Tras 10 años de proceso y después de que se desestimase la libertad condicional y el Tribunal Supremo confirmase la condena, el autor de esta farsa de dimensiones colosales entró en la prisión de Ventimiglia hace unos meses, para cumplir la pena impuesta por construcción ilegal y falsificación de obras de arte.
El origen de la historia es incierto, se remonta a unos años antes de 2016, cuando Malosso comenzó a levantar el falso teatro antiguo en las colinas de Arcugnano, en la provincia de Vicenza. En una superficie de 5.000 metros cuadrados, instaló una serie de gradas construidas con piedras superpuestas y trabajadas de tal manera que parecen antiguas. También son falsas las columnas, hechas de cemento, las estatuas de yeso y un estanque artificial excavado bajo el graderío, en la zona de la arena. El conocido como Anfiteatro Berico, que aún sigue en pie, pese a su nombre, es en realidad una estructura inspirada en un teatro romano, de planta semicircular.
En 2016, después de una denuncia del Ayuntamiento de Arcugnano, se inició una investigación que concluyó que todo el conjunto era moderno y había sido construido sin las autorizaciones urbanísticas y paisajísticas necesarias. En ese momento comenzó un complejo proceso judicial plagado de recursos de la defensa.
La hemeroteca no permite determinar con claridad si la intención de Malosso era reconstruir un supuesto teatro antiguo o simplemente crear un falso yacimiento arqueológico para hacerlo pasar por auténtico. Su versión fue cambiando con el paso del tiempo. En un primer momento presentó el recinto como un auténtico yacimiento arqueológico con restos de distintas épocas históricas. Más tarde, cuando comenzaron las investigaciones, sostuvo que en realidad se trataba de la reconstrucción de un supuesto teatro antiguo que, según él, habría existido bajo la colina. Esa tesis, sin embargo, fue descartada por la Superintendencia de Patrimonio Cultural, que determinó que no existía ningún vestigio arqueológico en el lugar y que todas las estructuras eran de construcción moderna.
A lo largo de estos años, la defensa de Malosso siempre ha sostenido que la falsificación se había hecho de una forma tan “burda” que resultaba imposible que alguien pudiera creer que se trataba de un vestigio arqueológico real, y que por lo tanto podía descartarse la tesis del engaño. La condena incluye delitos urbanísticos y contra el patrimonio cultural. Los jueces consideraron acreditado que la gigantesca instalación había sido presentada como un auténtico resto arqueológico, generando además un beneficio económico mediante las visitas y actividades organizadas en el recinto. El caso sigue despertando sorpresa en Italia por cómo pudo levantarse y mantenerse una ficción de estas dimensiones.
Los expertos consultados coinciden en que un yacimiento arqueológico auténtico resulta fácilmente reconocible para un especialista. Jacopo Bonetto, arqueólogo y catedrático del Departamento de Patrimonio Cultural de la Universidad de Padua, explica que la identificación no depende únicamente del aspecto visual de una construcción, sino también de sus características arquitectónicas, los materiales empleados, las técnicas constructivas y el estado de conservación. “Es totalmente absurdo pensar que se pueda confundir un edificio antiguo con uno moderno, aunque estén construidos de la misma manera”, señala en conversación con este diario.
Bonetto subraya además que el propio emplazamiento del supuesto teatro era suficiente para levantar sospechas. “El contexto es fundamental, ya que los edificios antiguos solo se construían en determinados lugares. Los anfiteatros antiguos se edificaban, en el 99 % de los casos, en las afueras de las ciudades romanas. Un anfiteatro en pleno campo, lejos de un núcleo urbano antiguo, es naturalmente falso”, afirma. El experto destaca que este tipo de episodios, afortunadamente, son extraordinariamente infrecuentes.
Más allá de la anécdota, Bonetto considera que el caso pone de relieve la importancia del rigor científico en la gestión del patrimonio histórico. “Las competencias deben respetarse y no siempre ocurre. Con demasiada frecuencia, el patrimonio cultural queda en manos de personas que no tienen la formación específica. “El patrimonio europeo es una riqueza enorme que debe preservarse y requiere especialistas cualificados”, defiende. En el caso de Vicenza, añade, “bastó una inspección de arqueólogos competentes para comprender que se trataba de un falso”.
La sentencia judicial obliga además a Malosso a indemnizar al Ayuntamiento por los daños ocasionados, a demoler el teatro y el resto de construcciones levantadas ilegalmente y a restaurar la colina para devolverla a su estado original, aunque esta orden aún sigue pendiente de ejecución. Lorena Pacho en el País

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¿Era el italiano descendiente de españoles? No lo digo por llamarse Franco, sino por pícaro.
ResponderEliminarSaludos.
Hay un elemento peor aún que un pícaro o un italiano, un ítalo-argentino. De todos modos este señor supera a los pícaros tradicionales, es de un nivel superior, que solo se puede dar en Italia.
EliminarSaludos
He leído ayer esta historia en varios medios y he concluido: hay gente para todo.
ResponderEliminarLo asombroso es que colara.
Más asombrosa la necedad de la gente.