LO QUE NO MIDE EL PROGRESO


 Esta mañana hemos tenido que dormir a Bilma. Me acompañaban mi hijo y su mujer. Los tres sabíamos que había llegado el momento y tuvimos la fortuna de encontrarnos con una veterinaria extraordinaria, explica el cirujano Antonio de Lacy en la vanguardia. Nos explicó con serenidad lo que iba a ocurrir y, cuando llegó el momento, me dijo simplemente: «Cógela en tus brazos». Primero la sedó, esperó a que estuviera tranquila y solo después la durmió definitivamente. Todo ocurrió sin prisas, con una delicadeza que me impresionó.

Soy médico y llevo prácticamente toda mi vida entre hospitales, pacientes y quirófanos. Estoy acostumbrado a valorar la competencia, la precisión y los resultados. Aquella mujer tenía todo eso, pero me recordó algo que no siempre sabemos medir: no basta con hacer correctamente las cosas; importa también la manera de hacerlas. Bilma había formado parte de nuestra familia durante muchos años. Quienes conviven con un perro conocen bien algo difícil de explicar. A nuestros perros les da exactamente igual quiénes somos, cuánto dinero tenemos, qué posición ocupamos o si hemos triunfado o fracasado. Podemos marcharnos una semana y, cuando regresamos, recibirnos como si nuestra vuelta fuera el acontecimiento más importante del mundo; podemos habernos ido apenas media hora y la alegría es prácticamente la misma.

Hay algo excepcional en un afecto que no calcula, no compite y no espera recompensa. No pretendo idealizar a los animales, ni sugerir que las relaciones humanas puedan ser tan sencillas. Solo que, a veces, observarlos nos obliga a preguntarnos por nosotros mismos.

Hemos convertido demasiadas cosas en una competición: tener más, llegar antes, alcanzar una posición mejor, demostrar que tenemos razón. Incluso nos cuesta discrepar sin convertir la diferencia en enfrentamiento. No creo que hayamos perdido los valores ni siento nostalgia por un tiempo pasado supuestamente mejor. Quizá hemos dejado demasiado poco espacio para cosas cuyo valor no se mide en dinero, poder, reconocimiento o victorias.

Y nunca habíamos dispuesto de tantas herramientas para avanzar. Soy un apasionado de la innovación y estoy convencido de que la inteligencia artificial protagonizará una de las grandes transformaciones de nuestro tiempo. En medicina tendremos algoritmos mejores, robots más precisos, diagnósticos más certeros y tratamientos que hoy apenas podemos imaginar. Pero cuanto más capaces sean nuestras máquinas, más importante será preguntarnos qué esperamos de las personas.

La tecnología puede ayudarnos a hacer mejor muchas cosas, pero no puede decidir por nosotros cómo queremos hacerlas. Y eso me devuelve a aquella veterinaria. Podía haber realizado exactamente el mismo procedimiento de manera técnicamente impecable y nuestra experiencia habría sido completamente distinta. Su excelencia no estuvo solo en lo que hizo, sino en entender lo que estaba ocurriendo.

Tenía delante un animal al que debía evitar sufrimiento y tres personas despidiéndose de alguien que había formado parte de su familia. Entender ambas cosas y actuar en consecuencia probablemente no figure en ningún indicador de productividad ni en ninguna estadística de resultados. Sin embargo, también ahí se mide la excelencia de un profesional.

Quienes trabajamos en medicina deberíamos recordarlo. Podemos disponer del mejor robot quirúrgico, del algoritmo diagnóstico más sofisticado o del tratamiento más personalizado, pero al otro lado sigue habiendo una persona que puede tener miedo, sufrir o necesitar sentir que quien la atiende entiende lo que está viviendo. Nuestra capacidad tecnológica para curar no debería crecer a costa de nuestra capacidad para cuidar.

Y esto no pertenece solo a la medicina. Una sociedad tampoco debería medir su progreso únicamente por aquello que es capaz de producir, acumular o inventar. Importa también cómo trata a quien depende de ella, cómo acompaña a quien sufre, cómo convive con quien piensa diferente y cuánto espacio conserva para aquello que no proporciona un beneficio inmediato.

Esta mañana salí de aquella consulta triste, naturalmente, pero también agradecido. Durante años, a Bilma le dio igual que hubiéramos estado fuera una semana o media hora: volver a vernos siempre era motivo de una alegría inmensa. Y en sus últimos minutos una excelente profesional me recordó que la humanidad no es algo que se añade a la competencia profesional: forma parte de ella.

Vamos a tener máquinas cada vez más inteligentes, precisas y capaces, y debemos celebrarlo. Pero ninguna máquina decidirá por nosotros qué clase de personas queremos ser.

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