El pasado 4 de septiembre de 2026, se cumplieron cien años del nacimiento de Iván Illich. A muchos lectores no les dirá nada este nombre. A otros, los más leídos, les evocará al personaje que da título a una célebre novela corta de Lev Tolstói: La muerte de Ivan Illich. Pero no, claro que no. Sólo entre los lectores de más edad, boomers y aún más jurásicos, habrá unos cuantos a los que les suene el ruido que, allá por los setenta y ochenta, armó con sus polémicos panfletos y ensayos Iván Illich –con acento en la a de Iván–, historiador, teólogo, sociólogo y antropólogo cultural, además de apasionado polemista. Verdadera estrella en el escenario intelectual de aquellos años, Illich viajaba por el mundo impartiendo conferencias, cursos y seminarios; acudía a conversar y a asesorar a personalidades como Indira Gandhi, Pierre Trudeau y Georges Pompidou, y mientras sus libros se traducían a multitud de lenguas, algunas de las más prestigiosas cabeceras de la prensa europea y americana competían por publicar sus artículos.
El pensamiento crítico de Illich –agitador y activista inclasificable– ha quedado para muchos asociado a cierta contracultura de los sesenta, mientras que por su díscola condición de sacerdote se lo vincula, no sin razones, a la Teología de la Liberación (fue buen amigo y cómplice de Helder Cámara). Sembrador incansable de análisis y propuestas de resistencia y de confrontación a los efectos devastadores del desarrollismo, en aquellos tiempos de Guerra Fría sus críticas se dirigieron a las políticas económicas y sociales de los dos bloques, razón por la que fue frecuentemente tachado de anarquista, lo cual no suponía ningún insulto para él. Pero la etiqueta que mejor le cuadra es, sin duda, la que le atribuyera Erich Fromm en el prólogo que escribió para uno de sus libros: la de “humanista radical”. Esa radicalidad fue la que lo movió a atacar algunos intocables pilares de la ideología del progreso, como la escolarización obligatoria y el moderno sistema de la sanidad pública, lo que le valió una reputación de provocador que tuvo por efecto que demasiado a menudo se le leyera de manera superficial y sumarísima. Por lo demás, la estrella de Illich se fue apagando lentamente a partir de los años noventa, en buena medida por el giro que él mismo impuso tanto a su vida personal como a sus intereses, desmarcándose voluntariamente de los focos a los que lo exponía su popularidad.
Las amenazas y las problemáticas que denunció no han cesado de crecer desde su muerte, en el año 2002, ni han perdido validez las propuestas con que hacerles frente
Es de esperar que al hilo de su centenario proliferen homenajes, recordatorios y, sobre todo, nuevas publicaciones (ya hay varias disponibles, y otras en camino) que reaviven el importante, casi urgente legado de Illich, cuyo pensamiento, lejos de perder actualidad, no ha hecho más que ganarla, dado que las amenazas y las problemáticas que denunció no han cesado de crecer desde su muerte, en el año 2002, ni han perdido validez las propuestas con que hacerles frente. Este artículo pretende ser el pórtico a una serie dedicada a glosar divulgativamente algunas de sus principales ideas y tesis de trabajo, para lo cual no está de más recordar previamente, a grandes rasgos, su trayectoria vital, que se esboza a continuación echando mano de las abundantes aproximaciones biográficas a su figura consultables tanto en la red como en diferentes prólogos a antologías y ediciones de sus obras.
