Mostrando entradas con la etiqueta -- MÁS ANTERIORES. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta -- MÁS ANTERIORES. Mostrar todas las entradas

LA TEORÍA DE LOS ATAJOS

Celebración en la Puerta del Sol de Madrid del quinto aniversario del 15M
Ya llevamos dos desplomes del régimen del 78 mientras gobiernan los mismos - 
Pascual Serrano.

- En política son muchas las ocasiones en que, los que presuntamente lideran revoluciones y rebeliones, terminan frenándolas con la excusa de que hay que ir más despacio por razones tácticas. “Todavía no es el momento”, “si hacemos eso perderemos todo lo avanzado” y expresiones similares son utilizadas por quienes en lugar de empujar a los pueblos hacia su liberación usan su prestigio para contenerlos. Sin embargo, ahora quisiera escribir del caso contrario: de movimientos ingenuos y espontáneos que, sin partir de trayectoria ni organización, creen haber encontrado el atajo para llegar al paraíso. Aclaremos que no es mi objetivo combatirlos, en primer lugar porque sus intenciones son buenas y, en segundo, porque, solo son el reflejo de una sociedad. Una sociedad que se moviliza por impulsos de clicks en Internet, se ideologiza con tuits y se une mediante grupos de Whatsapp y Facebook.

Sucedió el 15M. Hastiados de partidos políticos, sindicatos y parlamentos pensaron que unidos en una plaza habían encontrado el atajo para la democracia. Los diputados o sindicalistas, fueran del signo que fueran, eran piezas (cuando no casta) de un viejo mundo que se derrumbaba. Recuerdo que las primeras movilizaciones se iniciaron pocos días antes de unas elecciones autonómicas y municipales pero nadie les prestaba atención y ganaron los de siempre. Pasaron los años y nada se derrumbó, algunos han podido comprobar que las leyes con las que se regula nuestra vida se deciden en los parlamentos; y los parlamentos los integran cargos públicos que la gente vota tras presentarse a unas elecciones. Las plazas, las asambleas y los grupos de debate en Internet poco pintan. El atajo, tan bien intencionado como ingenuo, no iba a ningún lado. Muchos se dieron cuenta y se incorporaron a la lucha. Allí vivieron en carne propia lo que tanto habían criticado: conflictos en su organización, dilemas entre el trabajo en la calle y el trabajo institucional, grupos de poder dentro del partido, visiones contrapuestas y enfrentadas según territorios, obligación de posicionarse en cuestiones concretas con alto coste político o, al contrario, estrategia electoral de ambigüedades que despertaban indignación en quienes exigían posicionamiento claro. En realidad no era nada malo, era, simplemente, lo que había antes de que ellos llegaran pero que tanto odiaban y tan ajeno consideraban. Y algunos han acabado olvidando nacionalizar eléctricas para evitar que la gente se muera de frío y concediendo desde sus ayuntamientos medallas a la virgen.


Ahora en Catalunya se ha vuelto a repetir algo similar. No nos gusta Rajoy, no queremos una monarquía, y como no hemos conseguido cambiarlo hemos descubierto un atajo: nosotros nos vamos y ahí os quedáis los españoles con Rajoy y el Borbón. Se trata de algo tan ilegal (esto podría ser incluso lo menos importante, las grandes revoluciones siempre fueron ilegales), imposible e inviable como pensar que se cambia la sociedad en la plaza de un pueblo mientras la derecha votaba a sus diputados y concejales para que hicieran las leyes. Hay una novedad, y es que hay un Gobierno, o quizás dos, a los que les interesa a corto plazo la jugada. De modo encuentran una revolución -un atajo- que, además es tan cómodo y sencillo que cuenta a su lado con un Gobierno autonómico que convoca paros laborales pagados, policías que se han convertido en buenos, televisiones autonómicas públicas que dan apoyo total a las manifestaciones. Los revolucionarios vivían con euforia la facilidad con la que se puede romper sentencias judiciales, poner rabiosa a la derecha española, ganar en el parlamento autonómico todo lo que nunca han conseguido... 

Cuanto más furiosa está la derecha nacional más tiene la percepción de ir avanzando en su revolución, aunque sea liderada por quienes han aprobado recortes, reformas laborales y privatizaciones, acompañados de los mismos policías que hace unos años les reventaban ojos con pelotas de goma y sin que nadie hable de nacionalizar bancos o sectores estratégicos, subir salarios mínimos o dedicar más presupuestos a prestaciones sociales. No se han parado a pensar que cuando atacas a la serpiente pero no la aplastas, su reacción puede convertirla en mucho más peligrosa. Es verdad que las revoluciones francesa, rusa o cubana contenían una gran dosis de utopía e ingenuidad, pero allí la unidad popular era sólida, básicamente porque les unía el grito de la aristocracia nos roba, el zar nos roba o Batista nos roba. Con el grito de “España nos roba” difícilmente se puede conseguir una unidad popular.  

