La mujer de 87 años fue sacada en camilla, como una víctima de guerra, pero cada día se ejecutan desahucios en barrios menos fotogénicos sin que se nos mueva una ceja.
Luz Sánchez-Mellado, en el País. La foto es de Álvaro García. 

Ayer, 23 de septiembre de 2026, 50 policías antidisturbios arrancaron a Maricarmen Abascal, de 87 años, de la casa del acomodado distrito madrileño de Retiro en la que llevaba viviendo casi toda su vida. Cumplían la orden de desahucio lograda por la nueva propiedad del inmueble, que pretendía subirle el alquiler de 500 a 2.650 euros mensuales. Para lograrlo, habían sacado antes a porrazos y ráfagas de gas lacrimógeno a los cientos de personas, algunas muy notorias, que habían acudido al alzamiento para intentar evitarlo. Confieso que, mientras asistía hipnotizada a la retransmisión minuto a minuto que hicieron los medios de esta especie de David-Maricarmen contra el Goliat de la especulación inmobiliaria, me debatía entre la indignación, la vergüenza y, sí, cierto sentimiento de hipocresía personal y colectiva.

Está feo decirlo y mucho más escribirlo, pero cada uno a su nivel y con su conciencia, los españoles solemos ver la vivienda como derecho cuando compramos y como mercancía cuando vendemos. Nos congratulamos de cuánto ha subido nuestra casa y fantaseamos con cuánto podríamos pedir por ella en el mercado mientras maldecimos al sistema que impide que nuestros hijos puedan independizársenos. Jaleamos como emprendedores a quienes compran pisos con okupas dentro, contratan a matones para echarlos, los dividen en cuartos y los alquilan a precio de uranio. Y oímos y disculpamos según nuestro sesgo, a ministras y a responsables autonómicos echarse a Maricarmen a la cabeza, cuando tanto unas como otros llevan años en sus gobiernos y no han sido capaces de promover leyes que prohíban especular con la vivienda. No, en esto nadie estamos libres de culpa.

A Maricarmen la sacaron ayer de su casa en ambulancia como víctima de guerra. Pero todos los días se ejecutan otros desahucios en barrios menos fotogénicos, sin famosos solidarios protestando ni medios retransmitiéndolo y no se nos mueve una ceja. Algún día sabremos cuántos suicidios y muertos en vida cuesta esta sangría de la que, unos más que otros, todos somos cómplices. Ojalá Maricarmen se convierta en símbolo y haya un antes y un después de su drama. Lo que es seguro es que, anoche, sus caseros de Urbagestión, que tuvieron la vileza de rechazar cualquier acuerdo, dijeron: “Hasta luego, Maricarmen” y puede que hasta durmieran a pierna suelta. Ya tienen su piso en Retiro listo para vaciarlo, reformarlo, decorarlo en tonos neutros y sangrar al siguiente.