La propuesta es simple como un portazo: que las mujeres dejen de votar. Que la voz femenina vuelva a ser eco, que la mano que deposita la papeleta sea siempre la de un hombre. Que la ciudadanía se reduzca a un solo latido, el del “cabeza de familia”, como si el resto fueran solo costillas, anejos, silencios.
En América -la de las megachurches que parecen hangares de fe, la de los profetas digitales que venden sumisión como si fuera cosmética- esta idea ha encontrado a quien la recite con devoción. Pastores que confunden a Dios con un patriarca de novela rústica, influencers que proclaman que la libertad desgasta la piel, apóstoles de la machosfera que sueñan con un mundo donde las mujeres caminan detrás, agradecidas, obedientes, invisibles.
Y lo más inquietante es que ya no susurran en sótanos. Ahora lo dicen en convenciones con foco y escenario, en pódcast que llegan a millones, en discursos que no tiemblan. El fin de Roe vs Wade, la reacción contra el feminismo, la nostalgia de un pasado que nunca existió: todo ello ha creado un clima en el que lo impensable empieza a ser “opinable”.
Pero lo que se pone en juego es más profundo que una ley o un derecho. Es la propia textura de la democracia. Es la idea de que cada cuerpo tiene una voz, que cada vida tiene un voto, que nadie representa a nadie por decreto biológico. Sustituir a “una persona, un voto” por “un hombre, un voto” es convertir la mitad de la humanidad en sombra. Es hacer retroceder el tiempo hasta ese punto donde la mujer era un apéndice legal, una figura sin contorno.
Quizás todo ello quede en ruido, en una extravagancia más del laboratorio político estadounidense. O quizá sea un aviso: los derechos no son piedras, son cristales. Y los cristales, si no los miras, se rompen. El pasado, cuando se le llama demasiado, siempre vuelve. Y cuando vuelve, nunca lo hace solo: lleva una biblia, una sonrisa y una llave para cerrar las urnas a las mujeres.

Algunos quisieran que volviera el integrismo más recalcitranto, el feudalismo de los siervos, el totalitarismo de unas´élites. Pero si la población entra al trapo ¿no se estará poniendo la sombra al cuello?
ResponderEliminarNo creo que el agua llegue más allà de lo inevitable.
EliminarVolvemos a la sociedad del "cabeza de familia".
ResponderEliminarHombre, ya puestos, casi casi prefiero un voto por cada persona coherente con un mínimo de cultura o preparación, por aquello de de que para votar como para conducir, hay que tener un mínimo de capacidades. Habría que hacer un psicotécnico para ser padre y para votar, como lo hay para sacarse el carnet de conducir.
Saludos.
Es que deberían de examinar y luego expedir un carnet de votante a los ciudadanos y ciudadanas.
EliminarSaludos