Como sucedió en el 15M, quienes seguíamos pensando en aumentos de salarios mínimos, propiedad pública de sectores estratégicos de la economía y derechos sociales y renegábamos de liderazgos neoliberales o de misa diaria y compañeros policías, éramos unos agoreros incapaces de ver la inminente toma de La Bastilla. En el 15M éramos políticos y sindicalistas caducos que no veíamos la nueva política y ahora una casposa izquierda españolista. Mientras tanto, los recién aterrizados en la movilización política que iban a desplomar el régimen del 78 y el bipartidismo en las plazas del 15M lo vuelven a desplomar ahora en Catalunya. 

Ya llevan dos desplomes del régimen del 78 mientras gobiernan los mismos, pero los fracasados siguen siendo los sindicatos que van arañando mejoras laborales y convenios colectivos y los viejos izquierdistas que siguen señalando como objetivo el pan y el trabajo.

Publicado por Juan José Guirado 
📣

RESPETO

Mapa de Catalunya del Atlas Nuevo, publicado el año 1635 (Getty)
Sostiene el fiscal general que miles de catalanes están abducidos. Rodríguez de la Borbolla, expresidente andaluz, titula: “La Catalunya epiléptica” (que se escude en el maestro Gaziel hace más hiriente si cabe el adjetivo). José Borrell es más benévolo: los catalanes son víctimas “de una lluvia fina de mentiras y desinformación”. Paráfrasis con significado preciso: los catalanes no saben discernir la verdad. Hace muchos años que escuchamos afirmaciones de este calibre: no en los bares de noctámbulos o en alguna alcantarilla de Twitter, sino en diarios de la máxima credibilidad. En estos medios, las críticas más o menos razonables al catalanismo, habituales desde hace tres lustros, se combinan, sin solución de continuidad, con demo­nizaciones genéricas. Mil veces se ha dicho: Catalunya es un país enfermo, victimista, insolidario, adoctrinado, egoísta, ensimismado, etcétera.

La semana pasada un escritor de cuyo nombre prefiero no acordarme, un hombre que ha sido tratado en la Girona cultural con solícito respeto y afecto, dedicó una vez más su columna en el diario de mayor tirada a vincular el nazismo con lo que acontece “en la región”. No contento con ello, condenó genéricamente a los gerundenses, ya que “aquella provincia es un clon de Guipúzcoa y comparte con ella lo montaraz, la víscera y el arcaísmo. Es gente de religión y trabuco”.

Este tipo de generalizaciones serían condenadas si se aplicaran a cualquier otro colectivo: los gays, las mujeres, los musulmanes. La civilización occidental considera xenófoba la caracterización negativa de un colectivo, pero en España, al parecer, la civilización encoge cuando se habla de los catalanes. Ha llegado el momento de calificar como culpable el silencio de muchos intelectuales ante estas actitudes despectivas que ya Quevedo degustó. El vicio no es tan remoto como el antisemitismo, pero cumple la misma función: denigrar a una minoría interna para cohesionar a la mayoría; convertir a la minoría en el chivo expiatorio.
La constancia en el insulto genérico y el desprecio de los catalanes debería servir para entender por qué está pasando lo que pasa. Son muchas las razones que explican el delicadísimo momento actual. Pero la primera de todas es la falta de respeto.

Ciertamente, también se producen excesos verbales en Catalunya. El verbo excitado, despectivo o hispanofóbico no es por desgracia infrecuente en determinados digitales o en TV3; y por supuesto en algunas fosas sépticas de Twitter. La estrella de esta corriente es Rufián, que, sin embargo, ha sido tan criticado en los periódicos de Barcelona como en los de Madrid. El lenguaje ofensivo siempre es condenado en los principales diarios catalanes. Por supuesto, cuando en Catalunya se dice alguna barbaridad, en toda España una legión de articulistas pone el grito en el cielo. Es inevitable, pues (a riesgo de confirmar lo del trabuco y la religión) pensar en aquella metáfora evangélica: “¿Cómo puedes decirle: ‘Hermano, déjame sacar la paja que está en tu ojo’, no mirando tú la viga que está en el ojo tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja que está en el ojo de tu hermano” (Lucas 6, 42).

