Estoy cien por cien de acuerdo con el artículo que firmó ayer Lola García en esta misma sección, y creo que no debería haberse suspendido el homenaje a los jugadores del Barça que ganaron la Copa del Mundo con España, pero quiero detenerme en la reacción natural de muchos simpatizantes culés que mostraron su apoyo a la estelada y su indignación por la actuación policial.
Lo del jueves fue una demostración palmaria, para la que quiera verla, que el independentismo catalán puede estar en crisis, desconcertado y desmoralizado, pero no está muerto. Una cosa es que el proceso haya sido un fracaso para sus partidarios y, sobre todo para Catalunya en su conjunto, y otra cosa es que el sentimiento identitario de miles de catalanes se haya diluido por arte de magia. Por el contrario, está bien latente. Sólo hace falta que alguna chispa pueda volver a encenderlo. El caso que afecta al joven simpatizante barcelonista tendrá el recorrido judicial que toque y esta polémica no tiene el aire de eternizarse, salvo que quiera impedirse de nuevo la libertad de expresión de cualquier ciudadano a la hora de exhibir sus banderas.
La protesta del Camp Nou es, sin embargo, todo un síntoma de lo que puede suceder en un futuro en Catalunya si desde los poderes públicos no se actúa con inteligencia y habilidad para no generar mayores conflictos. El proceso de normalización en el que Catalunya está inmersa en los últimos años es, posiblemente, uno de los mejores aciertos de los discutidos gobiernos de Pedro Sánchez. Lo que ha costado tanto rehacer, se puede romper con suma facilidad. Jordi Juan Raja, en la Vanguardia.
Sin embargo, hay que recordar que el conflicto de las esteladas no se explica solo por la gestión simbólica del Barça o del Nou Camp. Antes de la intervención del gobierno Rajoy –con las famosas “cajas azules”, la judicialización del debate y una política sistemática de confrontación con Catalunya– el apoyo a la independencia era de un modesto 12% . Su actuación, en lugar de apaciguar nada, actuó como un acelerante: en pocos años, el independentismo escaló hasta cerca del 48% , según las encuestas del CEO. No fue un crecimiento espontáneo, sino una reacción directa a una nefasta gestión del conflicto , que convirtió un malestar minoritario en un movimiento de dimensiones históricas. Ignorar este contexto es no entender nada de lo que ha ocurrido en Catalunya en la última década.

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