Vida de Iván Illich - Hijo de un padre de origen dálmata, ingeniero civil, y de una madre de origen judío convertida al catolicismo, Iván Illich nació en Viena. Sus padres viajaron allí desde la isla croata de Brač para enfrentar las dificultades de un parto que se pronosticaba difícil. Los médicos no eran optimistas sobre las perspectivas de vida del recién nacido, pero Iván sobrevivió. Su primera infancia transcurrió entre continuos desplazamientos de Brač, donde vivía su abuelo paterno, a Viena, donde vivía su abuelo materno. En esta ciudad hizo Iván sus primeros estudios. Cuando sus padres se separaron, su madre se reunió en Viena con él y con sus dos hermanos mellizos, nacidos más tarde. Poco después, murió el padre. Los violentos sentimientos antisemitas alentados por el nazismo forzaron a la familia a huir rumbo a Italia, y se instalaron en Florencia. Allí, terminada su etapa de escolarización, Illich hubo de ponerse a trabajar para contribuir a la manutención del hogar, lo que no le impidió emprender estudios de histología y cristalografía, en los que se graduó. Entretanto, quiso hacerse sacerdote. Cursó estudios avanzados de Filosofía y Teología en la Universidad Gregoriana del Vaticano, y de Historia en la Universidad de Salzburgo, donde se doctoró con una tesis sobre el historiador británico Arnold Toynbee.
Apuesto, carismático y brillante, dueño de grandes capacidades intelectuales, Illich tenía una memoria prodigiosa y una extraordinaria facilidad para el aprendizaje de lenguas (llegó a dominar cerca de una docena). No es de extrañar, pues, que, una vez ordenado sacerdote, la curia romana quisiera destinarlo a la diplomacia vaticana. Pero Illich no quería integrarse a la burocracia papal e, invitado por la Universidad de Princeton, optó por trasladarse a Estados Unidos para hacer una tesis postdoctoral, nada menos que “sobre alquimia, acerca del trabajo de Alberto el Grande”, fraile dominico del siglo XIII.
Apenas llegado a Nueva York, en 1951, se enteró de las duras condiciones de los inmigrantes puertorriqueños y solicitó ocuparse de una parroquia del barrio de Upper West en que éstos se concentraban. Allí, Illich hubo de encarar la hostilidad de las colonias más antiguas de inmigrantes italianos, irlandeses y judíos, que hostigaban a los puertorriqueños. Illich luchó intensamente por que se diese a éstos un trato humano y se los acogiera debidamente, ganándose con ello el respeto y la veneración de toda la comunidad.
Años después, en 1956, fue destinado al mismo Puerto Rico como vicerrector de la Universidad Católica de Santa María en Ponce. Su principal tarea allí consistía en enseñar castellano a religiosos de Estados Unidos y Canadá, con vistas a la labor pastoral que éstos debían desempeñar en las colonias de inmigrantes hispanos de sus respectivos países. Dado que su puesto en la universidad lo vinculaba a la junta que gobernaba el sistema escolar de la isla, Illich tuvo ocasión de observar los efectos a menudo contraproducentes de las políticas de escolarización obligatoria. Las intensas conversaciones que mantuvo entonces con el teórico de la educación Everett W. Reimer, defensor de la desescolarización, también destinado a Puerto Rico, agudizaron la perspectiva crítica de Illich sobre la institución escolar. Al mismo tiempo, tuvo oportunidad de observar el cuestionable papel que en ello desempeñaba la Iglesia.
En 1960 tuvo lugar su primer roce con la jerarquía eclesiástica. El obispo de Ponce amenazó de excomunión a los católicos portorriqueños que votasen a la candidatura demócrata, partidaria de una política de control de la natalidad que, entre otras cosas, autorizaba la venta de condones. Illich se opuso abiertamente a las amenazas y por este motivo fue “alejado” de la isla.
De regreso en Nueva York después de un rápido periplo por diferentes países de Latinoamérica, entre ellos Chile, Venezuela y Brasil –donde amistó con Helder Cámara, figura central de la Teología de la Liberación–, Illich fundó en la Universidad Fordham el Centro de Formación Intercultural (CIF). El propósito del CIF era capacitar a los misioneros norteamericanos no sólo para hablar español, sino sobre todo para entender y respetar las culturas de los países latinoamericanos desde una perspectiva no colonialista.
En 1961 Illich decidió trasladar el centro de operaciones del CIF a Cuernavaca, México, donde profundizó su compromiso con las culturas aborígenes en trance de ser arrasadas. Una vez allí, el CIF fue cobrando autonomía respecto a la Universidad Fordham y terminaría por transmutarse en el Centro Intercultural de Documentación (CIDOC), al que la figura y la memoria de Illich permanece estrechamente asociada.
