Aquí es donde la frase de Perich se aviva, como si hubiera sido escrita para esta noche de verano. Cuando un gobierno pide ayuda porque el fuego le supera, no es solo la naturaleza la que arde: es la fragilidad del sistema, la improvisación, la política convertida en escenario. El tuit de la presidenta no es solo un aviso: es una confesión. Una confesión pública, inmediata, digital: no podemos, no llegamos, no nos basta.
Perich habría sonreído con esa ironía suya, tan fina como desencantada. Habría dicho que, cuando un bosque se quema, no es solo la madera la que se hace ceniza: es la parte del país que aún no ha aprendido a cuidarse. El fuego no entiende de competencias, ni de tuits, ni de fronteras administrativas. Atraviesa términos municipales, comunidades autónomas, provincias, como si quisiera recordarnos que la naturaleza no sabe lo que es un decreto.
Los incendios de Villa de Prado, San Martín de Valdeiglesias y Burgohondo no son sólo accidentes naturales: son síntomas. Síntomas de un país que todavía no ha entendido que la naturaleza es infraestructura, que el bosque es política, que la gestión forestal es tan importante como un presupuesto o ley.
Perich lo habría escrito con una sola línea, porque él sabía que la ironía es más efectiva que el sermón: Cuando un bosque se quema, algo suyo se quema, señora presidenta. Y esa “cosa suya” no es solo el territorio: es la responsabilidad de todos.
Cada incendio es una carta que la naturaleza envía al poder, y que el poder a menudo lee demasiado tarde. Perich lo vio antes que nadie: el bosque es parte íntima del país. Cuando se quema, no es la naturaleza la que pierde: somos nosotros. Cuando el fuego avanza, no quema solo árboles: quema la distancia entre lo que somos y lo que deberíamos ser como sociedad.
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