FRATERNIDAD, LA GRAN OLVIDADA


Las tríadas, grupos de tres conceptos ligados entre sí, representados por un triángulo, han servido para simbolizar entidades de orden superior en la cosmología de tiempos antiguos y en culturas diversas. A medida que las cifras han ido perdiendo su carácter simbólico para terminar siendo meros elementos del conjunto de los números naturales, las tríadas han pasado de la cosmología a la política, con divisas como la carlista “Dios, patria y rey” o “Nación, democracia y bienestar del pueblo” de la República de Sun Yat Sen. E incluso han llegado a la economía, como el conocido trilema del economista Dani Rodrik, que a comienzos de este siglo señalaba la imposibilidad de hacer coexistir la globalización con la soberanía nacional y la democracia.

De la infinidad de las tríadas posibles y de las muchas conocidas, una destaca por su popularidad entre nosotros: la “Libertad, igualdad, fraternidad” adoptada por la Revolución Francesa en 1789 y hoy divisa del Estado francés. Quizá sorprenda al lector ver que tres conceptos tan luminosos fueron adoptados como señas de identidad para lo que fue, como todas las revoluciones, un baño de sangre. Si es así, no se alarme: estudios recientes atribuyen la formulación original de la tríada nada menos que al obispo François Fénelon (1651-1715), escritor y teólogo, autor del best-seller Las aventuras de Telémaco, que unió los tres conceptos para condensar en una fórmula la doctrina cristiana.

Sea como fuere, forzoso es admitir que, a lo largo de los siglos, los tres conceptos han tenido destinos distintos: ya escribía Chesterton que, de los tres, los ingleses habían venerado el primero, la libertad, y olvidado los otros dos. Transcurrido más de un siglo, reconoceremos que la igualdad ya no le cede en nada a la libertad en el lugar que ambas ocupan en la filosofía política, en la moral, o en el diseño de políticas en todos los órdenes de la vida. La fraternidad, en cambio, no figura ni en tratados ni en programas, ni es objeto de mención en las conversaciones. Tanto es así, que uno puede hasta ruborizarse al hablar de fraternidad en los tiempos que vivimos, como si fuera una cursilada o una salida de tono. De modo que, en una terna cuyos componentes se presentaban como de igual importancia, la fraternidad es la gran olvidada. ¿Será que no sirve para nada?

La fraternidad es tan necesaria como la libertad y la igualdad para construir una sociedad sana

Al contrario. Imaginemos una sociedad regida sólo por los principios de libertad e igualdad. Los partidarios de una libertad a ultranza chocarán con frecuencia con los defensores de la mayor igualdad posible, porque en la práctica, más libertad resultará a menudo en menos igualdad, o al revés: se estorbarán unos a otros. Los liberales irán a la derecha y los que hoy llamamos progresistas, a la izquierda. ¿Les suena?

Hará falta por lo menos un tercer principio que haga posible la convivencia en la práctica. Pues ésa es la función de la fraternidad: en el seno de una familia ideal, la fraternidad permite reconocer la igualdad radical entre los hijos, por ser todos hijos de los mismos padres, a la vez que hace respetar la libertad de que cada cual tenga un proyecto de vida distinto, acorde con sus talentos y sus inclinaciones (y con los recursos de la familia, claro).

El principio de fraternidad es, pues, tan necesario como los otros dos para construir una sociedad sana. Añadamos que su ejercicio no se encuentra en todas las familias (pensemos en Caín y Abel), ni sólo en ellas: hay muchas comunidades, que van de las órdenes monásticas a las fuerzas armadas y a las asambleas deportivas, cuyos miembros se consideran hermanos de sangre (ello no ocurre ni siempre ni en todas). Pero poner la fraternidad en la base de nuestra conducta es difícil, y en la práctica se le buscan sustitutos menos exigentes, como la solidaridad. Sin embargo, en el cristianismo, raíz de la historia de Europa, la fraternidad no es algo optativo, sino que está en la misma esencia de la doctrina: es la venida de Cristo la que nos constituyó hermanos. Quizá un buen ejercicio de la fraternidad podría ser nuestra contribución a la mejora de una sociedad que a veces parece un edificio construido sobre unos cimientos de arena.  Alfredo Pastor, profesor de Economía del Iese.

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