Recuperando la ambición práctica de la tradición grecolatina, 'Una filosofía de la risa' explora las posibilidades de la comicidad a la hora de llevar una buena vida de forma individual, pero también en. Pilar Gómez Rodriguez en el Confidencial. Foto: El filósofo Bernat Castany. (EFE/Juan Diego López)
Esto son dos hombres que no logran ponerse de acuerdo y van a ver al rabino. Después de escuchar al primero, el rabino le dice que tiene razón. Escucha la versión del segundo y concluye: “Tú también tienes razón”. Entonces, la hija del rabino, que andaba por allí, interviene y protesta porque no es posible que los dos tengan razón, a lo que el padre responde: “Pues fíjate que tú también tienes razón”. El último ensayo de Bernat Castany Prado tiene una gran ventaja y es que está plagado de chistes como este y de juegos de palabras; malo será que alguno de ellos no consiga hacernos reír o sonreír.
Una filosofía de la risa (Anagrama) predica con el ejemplo porque no se trata de una revisión histórica ni de saber qué han dicho los distintos pensadores sobre el tema, sino que es más bien un manual, una práctica para el ejercicio de la comicidad y la buena risa: “Reímos tal y como somos, del mismo modo que amamos o hablamos tal y como somos porque la risa es un indicio de nuestro carácter. Pero también podríamos decir que somos tal y como reímos, porque la risa no es sólo un efecto, sino también una causa. Quiero decir que podemos aprender a reír mejor, esto es, a reír de forma benévola, empática y autoirónica, y que, al hacerlo, nuestra sensibilidad se volverá también benévola, empática y autoirónica. De ahí que este libro no sea solo una fenomenología, o una descripción, de la risa, sino un manual para su ejercitación filosófica”, explica el autor para El Confidencial.
Inevitablemente, existen algunos títulos y autores de referencia por los que es necesario pasar. Uno de ellos es Henri Bergson, que a principios del XX, escribió un ensayo titulado La risa . Castany recomienda volver a él porque es “un libro que se ha leído mal (o que directamente no se ha leído, algo que suele pasar más de lo que solemos pensar). La prueba es que muchos autores lo despachan en dos o tres líneas, sosteniendo que, en él, Bergson concibe la risa como un mecanismo de control social, que ridiculiza al que se sale de la norma. Lo cual no tiene mucho sentido en el filósofo vitalista por excelencia. Y es que, aunque existe una comicidad, que podemos llamar triste, porque su función, o disfunción, es asustar y bloquear, existe otro tipo de comicidad, que podemos llamar alegre, cuya función es potenciar y liberar. ¿Cómo? Pues ridiculizando aquellos comportamientos que indican que la vida, que es dinámica, proliferante, impura e imprevisible, ha empezado a anquilosarse. Desde este punto de vista, la risa sería un indicador, no ya de incendio, sino de congelamiento. La naturaleza habría puesto en nosotros este mecanismo para avisarnos de que estamos desatendiendo la vida, y que nos estamos volviendo obsesivos, rutinarios, pesados, limitados y tristes. De ahí que nos riamos de las manías de ciertas personas, de las repeticiones de ciertos actos, de las obsesiones y las pasiones que nos llevan de aquí para allá como si fuésemos marionetas”. ¿No existen muchas comedias, las clásicas sobre todo, que llevan a sus títulos ese vicio que hace tomar la parte por el todo? El avaro y El misántropo de Molière serían los ejemplos más claros.
“Nos reímos —prosigue Castany— del hecho de que nuestra vida (corporal, psicológica, existencial) parezca haber sido reducida a un mero mecanismo, de ahí que Bergson diga que nos reímos de ‘lo mecánico incrustado en lo vivo’. ¿Y por qué la naturaleza quiere que nos riamos de ello? Para que nos avergoncemos de ser así, y cambiemos. Porque todo ello reduce nuestra potencia, y, con ella, nuestras posibilidades no solo de sobrevivir, sino también de vivir con cierta plenitud”.
Lo mecánico incrustado en lo vivo parece una descripción muy actual, si se aplica a ciertas adherencias que el ser humano parece estar desarrollando en las últimas décadas, si se tiene por referencia al teléfono móvil; o en los últimos años, si hablamos de la inteligencia artificial. Un fenómeno con el que quizá habría que decir eso de… ¿poca broma? “De un lado, como la IA nos produce miedo, y también un poco de complejo, nos gusta burlarnos de ella. Freud dijo que las tres fallas narcisistas del ser humano eran: la revolución copernicana, que nos humilló al apartarnos del centro del universo; el darwinismo, que nos humilló al negar que existiese una diferencia ontológica entre los humanos y los animales; y el propio psicoanálisis, que nos humilló al evidenciar que no somos tan racionales como creemos. Podríamos añadir ahora la IA, que parece querer hacernos superfluos. Dejando a un lado la cuestión de si este miedo es o no exagerado (para mí sí lo es, pues, ante la duda, prefiero escoger siempre la opción que menos me paralice), sin duda es un tema que nos pone nerviosos, de ahí que nos guste reírnos de la IA, de sus errores, de sus alucinaciones, de sus limitaciones, y, por retomar la teoría de Bergson, de sus automatismos. En la IA, no es que ‘lo mecánico esté incrustado en lo vivo’, es que lo vivo no logra emerger de lo mecánico. Y eso nos divierte y tranquiliza”.