El mismo año de su desembarco en Cuernavaca, el papa Juan XXIII hizo un llamamiento para que los obispos norteamericanos enviaran al menos el 10% de sus monjas y sacerdotes como misioneros para ayudar a modernizar la Iglesia latinoamericana, Illich vio en ello una peligrosa alianza de la Iglesia católica con la expansión del imperialismo norteamericano y sus ideales desarrollistas. Estos acababan de ser proclamados a bombo y platillo por la flamante Administración Kennedy, que impulsó la llamada Alianza para el Progreso (ALPRO), un programa de ayuda económica, política y social que contemplaba una inversión de 20.000 millones de dólares en Latinoamérica en el transcurso de diez años. Pese a que no pocos de los objetivos del programa (establecimiento de gobiernos democráticos, eliminación del analfabetismo entre los adultos, una más equitativa distribución del ingreso) tenían una inspiración netamente progresista, Illich receló de otros varios (reforma agraria, planificación económica y social) que conllevaban el desmantelamiento de las formas de vida vernácula. No tardó en referirse a la ALPRO como “alianza para el progreso de las clases medias”, sembrando entre sus alumnos, destinados a ser misioneros, serias dudas sobre las tareas que estaban llamados a realizar. Para entonces ya había arraigado en él una profunda y tenaz desconfianza hacia los beneficios del “progreso”, que no tardaría en concretarse en una sucesión de penetrantes y agresivos panfletos destinados a poner de manifiesto, con una profunda perspectiva histórica y gran altura de miras, las muy superiores destrucciones y perjuicios que el tan cacareado desarrollo comportaba.
Un editorial del periódico Gente, del Opus Dei, lo describía como “un personaje extraño, tortuoso, resbaladizo, que se arrastra con nacionalidades indefinibles”
Enfrentándose abiertamente tanto al establishment político como a la jerarquía eclesiástica, Illich no tardó en convertirse, para uno y otra, en un incordio. Los sectores más reaccionarios lo convirtieron en su bestia negra. Un editorial del periódico Gente, del Opus Dei, lo describía como “un personaje extraño, tortuoso, resbaladizo, que se arrastra con nacionalidades indefinibles”. En el ambiente de animosidad creciente contra él y el CIDOC, espoleado por sus resueltas denuncias de las torturas que se practicaban en diversos regímenes de países latinoamericanos, Illich llegó a ser amenazado de muerte y agredido físicamente en varias ocasiones.
En 1968 fue convocado en Roma para rendir cuentas frente a la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, nombre con el que en 1965 fue rebautizado el Santo Oficio. Haciendo uso de informaciones procuradas por la CIA, fue recibido allí como “un objeto de curiosidad, perplejidad y escándalo para la Iglesia”. Illich se negó a responder a ninguna pregunta y entregó sus razones por escrito al cardenal Seper, prefecto de la congregación, quien lo despidió con las palabras “Vete, vete y no vuelvas nunca”. Pocos meses después, el Vaticano publicó un interdicto en el que prohibía a cualquier sacerdote, religioso o religiosa acudir al CIDOC. Illich escribió entonces a su arzobispo, Tarence Cooke, de Nueva York, informándole de su “decisión irrevocable de renunciar completamente al servicio de la Iglesia, suspender el ejercicio de las funciones sacerdotales y prescindir de todos los títulos, cargos, beneficios y privilegios que me corresponden como clérigo”.
Entretanto, a lo largo de la década de los sesenta, el CIDOC, considerado por muchos una especie de “universidad informal”, se había ido convirtiendo en una institución altamente controvertida en cuyo marco tenían lugar intensas discusiones respecto a Latinoamérica y el desarrollo. Por sus pasillos desfilaron, en diferentes momentos (cito la entrada dedicada a Iván Illich en el Diccionario Biográfico de las Izquierdas Latinoamericanas, del CeDInCi, Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas), “personajes vinculados a la Teología de la Liberación como Sergio Méndez Arceo, Gustavo Gutiérrez y Hélder Cámara; también personas vinculadas a movimientos campesinos y revolucionarios, como Camilo Torres y Francisco Julião; intelectuales como Erich Fromm, Susan Sontag, Octavio Paz y André Gorz; pensadores críticos de la educación como Paulo Freire, Paul Goodman, John Holt y el ya mencionado Everett Reimer. Muchos de ellos y ellas ofrecieron seminarios o participaron de los seminarios. En los últimos años del centro, Silvia Marcos (antropóloga feminista mexicana) impartió seminarios pioneros sobre la cuestión de las mujeres en México y América Latina”.
