El sueño de Taleb Brahim, ingeniero agrónomo saharaui: “Producir aquello que necesitamos nos ayudará a preservar nuestra dignidad”. En los campamentos de refugiados en Tinduf se han puesto en marcha desde 2002 más de 1.000 huertos familiares. Producen alimentos frescos y ayudan a la salud mental en un territorio donde la crisis climática golpea con dureza
Taleb Brahim, de 56 años, se mueve entre los estrechos corredores de su huerto con la soltura de quien conoce cada rincón. Arranca las malas hierbas, recoloca las tomateras, agarra una de las plantas y estruja con delicadeza sus flores con los dedos manchados de tierra. “Esto es una lechuga en flor. La dejamos crecer para que produzca semillas y así poder reproducir el cultivo”, dice sacudiéndose las simientes de las manos.
Estos serán pimientos; aquí tenemos albahaca, allí hinojo, aquello son zanahorias. Brahim enumera con orgullo la lista de cultivos que desafían al desierto. “Allí hay una planta de okra, ya se ve su fruto”, añade mientras señala al otro extremo del terreno cubierto con plásticos translúcidos al lado de su hogar en Smara, uno de los cinco campamentos de refugiados saharauis en Tinduf (Argelia).
Este ingeniero agrónomo saharaui ha consagrado gran parte de su vida a una misión: demostrar que incluso en uno de los entornos más extremos del planeta, la hamada argelina, es posible cultivar hortalizas. Una labor hercúlea, casi utópica, que desafía al viento, la arena, al calor asfixiante, a la falta de agua y de terreno fértil.
Su huerto podría parecerse a cualquier otro, si no fuera por los montoncitos de arena rojiza acumulados junto a los bancales. “Aquí había calabacines, pero ya he recogido la cosecha. Ahora estoy preparando el terreno para plantar nuevos cultivos. Por desgracia, al poco de sembrar, toda esta zona quedó cubierta por las tormentas de arena. Tuve que retirar la acumulada y amontonarla”, cuenta resignado.
Desde 2002, se han puesto en marcha en este desierto pedregoso entre 1.200 y 1.500 huertos familiares, como forma de “resiliencia y resistencia”, explica en una entrevista con este diario durante el festival de cine FiSahara, donde participó en una mesa redonda titulada Caminando a nuestra tierra. “Producir aquello que necesitamos nos ayudará a seguir reclamando nuestros derechos. Y también a preservar nuestra dignidad como seres humanos”, expresa convencido.
Brahim es un soñador, lo repite varias veces durante la conversación, pero también, aunque parezca contradictorio, profundamente realista. “Desde 1975 dependemos de la ayuda alimentaria internacional. Llevamos ya más de 50 años en esa situación”, resume.
“No podemos simplemente decir: ‘Bien, vamos a producir nuestros propios alimentos”, continúa. “Eso requiere mucho tiempo. Muchas familias se están beneficiando de estos proyectos, pero todavía estamos lejos de alcanzar la autosuficiencia”, resume el también director nacional de Agricultura del Ministerio de Desarrollo Económico de la República Árabe Saharahui Democrática (RASD).
Producir alimentos y cuidar la salud mental: “Tenemos varios modelos de agricultura. En mi huerto trabajo principalmente con hidroponía, acuaponía y otras técnicas similares. Pero en otros proyectos utilizo agricultura convencional, permacultura y sistemas agroecológicos”, explica. La mayoría de los huertos se encuentran en los campamentos de Dajla y El Aaiún, donde hay algo de agua subterránea. “También hay algunos en Smara, aunque en menor número. Estoy intentando desarrollar sistemas adaptados para Smara, Auserd y Bojador, ya que allí no disponen de suficiente agua”, continúa.
Los huertos no utilizan fertilizantes químicos: “Son perjudiciales y, además, son muy caros. No podemos permitírnoslos”. “La mayoría de los pesticidas que empleamos actualmente provienen del patrimonio y los conocimientos tradicionales saharauis”, relata. “Hemos utilizado distintas plantas y otros productos para tratar infecciones o proteger muebles y otros objetos de los insectos. Ahora usamos esas preparaciones en nuestros huertos. Además, cultivamos especies con propiedades repelentes naturales o cuyo olor resulta desagradable para los insectos”, añade.
