El miércoles, el sol se apagará unos minutos y medio país contendrá la respiración como si el cosmos hubiera decidido realizarnos un espectáculo privado. Las autoridades han hinchado el fenómeno con eslóganes de cartón piedra —“El eclipse de tu vida”, “No te lo puedes perder”— y la NASA, en un gesto que ya es leyenda, ha alquilado a un pueblo de Burgos para plantar telescopios, antenas y científicos con gorra de safari. El burgalés medio, entre incrédulo y orgulloso, ya lo explica como quien ha visto aterrizar a los americanos en la plaza mayor.
Pero la verdadera sombra no vendrá del sol. Vendrá de nosotros. Detrás de la excitación colectiva, existe una especie de banalidad del mal digital: esta fuerza discreta, automática, que convierte cualquier fenómeno natural en una obligación social, un ritual de presencia, una prueba de fidelidad al ruido. No mirar al eclipse equivale, para algunos, a desertar del mundo. A no estar. A fallar.
Las redes ya han dictado sentencia: quien no lo fotografíe, quien no lo retransmita, quien no lo celebre, queda fuera del relato. Es el mal más sutil: no hace sangre, no arde, no encarcela. Solo exige adhesión. Sólo pide que mires dónde miran todos, que desees lo que desean todos, que compartas lo que comparten todos. Es un daño sin intención, sin ideología, sin culpables: un daño burocrático, como el que describía Arendt, pero aplicado a la vida cotidiana. Un mal que no quiere destruir nada, sólo uniformarnos.
Mientras, la NASA ha aterrizado en un pueblo de Burgos que estuvo abandonado durante dos décadas para instalar sus potentes telescopios con los que retransmitir en directo a 10 millones de personas el eclipse solar del pasado 12 de agosto, donde seguirá estudiando el sol como si fuera un animal prehistórico. Y nosotros, atrapados en la luz y en la oscuridad, seguiremos discutiendo si es necesario mirar el eclipse o si es mejor dejar que ocurra, como ocurren las modas, las fiebres y las historias que no nos interpelan. Porque, al final, el eclipse dura unos minutos, mientras que la banalidad del mal digital, en cambio, es permanente, y no necesita que la luna tape el sol: le basta con que nosotros tapemos nuestra voluntad.
.jpg)
0 Comentaris:
Publicar un comentario