Juan José Tamayo, teólogo: “Jesús de Nazaret fue una persona vulnerable, frágil, para nada un héroe, más bien un fracasado”. El venerable profesor, en vísperas de cumplir 80 años, se confiesa en EL PAÍS sobre Dios, Jesús, las traiciones del cristianismo y política: “Ha surgido una nueva religión con cada vez más seguidores: el cristoneofascismo” - Juan José Tamayo, teólogo y filósofo, en su casa de Cadalso de los Vidrios. Pablo Monge.

Enero de 2006. El Nobel de Literatura José Saramago y el teólogo Juan José Tamayo salen juntos del Hotel Los Seises. A las nueve en punto pasan delante de la Giralda y empiezan a repicar las campanas.

–Tocan las campanas porque pasa un teólogo –murmuró Saramago.

–No –respondió Tamayo–, tocan las campanas porque un ateo confeso y convicto está a punto de convertirse al cristianismo.

–Ah, de eso nada. Ateo he nacido, ateo he vivido y ateo moriré, y lo podrás comprobar porque eres mucho más joven que yo.

Tamayo replicó con una definición de Dios: “Dios es el gran silencio del universo, y el ser humano el grito que da sentido a ese universo”. Saramago saltó como un resorte: “¡Esa definición es mía!”.

–Por eso la he citado. Y esa definición está más cerca de un místico que de un ateo. O quizá místicos y ateos tienen más relación de lo que parece. No se olvide de que el gran místico Maestro Eckhart define a Dios como “la Nada” y Juan de la Cruz dice que a Dios se le encuentra en el vacío y la desnudez.

“La conversación duró apenas dos minutos. Son testigos Pilar del Río y la pintora Sofía Gandarías”, concluye Juan José Tamayo (Amusco, Palencia, 79 años), una de las figuras más relevantes de la teología contemporánea en lengua española, autor de más de 50 libros —también articulista de medios como EL PAÍS— y de expediente académico abrumador, como abrumadoras han sido sus disputas con el Vaticano y la Iglesia española. “No es posible ser teólogo sin ser heterodoxo”, escribe a este periodista después de la entrevista. “Lo decía el filósofo de la esperanza alemán Ernst Bloch: ‘Lo mejor de las religiones es que crean herejes’ y antes Pablo de Tarso: ‘Conviene que haya disensiones para que resplandezca la verdad’.

El profesor vive en Cadalso de los Vidrios (Madrid) desde la pandemia, donde enfermó de gravedad. En los dos últimos años ha publicado dos ensayos, Cristianismo radical (Trotta) y Política y religión (Tirant).

Pregunta. Mal nombre “cadalso” para un teólogo en la lista negra.

Respuesta. Peor sería en el siglo XVI. Como heterodoxo, hubiera corrido peligro mi vida y posiblemente mi cuerpo hubiera servido para las llamas.

P. A las llamas metafóricas lo arrojaron en 2003.

R. Siempre he tenido la censura delante de mí: en 1976 el Tribunal de Orden Público condenó y secuestró mi libro Por una Iglesia del pueblo. Y en 2003 la Congregación para la Doctrina de la Fe que dirigía Ratzinger antes de ser Papa se cebó en mi libro Dios y Jesús. Es uno de los libros más espirituales y religiosos que he escrito, pero la sentencia ya estaba dictada previamente por unos artículos que publiqué en EL PAÍS con motivo de la canonización de Escrivá de Balaguer. Llevaron enseguida mi último libro a Roma y allí fue objeto de condena y censura severa. Yo presentaba la imagen de Jesús de Nazaret de otra manera: como un hombre libre que realizó prácticas de liberación. Por eso lo mataron, y la resurrección es el triunfo de la justicia. Esa es básicamente la síntesis del libro.

P. Jesús fue mucho más incómodo que el cristianismo que después se construyó alrededor de él.

R. Sin duda, porque el cristianismo de Jesús es un movimiento igualitario de hombres y mujeres, un discipulado en el que las mujeres tuvieron un importantísimo protagonismo. La ética de Jesús de Nazaret es una ética radical. Él es una persona vulnerable, frágil, para nada un héroe; es más bien un fracasado. Y el fracaso se muestra en el final de su vida. No fue procesado, fue condenado político y ejecutado como subversivo. Esta imagen de Jesús de Nazaret, que es el punto de partida o el origen del cristianismo, muy poco tiene que ver con el cristianismo posterior. Una de las claves fundamentales de la ética de Jesús es la opción por las personas más vulnerables, por los colectivos oprimidos.

P. Pero el Vaticano…

R. Durante los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI se produjeron numerosísimas condenas contra teólogas y teólogos que hicieron esta opción por los pobres y no he conocido en esos 33 años una sola condena contra teólogos que optaron por los ricos. También el estilo de vida de Jesús nada tiene que ver con el estilo de vida de nuestros jerarcas: una vida itinerante, una austeridad compartida, sin posesiones, sin seguridad, sin hogar. Podríamos decir que perteneció al colectivo de lo que hoy llamamos sinhogarismo. Y hay algo clave que no practica en este momento la jerarquía católica: la incompatibilidad que Jesús establece entre servir a Dios y al dinero.