Para dar cauce a su importante producción crítica, el CIDOC creó una editorial propia, autogestionada, con capacidad para publicar impresos, cuadernos y libros con una sorprendente celeridad. En los Cuadernos de CIDOC publicó Illich sus primeros “panfletos”, originalmente en español. A través de ellos, sus polémicas posiciones se dieron a conocer ampliamente en toda Latinoamérica y enseguida en buena parte del mundo. En los primeros años setenta vieron la luz La sociedad desescolarizada (1970), La convivencialidad (1973), Energía y equidad (1974) y Némesis médica (1976), todos ellos objeto, cuando su aparición y por mucho tiempo después, de vivos debates en los que Illich fue violentamente cuestionado tanto por los sectores conservadores y liberales como por la izquierda comunista.
Sus trabajos tuvieron casi siempre un desarrollo coral. Solían ser resultado de seminarios, debates y discusiones
Conviene tener presente que los trabajos de Illich tuvieron casi siempre, sobre todo en la etapa del CIDOC, un desarrollo coral. Solían ser resultado de seminarios, debates, discusiones que primero se concretaban en artículos y más adelante, convenientemente reorganizados y ampliados, daban lugar a los correspondientes panfletos y ensayos, que tenían siempre una vocación tentativa, provocadora en el mejor sentido. Como escribiera Gabriel Zaid: “La extraordinaria perspicacia de Illich, y su función como líder intelectual, fue saber hacia dónde había que mirar. Sus exageraciones irritantes y hasta sus contradicciones servían para eso: para centrar la atención en lo que estaba perdido de vista. Tenía algo socrático, y, como Sócrates, sorprendía por su originalidad deslumbrante y su entusiasmo negativo: una especie de oxímoron vital”.
Una característica muy notable de la personalidad y de la trayectoria de Illich fue su portentoso don para la amistad y su casi increíble capacidad de crear, allí adonde fuera, equipos y redes de colaboradores capaces de reflexionar y trabajar conjuntamente en las cuestiones que le importaban. Antes que el aula, prefería la conversación alrededor de una mesa, de ser posible con algo de comida y un poco de vino, y una biblioteca cerca.
El 1976, con el consenso de todo el equipo directivo, Illich decidió dar por concluida la aventura del CIDOC. Temía la progresiva institucionalización del centro, y pensaba que éste había cumplido ya su tarea. Él mismo nunca dejó de mantener su domicilio en Cuernavaca, pero en los años siguientes –convertido, según él mismo, en un “filósofo itinerante”– desplegó buena parte de su actividad en distintas ciudades de Europa y Estados Unidos, donde impartía cursos.
A finales de la década de los setenta realizó varios viajes al Sudeste asiático y a la India, con el objetivo de alejarse de la sociedad occidental y obtener una perspectiva foránea desde la cual analizar y comprenderla mejor. Se proponía sumergirse en una lengua y una cultura tan distantes de las de Occidente que lo forzara a escribir con herramientas y desde concepciones radicalmente ajenas. El proyecto fracasó (“descubrí que escribir sobre ideas occidentales en muchas de las lenguas de la India moderna, o incluso en una lengua antigua, carecía de sentido, porque los campos semánticos de las lenguas indias ya estaban profundamente anglicizados”), pero le permitió conocer de cerca nuevas modalidades de vida comunitaria, así como profundizar en las ideas de J.C. Kumarappa, economista indio que fue asesor de Gandhi, autor de un libro especialmente admirado por Illich: Economía de la permanencia (1945).
