Me he acordado de esta frase en las últimas semanas y lo he hecho, sin embargo, en un contexto diferente en el que ha adquirido de pronto una dimensión mucho más sombría. Me refiero a la gran conflagración que ha devorado decenas de miles de hectáreas en Madrid y en Ávila, conflagración de la que he sido testigo directo en uno de los pueblos del valle del Tiétar, cuyo bosque ha perdido o perderá ocho de cada diez árboles. Me he acordado de la frase de Mahmud leyendo una extraordinaria entrevista a John Vaillant, periodista canadiense especializado en incendios, quien describe la respiración, el movimiento, la voluntad del fuego en términos zoológicos y enseguida antropomórficos: “Se comporta como un animal hambriento”, dice, “o también como una persona ambiciosa”. Vaillant no ve en los incendios de sexta generación (en esas llamas que calcinan 60 metros de suelo por minuto) el aliento de un amante excitado o de un narrador trepidante; no ve en ese imparable huracán incandescente el anhelo de un artista adolescente o de un místico sediento de absoluto. Lo que ve ahí es la nueva humanidad capitalista, cuya “devoción casi sectaria por la combustión y los combustibles fósiles”, dice, “ha creado las condiciones perfectas para que el fuego acabe imitándonos”.
Siempre tendemos a pensar que la naturaleza se está rebelando. ¿Y si sencillamente está tratando de emularnos? El nuevo fuego, sí, ambicioso e ilimitado, es una bestia que nos imita, a la que hemos asalvajado (en lugar de domesticado) a nuestra imagen y semejanza. Llevamos dentro los incendios de sexta generación como antes llevábamos un auto de fe o una hoguera de San Juan. Hace cien años, Franz Kafka le resumía la cuestión a su joven amigo Gustav Janouch: “El capitalismo es un estado del mundo y un estado del alma”. Así que llevamos también en nuestro interior danas y ciclones y terremotos y tsunamis. Si no la dejamos en paz, la naturaleza responde a nuestros deseos y nos quema los bosques y las casas. El fuego, sí, nos imita. ¿A quién imita? Imita, desde luego, a los más ambiciosos e inescrupulosos, a los que no se imponen límites. Imita, por ejemplo, a Trump, que como Midas quiere convertirlo todo en oro muerto y en oro negro. E imita a Netanyahu, que quiere difundir su fósforo blanco por todo Oriente Próximo. Los incendios de sexta generación que han devastado España son ya nuestra pequeña Gaza.
Ahora bien, si la ambición capitalista, la demanda de un consumo ilimitado y el deseo íntimo de combustión son los que hacen inevitables e inapagables los incendios, ¿quiénes son, en cambio, los que luchan contra el fuego? ¿A quién imitan los bomberos, los miembros de la UME, esos miles de voluntarios que en estos días se han coordinado sin narcisismos para, poniendo en peligro sus vidas, salvar nuestros cuerpos y nuestras casas? Muchos no tienen conciencia de ello e incluso se ofenderían si se les dijera, pero todos esos que han colaborado y colaboran dentro y fuera de las instituciones, todos los que mancomunan sus esfuerzos para acometer el fuego, están estableciendo de hecho, mientras cooperan, frente al de la bestia ambiciosa, un modelo socialista o anticapitalista o, por lo menos, no-capitalista de gestión de la fragilidad. Todos ellos han sido, si se quiere, socialistas provisionales, anticapitalistas ocasionales, no-capitalistas por horas. Es muy triste que sean las catástrofes las que transformen por un momento “el estado del mundo y el estado del alma”, pero conviene no olvidar estas lecciones, pues son al mismo tiempo políticas y antropológicas.
Las políticas: las instituciones que los neoliberales trumpistas quieren adelgazar o destruir, esas de las que tantas veces desconfiamos y que tanto denostamos, constituyen el único dique posible contra la combustión generalizada. Y son en sí mismas, cuando funcionan, socialistas. En 1970, Hannah Arendt recordaba que “solo las instituciones legales y políticas independientes de las fuerzas económicas pueden controlar y refrenar las monstruosas potencialidades” inherentes al proceso de expropiación general, de manera —añade— que “lo que nos protege en los países llamados ‘capitalistas’ de Occidente no es el capitalismo, sino un sistema legal que impide que se hagan realidad los ensueños de la dirección de las grandes empresas”. Ese “ensueño” capitalista es el presente incendio total, esa conflagración universal a la que resisten apenas pequeños y amenazados islotes de paciencia no capitalista.
La otra lección es antropológica. Llevamos dentro ya, es verdad, un incendio de sexta generación que anhela consumir cada brizna de hierba. Pero llevamos dentro también un bombero. Ese bombero sale solo en situaciones de excepción, pero en realidad define nuestra condición humana más y mejor que el aliento de la combustión. Vale. De nada sirve, se dirá, que ese bombero constituya nuestro verdadero deseo si vamos a sucumbir al falso impulso de destrucción avivado, como las hogueras, por las ambiciones de oro negro de los poderosos. De nada sirve que ese bombero, armado de su pala y su manguera, reivindique las pequeñas escalas si nuestro destino se decide, como recordaba hace poco Daniel Innerarity, en un nivel de complejidad que escapa a nuestro control. El problema de los incendios de sexta generación, en efecto, es que, imitando al ser humano, no se ciñen ya una escala humana; su crecimiento no es mecánico, sino biológico; no es lineal sino exponencial. Lo exponencial queda fuera del registro de nuestra mente y nuestra experiencia, que intentan mantener el control mediante palabras antiguas, caricias antiguas y mentiras antiguas. El bombero que llevamos dentro se mueve en los incendios de sexta generación como Fabrizio del Dongo, el héroe de Stendhal, en la batalla de Waterloo: viendo poco y comprendiendo aún menos. Es el bombero que llevamos dentro, en definitiva, el que se deja engañar y engaña sin querer a otros bomberos. Son los bots de los malvados los que incendian las redes con bulos y fakes; son los bomberos buenos los que los repiten y se los creen. Necesitamos una política para bomberos ciegos.
Toda catástrofe es una oportunidad para el bien y para el mal. El problema es que el mal tiene más medios, más dinero, más recursos; es más rápido y se coordina mejor. Ya lo vivimos con la covid, donde un tímido Gobierno socialdemócrata pudo amortiguar los daños, pero no impedir el regreso de la normalidad incandescente. Es muy probable que el incendiario venza de nuevo al bombero, el ambicioso al voluntario, la combustión del consumo a la cerilla de la solidaridad. Pero una semana después del incendio hemos visto surgir en el suelo calcinado del valle del Tiétar, entre las cenizas, dos retoños verdes de roble. Casi lloro de alegría. Quizás bastaría con no hacer nada o hacer muy poco y la naturaleza dejaría de imitar al capitalismo para enseñarnos el otro camino que también llevamos dentro. Santiago Alba Ricoen el País

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