Olivos manchados de sangre. No estaría de más algún mural, pancarta, alguna señal de que la crueldad no puede ser el cimiento de la política, a todos los niveles. El delegado de Urbanismo, Medio Ambiente y Movilidad del ayuntamiento de Madrid, Borja Carabante, planta un olivo donado por la embajada de Israel en el parque Princesa Leonor, en el barrio de Valdebebas. Ayuntamiento de Madrid
Se dice, se comenta por ahí, que no amas tu ciudad o que la odias, si la criticas. En mi caso particular, llevo criticando Madrid, incluso cuando me gustaba el viejo profesor que la pastoreaba, desde que llegué a su periferia a los doce años. Puede que fuera precisamente esa situación periférica la que me dio una visión privilegiada de las carencias urbanas, porque desde los barrios se percibía todo lo que nos faltaba: metro, parques, servicios sociales. A nadie se le pasaba por la cabeza que salir en manifestación fuera un indicativo de falta de amor. La suerte de Madrid es que siempre ha sido una ciudad criticable. Pero existe hoy un neonacionalismo inspirado por sus dirigentes que trata de acallar las voces de quienes pagando sus impuestos aquí se alzan para decir que no quieren una ciudad destinada solo al beneficio económico, políticas que están esquilmando el carácter de esta querida ciudad imperfecta, a la que “no nos une el amor sino el espanto”.
Esta semana apareció en la prensa una imagen que me dejó perpleja: el delegado de urbanismo de Madrid, Borja Carabante, sonreía a cámara mientras plantaba uno de los cuarenta olivos donados por el gobierno de Israel para el parque Princesa Leonor de Valdebebas. Es difícil alcanzar tal grado de ignominia. Mientras en el norte de Cisjordania los colonos israelíes atacan a los agricultores palestinos, los aprensan, amedrentan o matan, mientras incendian sus campos, destruyendo el fruto, en estos momentos de recogida de la aceituna, hay un ayuntamiento que, en aras de estrechar lazos con el gobierno genocida, organiza un acto festivo en el que se plantan los mismos ejemplares que les están siendo arrebatados a quienes los tienen por humilde medio de vida. Habría sido simpático que para completar la performance hubiera unos cuantos encapuchados armados con hondas que amenazaran la plantación de “esta especie emblemática en el paisaje mediterráneo”, según decía la nota municipal. Es lo que andan haciendo ahora, en una de sus más agresivas andanadas: impedir una agricultura que ya estaba allí antes de que los sionistas señalaran esa tierra como suya.
Pocas veces el paisaje es inocente. Aunque pensemos que la naturaleza es tal cual la vemos desde tiempos inmemoriales, se dieron intervenciones políticas que la han configurado. En el caso de Israel, aprendí de la mano de la artista Lucía Gutiérrez Vázquez, en su trabajo El paisaje como dispositivo de poder, que existe un plan ideológico desde los años cuarenta destinado a borrar el cultivo palestino, para que aquella tierra desértica a ojos europeos, aunque se tratara de campo trabajado, estuviera en un futuro ideal poblada de bosques de pinos que se habrían de asemejarse a los parques naturales de la vieja Europa. En base a este plan, el pino ha ido imponiéndose como emblema de la identidad nacional, frente al olivo, que hoy significa para la población palestina de Cisjordania un símbolo de resistencia. Así que no deja de ser curioso que las autoridades israelíes donen a Madrid lo que están destruyendo en Cisjordania. También me pregunto qué alimenta ese acto público aberrante: ¿el desafío, el recochineo, la falta de piedad, la celebración de un racismo mal disimulado?
No sé si alguno de los vecinos de esa zona residencial que es Valdebebas habrán sido conscientes del significado de esta plantación. Plantar árboles siempre es hermoso, menos cuando se los robas al oprimido para destruir su vida, su cultura, su patria. Tal vez esas periferias que le han ido naciendo a las ciudades no posean la conciencia vecinal de aquellas otras en las que me hice adulta. Los olivos no tienen la culpa, al contrario, son también imagen simbólica del campo español, pero no estaría de más algún mural, pancarta, alguna señal de que la crueldad no puede ser el cimiento de la política municipal, o de la exterior. ¿Será un ejemplo de aquello en lo que puede convertirse nuestra política exterior? - Elvira Lindo en El País.

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