El idealismo es un nihilismo (y la risa puede con ambos. En Una filosofía de la risa se aborda, más que el cuándo, el cómo y el para qué apareció la risa. Castany reseña la propuesta de Arthur Koestler en la Enciclopedia Británica: “La risa podría ser un reflejo inútil o ‘de lujo’, que nos sirve, precisamente, para descansar de las ‘actividades útiles’”, se lee en el libro. La risa surgió como un efecto colateral del ocio, de la negación del negocio.
Y, sin embargo, de forma paradójica la risa es un mecanismo de gran utilidad: nos recuerda que esto-es-lo-que-hay. “Como decía Paul Éluard, hay otros mundos, pero se hallan dentro de este. No tenemos, por ejemplo, el derecho de pensar, ni de desear, una realidad, ya sea una sociedad, ya sea una vida, inmóvil, pura, perfecta, homogénea e inmortal, porque la realidad es, y será siempre, cambiante, mezclada, imperfecta, diversa y mortal. Y porque esas características no son defectos de tal o cual realidad, en particular, sino que son rasgos consustanciales de todo lo que existe, en general. Cuanto antes lo aceptemos, antes podremos gozar de forma integral, esto es, con toda la cáscara, del pan negro de siete cereales de lo real. En resumen, la vida mancha, desordena, gasta y mata. Y si no lo aceptamos, odiaremos la vida. Por eso Nietzsche identificó el idealismo con el nihilismo. El idealismo —explica Castany— sería el menosprecio de lo real por culpa de nuestra tendencia a compararlo con una versión sobrenaturalmente idealizada. Y ese ‘sobrenaturalmente’ tan feo es importante. Porque, sin duda, tenemos el derecho, si no la obligación, de imaginar cómo serían mejor las cosas, para después tratar de mejorarlas en esa dirección”.
La risa es un mecanismo de gran utilidad: nos recuerda que esto-es-lo-que-hay
La risa es liberadora y generadora, productiva, se lanza al barro porque reconoce las deficiencias de la realidad, y sabe vivir con sus imperfecciones. O quizá no lo sabe, pero sí que tiene que vivir con ellas. Por el contrario, explica Castany en qué sentido el idealismo es violento, cercena y conduce al desprecio de la realidad “como aquellos que van de viaje, y dicen: ‘me lo imaginaba más grande’; aquellos a los que les han contado maravillas de una película, y luego va y no les gusta tanto; o aquellos niños que sueñan con un supercumpleaños, y luego les parece un asco, en comparación con lo que se habían imaginado. Pero el idealismo no solo nos lleva a despreciar la realidad, sino que nos lleva a mutilarla para que se parezca al ideal que nos figuramos (como aquellos que torturan su cuerpo haciendo gimnasia no por gozar de él, sino por hacerlo entrar en unos parámetros ideales, o aquellos que expulsan o eliminan a determinados grupos de ciudadanos porque molestan a la idea ideal —y no es redundancia—, que se han formado de lo que debería ser la sociedad; esto es, inmóvil (‘antes todo era campo’), pura (‘cada uno en su casa y Dios en la de todos’), homogénea (‘las cosas son como son’) y comprensible (‘está bien claro’). Pero solo hay una cosa que sea inmóvil, pura y homogénea, y es la nada. De ahí que en el fondo de todo idealismo se halle, como dice Nietzsche, una ‘voluntad de nada’”.