Los comienzos no fueron fáciles. El principal desafío no era técnico, recuerda, sino cultural. “Para trabajar con la gente hay que cambiar mentalidades”, explica. “Cuando empecé a trabajar con familias en 2002, mucha gente creía que era una idea descabellada. Decían: ‘Eso no se puede hacer. Nosotros no somos gente que cultive plantas. Somos nómadas y solo sabemos pastorear nuestros animales’. Pero ahora, 24 años después, tenemos más de 1.000 huertos repartidos por los distintos campamentos. Ya no se debate si podemos cultivar o no”, cuenta. “La cuestión ahora es cómo resolver los problemas que tienen esos huertos y hacerlos más productivos”.
Además de producir alimentos, los huertos cumplen otra función para los refugiados saharauis, instalados desde hace 50 años en los campamentos de Tinduf después de abandonar el Sáhara Occidental tras la ocupación marroquí del territorio. “Es bueno para la salud mental. Estás atrapado en un lugar como este, donde solo ves el color marrón y hueles el polvo, pero cuando sales al jardín ves colores diferentes y tienes plantas aromáticas, por lo que puedes oler la menta e incluso escuchas el murmullo del agua regresando desde los bancales hasta el depósito”, detalla.
Uno de sus últimos proyectos son las cúpulas verdes. “Es una combinación de hidroponía, acuaponía y una cubierta vegetal que rodea la estructura, actúa como cortavientos y proporciona sombra. Además, son plantas de hoja caduca y pierden sus hojas en invierno. Así la radiación solar puede penetrar en el interior y hacer que la cúpula sea más cálida. En verano, en cambio, desarrollan hojas que generan sombra, manteniendo la temperatura dentro de la cúpula más baja y aumentando la humedad. Se crea un microclima favorable dentro del huerto, lo que ayuda a producir cultivos durante todo el año”, explica.
Muchas familias se están beneficiando de estos proyectos, pero todavía estamos lejos de alcanzar la autosuficiencia
En el interior de la estructura semicircular, unas tilapias nadan en un pequeño estanque. “Peces en el desierto. Es algo extraordinario”, dice Brahim. Hay plantadas zanahorias, ajos, geranios, remolachas, lavanda, rúcula e hinojo. Incluso un limonero enano que pronto empezará a dar flores y frutos. Los primeros brotes de una planta trepadora se agarran a la estructura, alzándose poco a poco por los metales de la cúpula.
La cúpula, uno de los últimos proyectos de Taleb Brahim, en el campamento de Smara, en Tinduf, Argelia. Mònica Torres
En su huerto y en la cúpula, utiliza un sistema hidropónico, una tecnología de recirculación que permite ahorrar agua: y que no necesita mucha tierra. No es la única cúpula en Smara, donde hay un total de cinco y pronto llegarán a 10. Los resultados, de momento, han sido positivos. “Las familias participantes obtuvieron buenas cosechas este año”, explica.
Taleb Brahim persigue ahora un nuevo sueño. Su idea es instalar condensadores capaces de recoger la humedad del aire y transformarla en agua para alimentar el depósito de su huerto. “Quizá algún día no necesite traer agua desde fuera”, afirma. “Es un sueño. No sé cuándo lo alcanzaré, pero estoy convencido de que algún día lo lograré. Y si no llego a verlo hecho realidad, al menos habré dejado el trabajo avanzado para los que vengan después de mí“.
Taleb Brahim, es un ingeniero saharaui que investiga cómo producir alimentos a través de huertos en condiciones extremas como las que se viven en los campamentos saharauis de Tinduf (Argelia), en una foto tomada el 1 de mayo de 2026 en su huerto en Smara, por Mònica Torres. Silvia Laboreo Longás en el País,


La escasez y la necesidad potencian la creatividad. Está claro que siempre el problema será el agua y cómo utilizar la menor cantidad posible o que esta no se evapore. Todo un reto.
ResponderEliminarUn reto que nos muestra la parte buena del ser humano. Publicar una noticia como esta, entre tanto caos y miseria es un placer.
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