Nunca estamos infinitamente lejos de aquellos que odiamos. Por la misma razón pues, podríamos creer que nunca estaremos absolutamente cerca de aquellos que amamos. Pensé en el párrafo inicial de la Piel fría a los diez minutos de haber llegado a La Habana, cuando la estupefacción se mezclaba con la ira y el desencanto, con una rabia punzante que se transformó en tristeza y la constatación de que la Revolución Cubana al igual que la de los Soviets había consistido en una enorme estafa.
Si el síndrome de Stendhal está asociado a la belleza, el síndrome de La Habana deberíamos asociarlo a la destrucción, pero también a la esperanza. Este poema es el fruto del impacto emocional que para el poeta representó el contacto directo con ciudad de La Habana las siete horas que estuvo en la ciudad un día de un mes de septiembre de 2005.

LA HABANA
 
Restos de una hermosa dama 
mal envejecida, conforman 
las dos Habanas, la nueva y la vieja, 
de calles angostas y largas 
paredes desconchadas 
y edificios derruidos o casi, 
que no se repararán jamás..

La vida en la calle, las puertas 
y ventanas de las estancias, 
abiertas de par en par, 
emanan olor a ron y especias, 
y la música que lo invade todo, 
a los sones del merengue, la guaracha, 
la guajira, o el cha-cha-cha 
Una mami viejecita sonríe desde un rejón, 
es una sonrisa triste, 
de quien ya no espera nada, pero sonríe, 
con los surcos de su cara 

Y las dos Habanas sobreviven
siendo tantas sus carencias 
que hasta carecen de nada 
Y la gente canta y baila 
y sonríe por la calle, 
los niños todos uniformados 
van y vienen de la escuela. 
El sol, cómplice con los desheredados
alumbra y les calienta. 
Hay una plaza llena de luz
y de libros olvidados 
y la Catedral y el Capitolio 
y museos, muchos museos. 

Un viejo Buick del 59 ha reventado
un neumático desgastado, y allí 
en medio del paseo del Prado 
vanamente intentan repararlo.
Mientras en el malecón, 
una mulata pasea cadenciosa, 
sus caderas cimbrean sinuosas 
despertando más de un suspiro 
entre los chavales que están pescando. 
Son las dos de la tarde y el custodio 
del monumento al general Máximo Díaz, 
espera su comida. Liovis platica con él, 
mientras intenta cazar algún turista, 
un rastafari sentado en la acera
 dibuja barrocas formas en una gruesa libreta

Y La Habana sigue ahí, 
dejando pasar el tiempo 
al son de una guajira de las de Joseito, 
                              -el de Guantanamera-. 
Y a pesar de todo y de todos, 
la ciudad se siente viva. 
En palabras de su gran poeta

                       “Eternamente viva”.