P. Cumple 80 años el 7 de octubre. Su biografía académica, teológica y divulgativa es apabullante. ¿Por qué la teología?

R. El gran empeño de mi madre fue siempre que los hijos consiguieran una educación y se acercaran al mundo de la cultura al que ella no pudo acceder. En 1957 me mandó al seminario por eso. Estudié humanidades, filosofía y teología. La teología que estudié allí fue más bien escolástica. Pregunté al profesor de Teología el primer año: “¿Qué es un teólogo?”. Y me dijo: “Un teólogo es una persona muy sensata y sesuda que pasa toda una vida encerrado entre libros intentando dar respuestas precisas y exactísimas a preguntas que nadie se plantea”.

P. ¿Qué respondió?

R. Nada. Tenía 18 años y mi primer impulso fue coger el tren, ir a mi pueblo, a 20 kilómetros de Palencia, y subirme al tractor de mi padre para trabajar la tierra. Pero muy pronto me acerqué a la Teología de la Liberación, en la que estoy ahora ubicado. Allí me encontré con otra definición de teología que me agradaba más, la de Gustavo Gutiérrez: “La reflexión crítica sobre la praxis histórica a través de la fe”.

P. Y eso le cambia la vida.

R. Descubrí que en el principio del cristianismo no existían los dogmas, sino el mensaje de Jesús de Nazaret, la liberación de los pobres. Esa es la clave de mi orientación a la teología, que se convirtió en una teoría crítica de la religión y en una fuerza de lucha contra la injusticia.

Un profesor de Teología ne decía que se hubieran presentado 4.000 paparazis en el momento de la resurrección, la foto que hubiera salido totalmente borrosa”

P. Mire atrás, muy atrás: ¿cuál es la mayor traición histórica del cristianismo a Jesús?

R. La alianza entre el trono y el altar a partir del siglo IV: ahí se produce esa identificación entre el poder político y el poder religioso.

P. ¿Qué ocurrió?

R. Esa alianza constituye un falseamiento del conflicto que Jesús de Nazaret y los primeros seguidores y seguidoras tuvieron con el poder. De la liberación se pasa al dogma; de la presencia y protagonismo de las mujeres en el movimiento de Jesús y en los primeros siglos de la Iglesia se pasa a la discriminación de las mujeres y a su exclusión de los espacios de responsabilidad; y de la Iglesia como comunidad de iguales se pasa al clericalismo, un fenómeno en el cual los jerarcas, todos ellos varones, ejercen todos los poderes y desposeen a la comunidad cristiana de cualquier tarea activa y de cualquier responsabilidad en la marcha de la Iglesia.

P. No duda de la existencia de Jesús. ¿Tampoco de la resurrección?

R. De su existencia no hay dudas por las aportaciones y los testimonios de historiadores romanos y, por supuesto, de los Evangelios, que son testimonios de la relación con él. La resurrección, sin embargo, no es un hecho empíricamente verificable. Un profesor de Teología de mis primeros años de seminario decía: “Si se hubieran presentado 4.000 paparazis en el momento de la resurrección, la foto que hubiera aparecido estaría totalmente borrosa”. Porque no es la reanimación de un cadáver. No es la vuelta a la vida de la figura de Jesús de Nazaret cuando existió en Galilea, en Israel, sino la experiencia que viven algunos de los grupos que le acompañaron: que la vida ha triunfado sobre la muerte y que los verdugos no han triunfado sobre su víctima.

P. Cuando reivindica el carácter feminista o igualitario del movimiento de Jesús, hay un dato: tuvo 12 apóstoles y los 12 eran hombres. ¿Corremos a veces el riesgo de convertir a Jesús en feminista porque necesitamos que lo sea?

R. No, para nada. Jesús no fue feminista porque el feminismo y los movimientos de liberación de las mujeres son mucho más posteriores, arrancan hace tres siglos. Pero la vida de Jesús y su relación con las mujeres se corresponde con la propuesta de liberación de las mujeres que hace el feminismo. Ahora mismo hay una reflexión muy potente dentro de la Iglesia católica que es la teología feminista. Y el cristianismo feminista tiene su base en la incorporación que hace Jesús de Nazaret de las mujeres a su movimiento en igualdad de condiciones con los varones. Una gran biblista y teóloga feminista alemana arraigada en Estados Unidos, Elisabeth Fiorenza, dice que las mujeres en el movimiento de Jesús tuvieron un protagonismo en la solidaridad desde abajo. En muchos relatos evangélicos se habla de los discípulos liderados por Pedro, Santiago y Juan y, al mismo tiempo, de mujeres que le acompañaban en el anuncio del Reino de Dios, le seguían y le apoyaban.

