EL BORRADO DE LA INFANCIA


 El reciente juicio a Meta, el más importante de los ya numerosos procesos contra las grandes plataformas, es también un síntoma de una época que parece empeñada en borrar la infancia como momento de construcción de la persona. Niñas de ocho años que se maquillan, niños de su misma edad que acceden al porno o a un smartphone de última generación, alumnos de parvulario que celebran su graduación –¿de qué?–. Como si la infancia fuera un obstáculo en el proceso vital y hubiera que saltársela lo más rápido posible, borrando sus huellas y pasando de pantalla inmediatamente.

Meta encarna ese anhelo como pocas compañías. Sus productos, inicialmente pensados para adultos, pronto encontraron en niños y adolescentes un nicho de mercado demasiado atractivo como para ignorarlo. Nadie pensó –el negocio no sería el mismo– en cambiar de lógica y adaptar esas plataformas a su momento vital y a su experiencia. Obligada por la presión social y por las denuncias, la compañía introdujo algunas restricciones a su acceso, pero la lógica del algoritmo es implacable, como lo es también la imaginación de los más jóvenes para burlarlas.

La industria de las redes se ha apropiado de una parte de las vidas de los niños

La generalización de las redes sociales entre niños y adolescentes ha permitido a la industria apropiarse de una parte creciente de sus vidas, reduciendo la experiencia –el verdadero motor del aprendizaje– a un “siempre más”: más contenidos, más estímulos, más exposición, en una acumulación y repetición ilimitadas bajo la lógica del scroll infinito.
Lo que se juzga ahora es esa degradación, reflejada en el secuestro de la atención y en sus consecuencias psicológicas y vitales. Nos afecta a todos, también a los adultos, pero su impacto sobre los más vulnerables es mucho mayor. Desde la compulsión y las conductas adictivas hasta la distorsión de la realidad –un mundo cada vez más fake–, pasando por la dependencia emocional, la normalización del anonimato y la impunidad o, en los casos más extremos, las conductas suicidas.
El famoso Connecting People, que prometía poner fin a la soledad, ha acabado revelándose como una promesa paradójica: la hiperconexión no garantiza una mayor sensación de compañía y puede incluso profundizar el aislamiento.
Lo que se juzga en California va, por tanto, mucho más allá de Meta. Nos habla del mundo que queremos construir –la explosión de la inteligencia artificial es quizá su exponente más reciente– y, sobre todo, de aquello que deseamos transmitir a las generaciones que vienen.
¿Queremos una vida permanentemente monitorizada y homogeneizada, en la que lo singular quede borrado en favor del negocio y de una supuesta eficiencia? ¿O queremos preservar una vida en la que las pausas, la curiosidad, el tiempo necesario y las dudas –esas claves de la infancia a las que aludía Freud– puedan ir dando forma al deseo de vivir de cada uno y de cada una?
Porque quizá lo que está en juego no sea solamente qué hacen las redes sociales con nuestros hijos. Quizá sea algo más profundo: si estamos dispuestos a dejarles tener una infancia.

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