La Generación Z se ha convertido en el blanco perfecto, el saco de los golpes. Se les acusa de ser frágiles, impacientes, adictos a las pantallas, poco comprometidos con su trabajo y excesivamente sensibles ante la frustración. Empresarios, educadores, tertulianos y opinadores profesionales compiten por diagnosticar todo aquello que, según ellos, no funciona en los jóvenes de hoy. Pero hay una pregunta que aparece demasiado poco en este debate: ¿quién les ha educado?
Resulta cómodo señalar a los adolescentes y jóvenes adultos como si fueran una especie aparecida espontáneamente. Como si hubieran crecido solos. Como si no fueran el producto de las decisiones, valores y prioridades de los adultos que ahora los critican. Durante años les dijimos que podían conseguir cualquier cosa si se esforzaban. Que el talento siempre terminaba triunfando. Que estudiar era la garantía de un mejor futuro. Después les hemos entregado un mundo en el que un título universitario ya no garantiza un trabajo digno, donde comprar una vivienda es una quimera para muchos y donde el futuro se percibe más como una amenaza que como una promesa.
Les retraíamos que vivan pendientes del móvil. Pero fueron los adultos quienes pusieron una pantalla en cada bolsillo. Los criticamos por su necesidad de aprobación constante mientras las grandes plataformas tecnológicas, creadas y dirigidas por adultos, han convertido la atención humana en una mercancía. Les recriminamos la falta de concentración después de años consumiendo y promoviendo un modelo digital basado en el estímulo permanente.
También nos sorprende su fragilidad emocional. Pero durante décadas hemos construido una sociedad cada vez más protectora con sus hijos y más competitiva con los adultos. Hemos eliminado muchas pequeñas frustraciones de la infancia y, al mismo tiempo, les hemos preparado para entrar en un mercado laboral implacable. El resultado es una contradicción evidente: les exigimos resiliencia después de haberles evitado demasiados obstáculos.
La Generación Z es también la primera en crecer bajo una sensación casi permanente de crisis. Han vivido recesiones económicas, una pandemia global, guerras retransmitidas en directo y advertencias constantes sobre la emergencia climática. Mientras las generaciones anteriores imaginaban un futuro mejor que el de sus padres, muchos jóvenes de hoy simplemente esperan que no sea peor. Y sin embargo, todavía nos sorprende su ansiedad.
Quizá deberíamos dejar de preguntarnos qué les pasa a los jóvenes y empezar a preguntarnos qué les hemos hecho. Quizás el problema no es que cuestionen determinados modelos laborales, sino que estos modelos ofrecen cada vez menos seguridades. Quizás no sean menos ambiciosos, sino más escépticos. Quizás no son más débiles, sino más conscientes de sus vulnerabilidades.
Cada generación hereda las consecuencias de las anteriores. La Generación Z no es una excepción. Es el espejo en el que se reflejan décadas de decisiones políticas, económicas, tecnológicas y educativas tomadas por otros. Por eso, cuando oigo a alguien afirmar que esta es una generación perdida, no puedo evitar pensar que se equivoca de sujeto. Si hay alguna generación que debería someterse a examen, no es la que acaba de llegar. Es la que les ha dejado el mundo que ahora habitan.

2 Comentarios
Pues sí. Esta sociedad nuestra los ha hecho consentidos, vulnerables y débiles. Y la cosa va a peor.
ResponderEliminarYo no me incluyo entre los responsables directos porque mis hijos tienen 38 y 47 años. Y no tengo nietos ni sobrinos de esa generación. Tampoco los he tenido en el aula. Afortunadamente para mí.
Pero sí soy responsable socialmente.
Salud.
Por supuesto que los adultos estamos detrás de todo lo que se muestra hoy disfuncionado o con arreglo a otros cánones. Cada vez que veo a un niño de un año en la sillita en la que le lleva su mamá manejando un móvil, supongo que en ese momento mal que bien pero para tenerle entretenido, me pongo malo. Pero soy un viejo. Así que a ver las próximas generaciones si son Z o ZZ o ZZZ. Esto último uf, ¿os acordáis?
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