EL GAMBITO MARROQUÍ


 Bismarck –quien decía que las leyes son como las salchichas y que es mejor no saber cómo están hechas– escribió que hay épocas en las que el fuerte es débil por causa de sus escrúpulos y el débil es fuerte por causa de su audacia. No creo que el problema de las últimas semanas en Ceuta sea que España peque de demasiado escrupulosa. Me temo que se trata de algo menos noble. Los escrúpulos, al menos, nacen de una convicción moral y lo de España parece más prosaico: mera ausencia de estrategia. - Javier Melero, la vanguardia - foto: Mar Marín/Efe.

Cuesta encontrar un ejemplo más elocuente que Marruecos. Un país cuya economía apenas alcanza una décima parte de la española, con recursos limitados y una capacidad militar modesta, aunque creciente, ha conseguido mantener una relación privilegiada con EE.UU., normalizar sus vínculos con Israel, convertir su propuesta para el Sáhara en la posición asumida por buena parte de las potencias occidentales e introducir poco a poco en el debate internacional la idea de que Ceuta y Melilla son los últimos enclaves coloniales europeos en África. No está mal para un país que seguimos mirando con esa mezcla tan española de condescendencia y preocupación.

España responde a estos logros innegables con argumentos de otra índole. Como recordar que Ceuta y Melilla son españolas desde antes de que existiera el actual Estado marroquí. Es una idea tan cierta como tranquilizadora, pero intelectualmente pobre. Antes de 1956 existía donde ahora está Marruecos y desde hacía siglos una continuidad política, dinástica, religiosa y cultural perfectamente reconocible, y cualquier marroquí puede identificarse con ella sin consultar un tratado internacional ni creer que en 1956 los marroquíes aterrizaron de Marte. Además, ese argumento conduce a un laberinto del que luego es difícil salir. Ciudad de México fue española tres siglos, más tiempo del que lleva siendo mexicana. Bosnia estuvo bajo dominio otomano durante siglos. Si empezamos a repartir soberanías según quién llegó primero, la historia se convertirá en una finca rústica con demasiados propietarios.

La cuestión importante no es quién puede exhibir el mejor argumento cronológico, sino quién tiene una política de Estado. Y ahí la diferencia resulta abismal. España necesita saber qué quiere de Marruecos y qué está dispuesta a pagar por conseguirlo

Marruecos sabe lo que quiere. El Sáhara es una política nacional que sobrevive a gobiernos y generaciones. La aproximación a Washington, la relación con Israel, el control de las rutas migratorias, la expansión económica hacia África y la presión sobre Ceuta y Melilla forman parte de una estrategia reconocible. Puede discutirse su legitimidad. Lo difícil es discutir su coherencia.

España, en cambio, practica una modalidad menos conocida de la diplomacia: la improvisación pomposa. Un día habla de firmeza, otro de amistad estratégica y al siguiente descubre alguna nueva razón para no molestar a Rabat. Marruecos mueve sus piezas pensando en la siguiente década; España suele mover las suyas para resolver el problema de la semana.

La diferencia entre ambas políticas no es ideológica. Es estructural. Hay además una razón, bastante más incómoda, para comprender la cautela española –y europea, no hay que olvidarlo–. No hace falta admirar la monarquía alauí para reconocer que su desaparición no garantiza una democracia liberal al otro lado del Estrecho. Basta mirar a Irak, Siria, Libia o la experiencia argelina. Ya Kissinger advertía del peligro de que esos estados se desintegrasen en unidades tribales, sectarias o confesionales y allí donde desaparece el Estado, rara vez aparece Suiza. Por eso Marruecos dispone de un argumento que España no puede permitirse ignorar: es, con todos sus defectos, un Estado. Y un Estado sólido en esa parte del mundo tiene un valor geopolítico al que Europa no puede renunciar.

Lo razonable, pues, no es una política de hostilidad hacia Rabat, que sería además poco realista, ni ese apaciguamiento permanente que acaba confundiendo la prudencia con el miedo. España necesita algo bastante más difícil: saber qué quiere de Marruecos y qué está dispuesta a pagar por conseguirlo. Marruecos lleva décadas jugando su partida mientras España sigue discutiendo las reglas de la anterior. En política exterior no pierde necesariamente quien tiene menos piezas. Pierde quien no sabe a qué demonios está jugando.

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