PRIORIDAD NACIONAL


 Cuando en el 2011 un tal Josep Anglada se presentó a las elecciones municipales en Vic con el lema “Primero los de casa” se armó la marimorena. Han pasado tres lustros desde entonces y esa formulación ha colonizado por entero el ruedo ibérico. Eso es la prioridad nacional, vaporoso concepto y clave de bóveda de los pactos autonómicos entre el PP y Vox (Andalucía al caer). Apariencia distinta pero igual significado. Negar, de entrada, el pan y la sal de las ayudas públicas al “moro” y al “panchito” y que el reparto empiece por los aborígenes. Solo con el sobrante puede practicarse después la solidaridad con el llegado de fuera. Pero no antes.

Lo que hace quince años era el non plus ultra de la xenofobia representa ahora el sentido común en boca de Vox, pero también del PP. Estos últimos se comportan como si hubieran redescubierto la fábula del camello visto por primera vez por los hombres de Esopo. Cuenta esa historia cómo los humanos huyeron aterrorizados al ver el gran tamaño de este animal que desconocían. Luego, al parecerles que era inofensivo, se acercaron y lo domesticaron. Algo así les ha sucedido a los populares con la prioridad nacional. ¡No era para tanto! ¡Puro sentido común!


En realidad, sí hay para tanto. O incluso para un poquito más. No por su traslación práctica, que está por desarrollar y que deberá encajar en los preceptos básicos de la Constitución y acomodarse también al paraguas normativo europeo. El establecimiento de pluses y facilidades vinculadas al enraizamiento en la comunidad es algo común, sano y razonable. Amén de justo. De hecho, en muchas cuestiones ya funciona exactamente así. Y nada impide desarrollar normativas que premien todavía más y establezcan nuevos hitos de tiempo y pertenencia para el disfrute de ciertos derechos. Ese no es el problema. La perversión está en el lenguaje, en el marco conceptual que se utiliza para su es­tablecimiento.

La prioridad nacional, idea nacida en el primer y lejano lepenismo, naturaliza la idea de que hay ciudadanos de primera, segunda e incluso tercera categoría. Los españoles fetén en la división de honor, los sudamericanos en la segunda por el acervo cultural compartido y los magrebíes, subsaharianos, paquistaníes y demás en la tercera. La adscripción a una división u otra depende únicamente de quienes sean tus padres y del lugar en el que has nacido. No hay peor lenguaje para abordar la cuestión inmigratoria que este. Culpabiliza, señala y estigmatiza sin necesidad.

Con Andalucía, serán ya cuatro los gobiernos autonómicos en los que el PP y Vox habrán incluido la prioridad nacional como elemento nuclear de sus acuerdos de legislatura. Ensayos que anticipan y facilitan la articulación futura del binomio Feijóo-Abascal, siempre que las urnas les sean propicias. Pues bien, aún están por descubrir cuáles son las propuestas de uno y otro referidas al modelo de crecimiento económico que debería tomar el relevo del actual si de verdad quiere ponerse el cascabel al gato y frenar la inmanente necesidad de mano de obra barata importada.

En ese capítulo, el del modelo productivo, no se adivina prioridad nacional alguna. Así que, en los términos que vienen abordándola PP y Vox, esa prioridad, más que nacional, deviene no solo parcial sino también hipócrita. Queda limitada al deseo de querer la carne –la del inmigrante– sin necesidad de apechugar con los huesos. Se aborda lo fácil al tiempo que se rehúye lo complicado e imprescindible. O mejor dicho, aquello que obligaría a pisar callos muy mucho españoles.

Sea como fuere, lo nacional pisa fuerte y está de moda. Ayer, José María Aznar puso deberes a Alberto Núñez Feijóo, impeliéndole a construir una mayoría, también nacional, para gobernar. Debe ir de la izquierda a la derecha, según el expresidente, pero cerrando la puerta a los independentistas, que jamás volverán a ser de fiar. Lo de la izquierda se antoja complicado, aun en el hipotético caso de que Pedro Sánchez empacase sus pertenencias y se marchase a casa derrotado. Y, para dejar fuera a los soberanistas de Junts, no son necesarios los ruegos de Aznar. Hay muchos esfuerzos periodísticos y lobbísticos de distinto orden, tanto en Madrid como en Barcelona, para hacer realidad un imposible marco de colaboración estable entre junteros y populares que vaya más allá de algunas votaciones en las que sus intereses son coincidentes. Pero, de momento, esa siembra no puede dar una gran cosecha, pues en ninguno de los dos partidos se advierte la pulsión suicida como dominante. La mayoría nacional que pide Aznar solo puede ser una. Y más que nacional será, como todas, de parte. - Josep Martí Blanch.

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