P. Esto choca con lo que hoy es la Iglesia católica.

R. Es una patriarquía donde el poder absoluto lo tienen los varones con las mujeres sometidas. Son excluidas de los ministerios sacerdotales, de los espacios donde se toman las grandes decisiones y del acceso directo a lo sagrado: para acceder a lo sagrado y a Dios necesitan la mediación de los varones. En el cristianismo originario no fue así. Las comunidades que crea Pablo de Tarso en la cuenca mediterránea son comunidades que en muchos casos tenían un liderazgo femenino.

P. Si el cristianismo debe combatir el capitalismo, el patriarcado, el racismo o la desigualdad, ¿cuándo deja de ser una religión y pasa a ser un programa político?

R. Lo que más me preocupa es que ha surgido una nueva religión con cada vez más seguidores: el cristoneofascismo. Es la alianza y la complicidad entre la extrema derecha y parte de la derecha política, social y cultural, y los movimientos cristianos fundamentalistas dentro de la Iglesia evangélica protestante y los movimientos integristas dentro de la Iglesia católica.

La figura física del diablo no existe, pero sí sus representaciones. Por ejemplo, en Netanyahu y en Trump, que hacen una interpretación belicista, antiinmigrante y antisolidaria de los textos de la Biblia hebrea y de la Biblia cristiana

P. ¿Usted se ha indignado alguna vez con Dios?

R. Sí. Pero la indignación con Dios no tiene su origen en mi actitud, sino en Jesús de Nazaret. La relación que Jesús tiene con Dios es de padre y madre. La palabra que utiliza para relacionarse con Dios es Abba, una palabra aramea que significa padre y madre. Es una relación de confianza, familiaridad y cariño. Experimenta a Dios como una persona de quien podía fiarse plenamente. Él era el centro, el horizonte de su proyecto liberador y quien daba sentido a la vida. No era el Dios lejano sino el Dios de la esperanza, el Dios abogado de los pobres, el Dios compasivo, y nada había que le separara de él. ¿Qué pasa en los momentos cruciales del final de la vida de Jesús? Que, llegado el momento de la prueba y la persecución en Getsemaní, siente verdadero pavor, angustia y una profunda tristeza. Y entonces se dirige a Dios con la misma confianza pero en una actitud de súplica y de indignación: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, tomando las palabras de un salmo de la Biblia hebrea. Jesús le pide cuentas a Dios por haberle abandonado.

P. Duro.

R. Hay una crisis de fe y de esperanza de Jesús. Un momento en el que toca fondo y en el que, como dice el gran teólogo alemán Jürgen Moltmann, sintió desesperación. Esa es la gran paradoja que vive Jesús de Nazaret en los momentos finales: después de una relación tan estrecha y directa con Dios, que le dio la fuerza para proponer una nueva religión liberada de la ortodoxia judía, Dios le deja en total soledad.

P. Y se enfada.

R. Con todos. Con las autoridades religiosas, económicas y políticas; incluso con sus discípulos, que no acaban de entender cuál es su proyecto de liberación y cuál es su imagen del Reino de Dios, que no es la de un líder triunfante, sino la de una persona totalmente fracasada. La pregunta es: ¿dónde está Dios en medio de tantas catástrofes en las que quienes sufren son los pueblos, los sectores más marginados y empobrecidos? ¿Dónde está Dios? De ahí la crítica que hacemos a la omnipotencia de Dios. ¿Cómo puede Dios ser todopoderoso, omnipotente, omnisciente, omnipresente, y no actuar ante situaciones de destrucción de la naturaleza y de la vida de los sectores más empobrecidos y de las mayorías populares?

P. ¿Y dónde está?

R. Elie Wiesel estuvo en los campos de concentración de Auschwitz y también se preguntaba dónde estaba Dios. Cuenta una escena en la que están siendo crucificadas tres personas y alguien de la multitud pregunta: “¿Dónde está Dios?”. Y la respuesta es: “Dios está con las víctimas que están siendo crucificadas”. Esa es mi idea del pueblo crucificado, Jesús crucificado, el Dios crucificado, que es el que nos libera de nuestro estado confortable, de una actitud egoísta que nos impide ver el sufrimiento de los demás seres humanos.

P. Hábleme del diablo.

R. Su figura física no existe, pero sí tiene sus representaciones. Hoy está representado en los oligarcas, en los plutócratas y en los nuevos teólogos del neofascismo. Ahí está la diablura representada, por ejemplo, en Netanyahu y en Trump. Yo defino a Netanyahu y a Trump como los teólogos del neofascismo, que hacen una interpretación belicista, antiinmigrante y antisolidaria de los textos de la Biblia hebrea y de la Biblia cristiana. Ahí encuentro encarnado al diablo.

Manuel Jabois en el País