El mundo conoció ChatGPT tan solo diez meses antes de que, en septiembre del 2023, Amazon anunciara que restringía la publicación de libros en su plataforma a tres al día por autor. Tres. Al día. La medida respondía a una tienda online que se inundaba rápidamente con títulos que se producían como churros –ahora, mucho más–. Hay una industria literaria de la IA que crece a ritmo de vértigo. Si inundas el mercado, siempre habrá alguien que pique y compre. Para colmo, esa marea de 'slop' generado con inteligencia artificial hunde la presencia de los autores reales. El oficio de Cervantes y Shakespeare se cocina hoy en los chips de Nvidia. La cualidad que nos distingue del resto de las especies animales de este planeta es la capacidad de pensar. Si eso se lo dejamos a la máquina ¿qué nos queda? Varios estudios apuntan al titular de este artículo. Veremos si, finalmente, hay que quitar los signos de interrogación.
El impacto de los grandes modelos de IA en el comportamiento de la especie humano está siendo monitorizado desde la llegada de ChatGPT, en noviembre del 2022. Uno de los grupos de investigación liderado por el doctor Alan Green, de la Universidad de Georgetown, analizó 370.000 redacciones de admisión a este centro, tanto de antes como de después de la IA de OpenAI. El estudio concluyó que los textos escritos después del lanzamiento de la IA tenían mayor diversidad de palabras, pero contenían menos ideas originales.
La explicación es que la creatividad de cada humano está asociada a sus propias experiencias y conexiones neuronales. La IA, en cambio, se basa en un solo sistema. ”Puede escribirte un poema. Puede intentar idear un uso inusual para un clip. Pero las ideas que produce, aunque puedan ser buenas, acaban siendo bastante similares entre sí. Lo que se pierde es la diversidad humana de ideas”, afirma Green . “Si perdemos la diversidad de ideas nuevas que siempre ha sido la base para generar enfoques innovadores con los que resolver viejos problemas –añade–, es poco probable que resolvamos esos grandes problemas sociales o globales”.
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| La tecnología puede encargarse de muchas tareas cognitivas humanas Magnific |
Otro estudio del MIT’s Media Lab analizó las diferencias de rendimiento durante cuatro meses con tres grupos de alumnos, uno que escribió sus ensayos utilizando únicamente su propio pensamiento, otros que utilizaron un motor de búsqueda como apoyo y un tercero que utilizó directamente ChatGPT. Las conclusiones empezaron a vislumbrar un patrón claro: en el grupo que sólo utilizó su cerebro se detectaron las redes neuronales más fuertes y de mayor alcance. A medida que tenían más ayuda externa, ya fuera por el motor de búsqueda o por la IA directamente, disminuía en mayor grado la conectividad cerebral. Cuanto más trabajo se dejaba en manos de la IA, menos se activaba el cerebro de los estudiantes.
Una de las conclusiones de este estudio es que el gran rendimiento que proporciona a corto plazo a los estudiantes el uso de la IA contribuye a deteriorar su rendimiento a largo plazo. Este concepto se llama deuda cognitiva. Si se deja que la IA se encargue de las tareas del pensamiento, con el tiempo, se va hipotecando la capacidad de redacción, de memoria y de razonamiento. Los autores del estudio, sin embargo, consideran que la IA tiene cabida en el aprendizaje siempre que los alumnos piensen y escriban primero por su cuenta y utilicen la tecnología para obtener ventaja
Un artículo de Aaron French, profesor asociado de la Universidad Kennesaw State parece apuntar hacia ese camino. “La diferencia entre que ChatGPT nos haga estúpidos o potencie nuestras capacidades radica en cómo lo utilicemos”, señala. Por eso, propone que “la IA generativa debería utilizarse para aumentar la inteligencia humana, no para sustituirla. Eso significa utilizar ChatGPT para apoyar la indagación, no para tomar un atajo. Significa tratar las respuestas de la IA como el comienzo del pensamiento, no como el final”.
Uno de los resultados de impacto de uno de estos estudios fue el de un grupo de investigadores de Universidad Carnegie Mellon, la Universidad de Oxford, el Instituto Tecnológico de Massachusetts y la Universidad de California en Los Ángeles, que planteó a dos grupos de estudiantes una serie de problemas matemáticos con fracciones. Los primeros podían usar ChatGPT (GPT-5). Los segundos, sólo sus cerebros. A mitad de la prueba se cortó el acceso a la IA y la capacidad de resolver problemas de los que la estaban usando cayó en picado. Solo 10 minutos eran necesarios para deteriorar el rendimiento cerebral. “Advertimos de que, si dichos efectos se acumulan con el uso continuado de la IA, los sistemas actuales de IA —optimizados únicamente para la utilidad a corto plazo— corren el riesgo de erosionar las mismas capacidades humanas que se supone que deben apoyar”, concluyeron los autores. Francesc Bracero en la Vanguardia.


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