El crítico Joan de Sagarra, leyendo 'Le Monde' - fotografia de Pedro Madueño/Propias

 Pensar, hoy, es como intentar hacer equilibrios sobre un taburete cojo mientras alguien te llama al oído que "debes ser crítico". El mundo está lleno de gente que quiere que pienses… pero que pienses exactamente lo que piensan ellos. Una suerte de franquicia mental: tú pones la cabeza, ellos ponen el manual de uso.

Informarse es un safari. Cada diario es una trampa: unos te quieren asustar, otros te quieren evangelizar, y algunos directamente quieren que dejes de pensar para no molestarles. Y tú, intentando no terminar convertido en un animal disecado de su narrativa.

El “pensamiento crítico” es la nueva colonia barata: todo el mundo se la pone, nadie sabe lo que lleva dentro, pero huele a “yo también soy intelectual”. Lo que hace falta, a menudo, es pensamiento lento, de aquel que no necesita postureo ni frases de camiseta. Y aquí aparece el cetme, el viejo amigo de la mili. Aquel fusil tenía una personalidad complicada: tú disparabas, y él decidía si quería encabritarse, si no que se lo pregunten a Leopoldo el de la bala, que es el mote que le pusieron al CIR14 al ser herido por un proyectil de estos. Las ideas son igual de traicioneras. Las lanzas con buena fe y, si no vigilas, vuelven como un rasgo mal apuntado que te deja retratado. Pensar mal es como disparar en ráfaga: mucho ruido, poco acierto y un riesgo altísimo de hacer el ridículo.

Mientras, el mundo estira el mantel de la realidad como si fuera una competición de fuerza bruta. Todos estiran a su lado, y la cristalería —la nuestra— acaba hecha añicos. Pero no es necesario sufrir por eso: siempre hay alguien dispuesto a explicarles que la culpa es vuestra por no haber pensado “correctamente”.

Por eso busco referentes que no necesitan hacerse los gurús, que no tienen un curso online sobre “cómo ser un genio en 48 horas”, que no convierten cada conversación en una homilía. Personas que han vivido, leído y dudado. Sin ellas, pensaría peor. Y no tengo intención de rebajar mi pensamiento a la categoría de “todo a cien ideológico”. Cuestan, pero de encontrar, son como faros para los hombres de tierra. Leo, escucho, contrasto, dudo. Y, sobre todo, evito que mi cerebro haga lo mismo que el cetme del CIR14 de Palma: encabritarse y disparar solo. Pero es difícil no herir a nadie. Pero rebajar el pensamiento para no incomodar a nadie sería una herida aún más profunda: la automutilación intelectual. Y de eso no pienso hacer bandera.