Retorno es la palabra que mejor explica el nuevo rumbo del Gobierno a Ceuta: el de los adultos que todavía permanecen en la ciudad, el de los menores cuando las circunstancias lo permitan –dado que su regreso requiere más garantías y un procedimiento específico– y, sobre todo, el de la normalidad. Porque la prioridad de Moncloa ya no es tanto gestionar la crisis abierta el pasado 30 y 31 de julio, sino cómo cerrarla.
Y por eso es urgente despejar las calles de la ciudad autónoma. Su presencia mantiene visible la impronta de una entrada masiva que desbordó una frontera española durante dos días y colocó junto al colapso el flanco sur. La permisividad con la que Marruecos dejó de vigilar la frontera y sus posteriores manifestaciones expansionistas han motivado que una crisis inicialmente migratoria se haya convertido en un problema político de soberanía.
Al fin y al cabo, lo ocurrido en Ceuta no es solo una crisis puntual: es la demostración de que una frontera puede derrumbarse en dos horas y que un estado puede quedar en evidencia en dos noches. El Gobierno ha optado por la vía del retorno, de la calma calculada, de dejar que el relato madure hasta que la ciudadanía entienda que la frontera no es un debate moral, sino un mecanismo de supervivencia. Y esta vez, a diferencia de lo que ocurrió en Tarajal en el 2014 bajo el Gobierno del PP, con Jorge Fernández Díaz como ministro del interior, o en el 2017 con el inefable Juan Ignacio Zoido. Actualmente, no ha habido rasgos ni humo: solo una gestión fría, quirúrgica, que ha permitido que la presión social haga el trabajo. Una gestión calculadamente displicente, creo que acertada.
Marruecos ha jugado su partida con la misma habilidad de siempre: abrir la puerta, mirar hacia otro lado y esperar a que Europa tiemble. Y Europa ha temblado. Porque cuando una frontera se desborda, el problema ya no es migratorio: es político, es territorial, es de soberanía. Y aquí es donde el debate se vuelve incómodo: ¿qué hacemos con un territorio que es frontera y símbolo a la vez, que es español por ley pero vulnerable por geografía, que es pieza de un tablero que Rabat mueve con inquietante naturalidad?
Algunos proponen ya soluciones extremas, mapas reescritos, fantasías de desconexión. Pero la realidad es más cruda: Ceuta y Melilla son dos fisuras en el mapa que hace cada crisis más profunda. Y cada episodio, del 2014 al 2017 hasta hoy, recuerda que la frontera no es un sitio: es una advertencia, que Europa sigue sin querer escuchar.

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