Los desastrosos resultados del último informe PISA se pueden resumir en cuatro letras. TL;DR. Este acrónimo (del inglés Too Long; Didn’t Read) se usa en internet para decir que un texto es demasiado largo para ser leído. Y en internet, casi todo es TL;DR. Este texto, desde luego, lo es. Si lo está leyendo usted en papel, puede que llegue hasta el final. Si lo hace desde el móvil, es bastante probable que no. Porque lo importante no es el texto, no es el lector, es el formato. Es lo que vienen diciendo desde hace años varios estudios sobre el tema. Los dispositivos electrónicos nos aceleran, hacen que estemos saltando de una información a otra, incapaces de leer y comprender con calma. Y eso está acabando con nuestra capacidad de concentración. Está debilitando ciertos circuitos neuronales, pero puede que esté creando otros. El informe PISA es el canario, pero no solo le pasa a los adolescentes: todos estamos en esa misma mina.

Ladislao Salmerón, catedrático del departamento de Psicología Evolutiva de la Universidad de Valencia, lleva dos décadas investigando cómo las pantallas impactan en la lectura. Y sostiene que el problema de hoy viene de lejos. “Esta es la primera generación que ha crecido en un mundo completamente digital”, explica. Aunque sus padres no les dieran un móvil desde la cuna, la ubicuidad de estos dispositivos ha condicionado su desarrollo. “Antes jugábamos mucho más con los bebés”, opina el experto. Interactuábamos, hablábamos con ellos aunque no entendieran. “Esto fomenta la capacidad de diálogo, la fonología, la prosodia… Son habilidades pequeñas, invisibles, que dábamos por sentadas. Las estábamos estimulando de forma intuitiva y espontánea; pero ya no lo hacemos. El problema no son los niños, son los padres”, concluye.

Ha habido en el análisis de los datos de PISA cierto pánico generacional, una tendencia a decir que los adolescentes son así o que las leyes educativas no han hecho más que empeorar. Pero lo internacional de este descalabro desmiente las lecturas regionales, y un simple vistazo alrededor desmonta el relato generacional. Los chavales están enganchados a TikTok, igual que los adultos a Instagram y los más mayores a Facebook. Cambia la plataforma, quizá el contenido, pero el formato adictivo es el mismo: vídeos cortos, estímulos rápidos, mensajes simples.

“Todo esto genera un estado de ánimo, un estado cognitivo que es incompatible con focalizarse en una sola tarea durante un periodo largo de media hora o una hora”, señala Salmerón. Es incompatible con la lectura. Nuestra atención, en las pantallas, no se mide en horas, sino en segundos. Gloria Mark, psicóloga de la Universidad de California, lleva aproximadamente 20 años midiendo esa atención digital empíricamente. En 2004 la media estaba en dos minutos y 30 segundos. En 2021 había descendido hasta los 47 segundos. No hemos cambiado nosotros, sino lo que vemos en internet.

El problema es transversal, pero afecta más a los niños y adolescentes. David Bueno, investigador de la Universidad de Barcelona experto en genética del desarrollo, explica por qué: “El cerebro adulto está más maduro y nos hemos entrenado de distinta manera. A los que ya tenemos cierta edad, la tecnología digital nos llegó cuando ya éramos adultos. Y el cerebro es plástico, también nos ha cambiado, pero no tanto como a un niño”. Bueno coincide con Salmerón al señalar que las dinámicas depredadoras de las pantallas no solo nos están robando tiempo de lectura, sino de charla. “La lectoescritura se basa en el lenguaje oral: Para tener una comprensión profunda de lo que leemos, primero debemos tener una comprensión profunda de lo que hablamos. Y aquí hay otro fallo. Hablamos poco con los niños y las niñas, trabajan poco la comprensión oral, son conversaciones muy superficiales, porque estamos todos con el móvil”, reflexiona.

Los seres humanos no nacimos para leer. No es una habilidad innata, sino adquirida, cultural. Fue uno de los logros epigenéticos más significativos del homo sapiens. En su libro Lector, vuelve a casa, la neurocientífica Maryanne Wolf explica que el largo proceso de desarrollo que implica aprender esta habilidad reconfiguró el cerebro y transformó la naturaleza del pensamiento humano. “En un lapso de solo seis milenios, la lectura se convirtió en el catalizador transformativo del desarrollo intelectual de los individuos y las culturas alfabetizadas”, explica. “La calidad de nuestra lectura no es solo un índice de la calidad de nuestro pensamiento, es el mejor camino para desarrollar nuevas vías en la evolución cerebral de nuestra especie”.

Pero el envés de esta afirmación es más inquietante. Si la lectura es cultural, podríamos perderla. Wolf señala que en el cerebro impera una máxima: “Usa esa capacidad o piérdela”. Y explora en su libro la posibilidad de esa pérdida. “En nuestra casi total transición a una cultura digital estamos cambiando de forma insospechada las consecuencias colaterales de la mayor explosión de creatividad, invención y descubrimiento de nuestra historia”, argumenta. Y traza un paralelismo entre el momento actual y la Grecia clásica, cuando se pasó de una tradición oral a una cultura escrita. Ahora estaríamos cambiando la cultura escrita por una digital. Pero la autora no es excesivamente catastrofista. “Existen razones de peso tanto para el entusiasmo como para la cautela cuando observamos los cambios específicos que afectan al desarrollo de nuestro cerebro lector”, destaca. “Unos cambios que ya han empezado a producirse y que pueden seguir sucediéndose de múltiples maneras en un futuro próximo”.

Cada medio de lectura beneficia unos procesos cognitivos en detrimento de otros. El cerebro lector novato puede ser cortocircuitado en su desarrollo, puede adquirir redes completamente nuevas en circuitos diferentes. Leer cientos de mensajes inconexos y alterados en X no tiene el mismo efecto que sumergirse en una novela. La incomprensión que proporciona la lectura mecánica permite una velocidad extraordinaria, quizá una capacidad para saltar de un tema a otro inédita hasta ahora.

PISA contempla esa posibilidad. El estudio admite que es posible que más que un “deterioro” en las habilidades del alumnado se haya producido una “reconfiguración”. Es decir, que es posible que los chavales de 15 años de 2025 “superen a las generaciones anteriores en otras habilidades que no se miden en PISA”, aunque se trata, añade, de un planteamiento “muy especulativo dada la falta de datos”. El escritor Verlyn Klinkenborg enfocó este asunto perfectamente al decir que “la cuestión no es qué será de los libros en un mundo de lectura electrónica. La cuestión es qué será de los lectores que fuimos”.

Enrique Alpañés en el País - la foto es de: Kike Rincón