El creciente uso de la IA generativa para hacer textos intrascendentes está aplanando y uniformando la cultura y el conocimiento. Una mano robótica y una mano que escribe. Baona (Getty Images/iStockphoto) Javier Sampedro en el País.
El director del Instituto Cervantes, Luis García Montero, dice que no le preocupa que las máquinas se parezcan cada vez más a los humanos, sino que los humanos se parezcan cada vez más a las máquinas. Los robots existen para librar a las personas de las tareas más penosas, y los modelos grandes de lenguaje (LLM) como ChatGPT no son una excepción, porque escribir es un trabajo duro. Los que nos ganamos la vida juntando letras podemos utilizar los LLM para documentarnos, pero huimos como de la peste de usarlos para escribir. Entendemos que ese es nuestro trabajo, y que lo perderemos en el mismo instante en que lo deleguemos en ChatGPT.
El resto de la gente, sin embargo, no parece tener tantos remilgos. Alumnos y oficinistas, burócratas y solicitantes, doctorandos y chupatintas se han echado en brazos del maligno sin el menor complejo. Han aceptado la idea deprimente de que el robot escribe mejor que ellos y han abdicado de su obligación como seres humanos, que es formar su sentido crítico, pensar por sí mismos y producir unos textos originales, meditados, contextualizados, sintéticos, claros, amenos, dignos de la atención de un lector. Algún día habrá un robot que sepa hacer eso, aunque aún no estamos ahí ni por asomo.
Cuando nos ponemos a evaluar la aptitud de la inteligencia artificial (IA) solemos caer en un error persistente. Si la máquina juega al ajedrez, la comparamos con los grandes maestros del tablero. Si juega al go, la medimos contra los mejores practicantes de esa destreza oriental. Si al póker, contra el campeón del mundo en Las Vegas. Si a la ciencia, contra la relatividad de Einstein. Si a la pintura, contra Picasso. Y, si se dedica a escribir, la medimos contra las grandes poetas y los mejores novelistas de la literatura planetaria. Todo eso está muy bien, sobre todo como espectáculo de circo, pero tiene muy poco que ver con los retos actuales que nos plantea la IA. La inmensa mayoría de nosotros perderíamos al póker jugando contra una cafetera, y haríamos el ridículo si intentáramos dibujar no ya un picasso, sino un simple croquis de nuestra casa, en el improbable supuesto de que tengamos una.
Entonces, ¿qué deberíamos temer que escribieran las máquinas? ¿Hamlet? ¿Las Memorias de Adriano? ¿La señora Dalloway? No. Lo que deberíamos temer es que resumieran una reunión soporífera del consejo de administración, que compilaran las actas de un congreso que no pasará a la historia por su agudeza conceptual, ni por ninguna otra razón, que redactaran el manual de instrucciones de una videoconsola de baratillo. Y eso es justo lo que hacen. El que nos va a quitar el trabajo no es el robot Cervantes. Es el robot oficinista.
La gente está usando los LLM para escribir todo tipo de documentos, y el resultado es que todos los textos parecen escritos por la misma persona. Tal y como temía García Montero, no es que las máquinas se parezcan cada vez más a las personas, sino que las personas se parecen cada vez más a las máquinas. Un sector donde esta tendencia está alcanzando el paroxismo es el de los papers, o artículos científicos revisados por pares, que son los textos donde los investigadores informan de sus descubrimientos a los colegas, y en una forma que permita reproducir los experimentos a los demás científicos. Uno de ellos, el ingeniero computacional Zhivar Sourati, de la Universidad del Sur de California en Los Ángeles, cree que la utilización masiva de los LLM para generar texto está causando que la escritura humana se haga cada vez más homogénea y que, por tanto, la cultura y la cognición se estén uniformando, aplanando, adocenando. Ese es el verdadero Terminator del que debemos protegernos ahora mismo, y no en un futuro borroso que, sinceramente, no sabe predecir ni ChatGPT.

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