con la vida— es esquiva y compleja. No basta con proclamar principios abstractos: hay que confrontarlos con la realidad concreta de quienes viven atrapados en un dolor que no cesa. Y ahí es donde muchos discursos se desmoronan.
En España, la eutanasia es un derecho reconocido por una ley aprobada en un parlamento plural. No es un capricho ideológico ni una ocurrencia de laboratorio: es la respuesta jurídica a una realidad humana que llevaba décadas pidiendo ser escuchada. Morir con dignidad no es una renuncia a la vida, sino la consecuencia lógica de haberla amado lo suficiente como para no querer verla reducida a una agonía interminable.
Quienes defienden este derecho no son “enemigos de la vida”, como a veces se caricaturiza. En todo caso, son quienes recuerdan que la vida no es solo respirar, sino poder vivir con sentido, con autonomía, con un mínimo de bienestar. Y que, cuando eso ya no es posible, la libertad de decidir el propio final forma parte del mismo respeto que exigimos para el resto de nuestra existencia. Al fin y al cabo, no fueron consultados en el momento de traerlos a este valle de lágrimas, y ya que así sucedió, tiene cada persona todo el derecho a decidir cuándo acabar con su vida.
Quizá el verdadero debate no sea sobre la eutanasia, sino sobre la humildad. Sobre aceptar que no somos jueces del dolor de nadie. Sobre entender que amar la vida también implica reconocer cuándo se ha vuelto insoportable. Y sobre recordar a los legisladores —a todos, sin excepción— que las leyes no se votan para tranquilizar conciencias, sino para proteger a quienes más lo necesitan.
MANIFIESTO
mi estado de conciencia
el deseo de escoger
el momento de marchar,
con las inconveniencias
que la petición comporta,
y como desconozco
a quien debo enviarla,
lo dejo por escrito
para que conste en acta,
en no haber conseguido
contactar con el responsable
auténtico, de mi llegada aquí.
Y al no ser posible, lo hago
entre otras cosas, porque
ya que no pude escoger
el momento de llegar,
sí que reclamo el derecho,
a decidir cuándo partir,
que no es mucho, puesto que,
el infractor, quien cometió
el primer acto de agravio,
sí se me permite y con todos
los respetos, no he sido yo.

Con el rollito guay del humanitarismo cristiano les ha colado el balón por toda la escuadra. No sé qué pinta un jefe de estado extranjero enmendado la plana a los representantes del pueblo soberano.
ResponderEliminarEso es lo que no entiendo, el Congreso de los diputados no era el lugar más apropiado para tocar el tema.
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