A Mariano Rajoy le ha funcionado bien construirse este personaje salido de The Office de señor disléxico al que se le cae la bola de helado del cucurucho. También ha sabido bailar excepcionalmente sobre la delgada línea que separa de hacerse el tonto con serlo y, además, serlo del culo. Estos detalles le han ayudado hasta que perviva mucho más la frase de que es el alcalde el que elige a los vecinos que, por ejemplo, la amnistía fiscal con la que Montoro les cobró un diez por ciento a los que habían escondido el dinero fuera mientras a nosotros nos subía el IVA al veintiuno, y que el Constitucional tumbó, ya había vuelto a casa con la capital lavada y planchada. O que las quince personas que murieron ahogadas en la playa del Tarajal mientras la Guardia Civil disparaba balones de goma al agua, en febrero de 2014, y cuya causa se archivó con la misma placidez con la que se archiva una multa de aparcamiento. O que la sanidad universal, que acabó por decreto en 2012 ya la que se llegó por la vía de decidir que había personas cuya tos no era asunto nuestro. O que el copago a los pensionistas, o la ley mordaza, o los treinta y tres por año trabajado, o el “Lluís, sé fuerte” enviado al tesorero de la caja B mientras el tesorero de la caja B miraba el móvil desde el banquillo. Sin olvidar a la policía patriótica y la desafortunada gestión de la cuestión catalana, que empezó con las 876 cajas azules contra Catalunya y acabó con la detención alegal de Sandro Rosell. Ninguno de estos hitos ha cuajado como estampa nacional. Cuajó eso que dijo de que los catalanes hacen cosas.
Aquí es donde está el truco, que no es un truco menor, dicho de otra forma, es un truco mayor: el personaje no es la envoltura comunicativa de la política de Rajoy, es la infraestructura en la que se desarrolla. El personaje del “tontorrón gallego” es el que permite que la crueldad pase por torpeza y que la torpeza pase por bonhomía. Un dispositivo de blindaje moral de una eficacia que ya quisiera el resto de la derecha europea, que se deja las cejas explicando lo que él resuelve encogiéndose de hombros y poniendo cara de haberse comido la plastilina. Por eso, cuando el viernes escribió en El Debate que Francia tiene una plantilla de altísimo nivel, “eso sí, sin franceses”, medio país lo leyó como quien lee un lapsus del abuelo en la comida de Navidad.
Y entonces ocurre que la Embajada de Francia en Madrid se ve en la obligación de publicar un comunicado para contarle a un expresidente del Gobierno de España que, de los veintiséis convocados de Deschamps, veintitrés nacieron en Francia, y que los otros tres también son franceses, por si acaso. Una delegación diplomática extranjera haciendo un fact check de parvulitos al hombre que gobernó ese país siete años. Detrás llegaron todos a tropel: el ministro del Interior francés, que le despachó como inaceptable; la ministra de Ultramar, que pidió a la Federación que estudiara acciones legales; el presidente de la Federación, quien dijo que sus jugadores no necesitan certificados de nacionalidad expedidos por expresidentes españoles. Y por si alguien pensaba que esto era cosa de la izquierda francesa buscando basta, aquí estaba también Valérie Pécresse (la derecha, la derecha con mayúsculas, la derecha que gobierna Île-de-France) acusándole de no entender absolutamente nada del alma del pueblo francés.
Todo esto, conviene recordarlo, el día antes de que la selección española juegue una semifinal del Mundial contra Francia el próximo 14 de julio. Rajoy ha logrado, desde el sofá de su casa y con una columna de doscientas palabras, convertir la fiesta nacional francesa en un incidente diplomático, justo cuando Exteriores negocia un Tratado de Amistad con París. Es, hay que reconocérselo, una obra maestra de la torpeza. La clase de cosa que sólo puede hacer alguien que no tiene ninguna toma de verdad, que es exactamente el punto. Pero es a partir de este punto cuando conviene dejar de reírse y de reírsele las gracias, porque el peligro de este tipo está en todo lo que hace y todo lo que piensa, mientras nosotros nos hemos pasado catorce años haciendo crónica de sus formas de payaso y no de sus fines draconianos. Aldo Conway en El diario.es

A la gente limitada se le ve el plumero faccioso en cuanto abre la boca.
ResponderEliminarSalud.
Un profesor universitario me decia ayer que para sacarse la carrera de Registrador de la Propiedad hay que ser muy inteligente. Aunqur luegoañadia que la gente muy inteligente a veces se comporta de manera infantiloide.
EliminarSaludos