CIVILIZACIÓN Y BARBARIE

 Imaginen que duermen plácidamente en un lugar que para no huir del tópico definiremos, al menos en verano, como paradisíaco. El día ha transcurrido manso y feliz, entre paseos cortos y copas de vino blanco a la vera del Danubio, a su paso por el pueblecillo de Dürnstein. Es el mismísimo corazón del valle vinícola de Wachau, una de las perlas paisajísticas de la baja Austria. Un lugar en el que nada sobra, nada falta y todo parece estar perfectísimamente en su sitio. La palabra civilizado adquiere pleno sentido ante un paisaje como éste. Uno observa, escudriña, examina, incluso con mala intención, y nada se le ocurre para mejorar lo que tiene delante.

La única molestia son las abejas, abundantísimas y pesadas como si fueran moscas. Pero que haya tantas sólo dice mucho y bien de la salud del valle de Wachau. Sólo son un problema por mi cobarde relación con estos insectos. Aquí es donde estuvo preso Ricardo Corazón de León, un hombre que sin duda no temía a las abejas, a su regreso de la Tercera Cruzada. Por entonces, el vino y el gulasch, aunque fuesen para reyes, a buen seguro que eran peores que los que nos han servido a nosotros.

Todo el cuadro de aire feliz y pastoril se viene abajo en un momento. foto. Stefan Rotter

Llega la hora del descanso. Un hotel de lujo, como confirman las marcas y modelos de los automóviles de los huéspedes. Hay incluso sitio para la excentricidad de un Rolls Royce checo color azul cielo, tan caro como feo. A través de la ventana tocamos con la mano una bellísima iglesia barroca que saluda puntualmente las horas con el tañer de sus campanas. La conciencia se evapora rápido. Sin tiempo siquiera a recordar el nombre imposible de la bodega del último Riesling que se ha descorchado.

Todo este cuadro de aire feliz y pastoril se viene abajo en un momento. Uno intuye desde las profundidades del sueño que algo sucede. Fiel al instinto abre súbitamente los ojos para descubrir, con más pánico que asombro, que tiene ante sí a una pareja de alemanes desconocidos, una mujer y un hombre, desnudos ante él y dispuestos a irrumpir en su cama.

Grita más que lo haría ante un millón de abejas, sin ser consciente de lo que pasa. La pareja dice algo en alemán, incomprensible, y abandona la habitación a la carrera. Lo último que queda grabado en mi retina del episodio son sus traseros a la fuga, entre poco y nada reseñables. Ya lo ven, civilización y barbarie van de la mano. Y esto son hechos, no opiniones. Josep Martí Blanch

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