Este no es un libro sobre los peligros de la polarización o el declive de la democracia… Obvio. Pero tampoco es un libro ajeno a estos temas. Para empezar es un ensayo que sabe que no se lucha contra ambos fenómenos solo desde las páginas… Sabe que algo hay que hacer y tiene un plan: la comicidad democrática. “Igual que antes distinguimos, siguiendo (aunque no lo dijimos) a Spinoza, entre una comicidad triste, que bloquea y asusta, y una comicidad alegre, que libera y potencia, ahora podemos distinguir entre una comicidad antidemocrática y otra democrática. La primera niega la igualdad esencial entre todos los seres humanos. Considera que unos son mejores o más dignos que otros. Y lo puede justificar explícitamente con argumentos teológicos o políticos, o imponer implícitamente mediante una especie de repetición coercitiva e hipnótica. La comicidad antidemocrática también divide a la población, haciendo que unos se burlen de otros (y el flujo es bidireccional), lo cual enfriaría, a su vez, toda posibilidad de comprensión y empatía. La comicidad democrática, en cambio, nos convence, como dijimos, de nuestra igualdad esencial, al evidenciar que todos somos unos bichitos insignificantes, incongruentes y desorientados, que nos agitamos zarandeados por nuestras ridículas pasiones sobre esta roca incandescente que gira vertiginosamente en una esquina de un universo infinito que respira entre dos nadas... ”. Y prosigue el autor: “Claro que la tradición clásico-humanístico-ilustrada, que considero la filosofía de la democracia, también puede utilizar registros más críticos, como la sátira o la parodia, en su lucha contra eso que hoy llamamos ‘Ilustración oscura’. Pero son usos estratégicos. Lo que realmente caracteriza la democracia es el humor igualitario, tal y como ya supieron ver los ilustrados. Pienso en Shaftesbury, Diderot o Voltaire”.
Esos usos estratégicos que menciona Castany Prado recuerdan a la proliferación de zascas, y-tú-más y otras bofetadas verbales que proliferan en el ring ideológico. Seguro que se pueden poner en relación con las guerras culturales… “Como la comicidad es una parte —muy importante— de la cultura, es normal que las guerras culturales incluyan también guerras cómicas, en las que el sector ‘anti-humanista’ o ‘anti-ilustrado’ y el sector ‘humanista’ o ‘ilustrado’ luchan por declinar la comicidad a su manera y en su favor. El sector “anti-ilustrado”, por ejemplo, suele utilizar la comicidad para burlarse de lo diferente y lo nuevo, con el objetivo de frenar su proliferación. Además, su cosmovisión esencialista y jerarquizada le lleva a practicar una comicidad basada en tópicos y arquetipos, en la cual siempre hay un yo que se ríe de un otro, considerado diferente o inferior. El sector ‘ilustrado’, por su parte, suele utilizar la comicidad para desacreditar aquellos conceptos, religiosos, ideológicos o culturales, en los que se basan las jerarquías y los privilegios de unos grupos sobre otros, así como para generar una atmósfera de igualdad, ya que el humor, que considero quintaesencia de la comicidad, nos revela a todos como partícipes de una misma condición humana, igualmente ridícula, contradictoria, limitada y vulnerable. De ahí que podamos decir que el humor es el oxígeno de la democracia”.
Ampliando el radio de acción de la comicidad, y salvando algunas diferencias y particularismos, quizá no sea descabellado afirmar que lo cómico es también una especie de sello de la época y que a través de él se puede reconstruir la historia o un momento histórico, “al fin y al cabo toda sociedad cambia a lo largo del tiempo (no se ríe de la misma manera en la España franquista que en la España de la Transición, o en la del capitalismo tardío)”, explica Bernat Castany. “Existen múltiples sociedades dentro de cada sociedad (podemos distinguir, por ejemplo, particularidades cómicas según la clase social o el grupo cultural, laboral o incluso familiar al que se pertenece); y cada individuo conforma, a su vez, una pequeña sociedad dentro de su sociedad (en tanto que posee una particular declinación cómica que puede variar según la edad, la situación o el tipo de personas con las que interactúa). Un lío, vaya. Todo lo cual no nos impide ver ciertas constantes, a condición de que no las transformemos en rasgos nacionales, sociales o individuales de corte esencial. Dicho esto, la historia de las comicidades es, a su vez, una historia de las sociedades. Y hay libros magníficos que tratan esta cuestión, como, por ejemplo, la Historia de la risa y de la burla, de Georges Minois, o, en el contexto español, El gran libro del humor español , de Jaime Rubio Hancock”.
Aparte de los historiadores, este libro reivindica una tradición filosófica que también existió, y que tuvo sus cultivadores. Luciano es el preferido de Castany en una nómina que incluye también a Epicuro, Juvenal, Demócrito, Diógenes, Pirrón, Cicerón, De Pizan, Erasmo, Montaigne, Cervantes, Diderot, Voltaire, Wollstonecraft… Por qué la tradición prefirió a los agelastas, a los incapaces de reír, hasta hacer de la filosofía una cosa grave y seria, donde la risa se tenía por sospechosa y hasta peligrosa, sigue siendo un misterio, pero un misterio que tiene que terminar y si no revertirse, sí reorganizarse. ¿Cómo? Aplicando el test de Rosario Castellanos, que preside el libro (junto con otras citas): “No aceptar ningún dogma sino hasta ver si es capaz de resistir un buen chiste”.

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