“Volví, humilde y felizmente, a mi propio latín”, declaraba con resignación Illich en una de sus intensas conversaciones con David Cayley (la mejor aproximación posible al Illich más tardío, maduro y reflexivo). “En mis estudios, durante casi diez años, mantuve todos mis apuntes en latín: latín de cocina, latín medieval.” Profundizando en los análisis de sus trabajos anteriores, se propuso entonces acometer “una arqueología de las certezas modernas”, enfrentándolas a lo que él mismo llamaba “el espejo del pasado”, poniendo al descubierto sus raíces, que muchas veces remontan hasta el siglo XII. Illich estudia la historia del cuerpo (lo hace con su estrecha colaboradora la socióloga Barbara Duden) y reflexiona sobre “la historicidad de la materia”; aborda cuestiones como la amistad, la comunidad, el hogar, la hospitalidad, la bioética, la mentalidad alfabética, la lengua, el silencio, la memoria, los sentidos, las herramientas y su progresivo dominio sobre quien las utiliza. En esta nueva etapa publica los dos últimos libros que obtuvieron todavía una importante resonancia internacional: El trabajo fantasma (1981) y El género vernáculo (1982). A ellos siguieron La escuela al museo (1984), ABC. La alfabetización de la mente popular (escrito con Barry Sanders, 1988), H2O y las aguas del olvido (1989), En el espejo del pasado (1990), En el viñedo del texto (1993) y La pérdida de los sentidos (2002).
La riqueza de direcciones en que todos ellos discurren, y la naturaleza miscelánea de no pocos, puede dar la falsa impresión de que son poco más que un “brillante batiburrillo”. Un efecto que intensifica la contagiosa fruición con que Illich compartía los constantes y a menudo sorprendentes descubrimientos de toda índole que iba haciendo durante la preparación de lo que, como observa Cayley, “más que expresiones de una posición definitiva o de un esquema prefigurado”, eran “obras en curso”, abiertas a la discusión y a eventuales rectificaciones. No de extrañar, así, que su impacto fuera difuminándose y que muchos de los viejos seguidores de Illich terminaran por perderle la pista.
Cada nuevo libro de Illich –eterno diletante, incansable explorador de puntos de vista alternativos desde los que iluminar las materias que aborda– abre uno o varios campos de discusión sobre el mito del desarrollo y de lo que él llamaba “la contraproductividad”, las nefastas consecuencias que aquél ha supuesto para la subsistencia de los seres humanos, para la continuidad de su vida sobre la Tierra. Con cada nuevo libro desestabiliza los presupuestos consolidados en el campo que interviene (en los últimos tiempos, el impacto de la informática y la nueva era de los sistemas), suscitando reacciones encontradas –cuando no directamente airadas– entre sus especialistas respectivos, ya se cuenten éstos entre los economistas, las feministas o los ecologistas. “Derrumbar certidumbres, avivar percepciones”, era una de sus consignas.
A comienzos de 1980 le diagnosticaron un cáncer de parótida en el lado derecho del rostro, que poco a poco iría deformando su mejilla. Consecuente con sus tesis sobre la institución médica, Iván Illich se negó a las operaciones y radiaciones propuestas en un primer momento, y optó por técnicas terapéuticas de meditación, yoga y un ocasional consumo de opio, a modo de analgésico que le permitieran controlar el dolor cuando éste se volvía demasiado intenso. En una fase inicial de diagnóstico le dieron una esperanza de vida de apenas algunos meses, pero llegó a sobrevivir casi veinte años más, en los que no cesó de trabajar con entusiasmo y denuedo, cada vez más en pequeños y muy activos círculos de amigos, discípulos y colegas.
A su muerte, el 2 de diciembre de 2002, las leyendas y los malentendidos en torno a su figura nutrieron muchos de los obituarios con que fue dada la noticia. De nuevo fue David Cayley quien acertó, años después, a sentenciar lo que el mundo había perdido: “no sólo un brillante intelectual sino también un fabuloso rumor”. Ignacio Echevarría en ctxt.es

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