Aunque se ha repetido mil veces, en Catalunya no hay unanimismo. Lo vemos claramente hoy. Al contrario. Mientras yo y tantos otros articulistas poníamos en cuestión, hace treinta años, el nacionalismo de Herder forjado por Pujol, hemos esperado en vano una corriente autocrítica con el españolismo de Aznar (que sintetizó a José Antonio con el liberalismo). La estoy esperando todavía. Todavía espero que los líderes españoles del periodismo y la política osen cuestionar el mito más falso. El mito inicial: el de los 500 años de nación (“la más antigua de Europa”). Rajoy apela a ella constantemente. En el reciente debate del Parlament lo utilizó el portavoz del PP; y Miquel Iceta le secundó. ¡Por favor! ¡Eso sí es producto del adoctrinamiento! Siempre se olvida que muchos de los que ahora mandan en España se educaron en la Formación del Espíritu Nacional (FEN).

Son 500 años de Estado, cosa muy distinta. Un Estado con territorios di­versos que fueron reducidos a las “leyes de Castilla” después de 1714. Tampoco es verdad, como dice el romanticismo catalán, que hasta 1714 los catalanes estuviéramos al margen de España. Para lo bueno y lo malo, la re­lación es muy antigua.

Los estudios demoscópicos demuestran que, ni en este gravísimo momento, la mayoría de los catalanes desea romperla. Pero tampoco quiere someterse a la versión posmoderna del decreto de nueva planta que jacobinos, liberales, conservadores y ultraderechistas se empeñan en imponer, desde que los intelectuales del aznarismo instrumentalizaron al filósofo Habermas y su patriotismo constitucional. Mientras el dilema sea sumisión o ruptura, el pleito persistirá (por más que la fuerza legalista imponga). El pleito sólo encontrará pausa y respiro el día en que las élites españolas del periodismo y la política consulten en el diccionario el significado de la palabra respeto.


Antoni Puigverd | La Vanguardia


📣

ATAQUE DE LUCIDEZ


Al PSOE, por decirlo de una manera coloquial, periódicamente se le aparece la virgen. Se le apareció en el año 2000 cuando eligió contra todo pronóstico a José Luis Rodríguez Zapatero en lugar de a José Bono como secretario general. Se le ha vuelto a parecer este año, cuando también contra todo pronóstico, eligió a Pedro Sánchez frente a Susana Díaz. Y se le volvió a aparecer antes de ayer, cuando la torpeza de Albert Rivera propició que la dirección del PSOE tuviera un ataque de lucidez y se diera cuenta de que cerrar filas con el PP en este momento era una decisión suicida. Suicida para el partido, porque es suicida para la democracia española.

La estrategia del PP contra la autonomía de Catalunya es una estrategia franquista. El PP quiere al nacionalismo catalán “cautivo y desarmado”, derrotado y humillado. Quiere ganar por 10 a 0, como muy gráficamente dijo hace unas semanas la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría. Esa estrategia lleva inevitablemente a una deriva autoritaria en todo el Estado. Catalunya no puede ser gobernada de esa manera en un Estado democrático. Fue posible tras la guerra civil con el Estado totalitario que se impuso a continuación. Pero en democracia no es posible. Catalunya tiene que poder autogobernarse para que España pueda hacerlo. La alternativa es la ausencia de democracia tanto en Catalunya como en España.

A eso es a lo que conducía la proposición no de ley impulsada por Ciudadanos. Negarse a que la negociación política entrara en la respuesta que hay que dar al problema de la integración de Catalunya en el Estado, que es lo que viene haciendo el PP desde que en 2005-2006 empezó la recogida de firmas contra el Estatuto y prosiguió con el recurso ante el Tribunal Constitucional de una manera torticera, únicamente puede conducir al desastre para Catalunya y para toda España. 

El nacionalismo catalán es parte de la “constitución material” de España. España no puede expresarse constitucionalmente, que a estas alturas del siglo XXI equivale a decir democráticamente, sin que esa parte de su constitución material esté reconocida en cuanto tal en su Constitución escrita. Eso, con la estrategia del PP que Ciudadanos pretendió antes de ayer que fuera avalada por el Congreso de los Diputados, resulta imposible. Dicha estrategia conduce a la mutilación constitucional de España, es decir, a la deformidad y, en último término, a la degeneración primero y descomposición después del sistema político de la democracia.

El ataque de lucidez de la dirección del PSOE no pudo llegar en mejor momento. Estamos deslizándonos por una pendiente que nos puede llevar a la catástrofe y todo lo que se haga para frenar este deslizamiento es poco. El PSOE tiene que saber que, sin una democracia genuina, es su propia supervivencia la que se ve amenazada, algo que no le ocurre en la misma medida al PP. El PSOE necesita la democracia mucho más que el PP. Muchísimo más. Y la estrategia que se está siguiendo contra el nacionalismo catalán la hace imposible. Afortunadamente antes de ayer se evitó cometer ese error funesto.

No quiero terminar sin hacer la advertencia al Jefe del Estado de que es la propia Monarquía parlamentaria como forma política del Estado español la que se está poniendo en cuestión con la estrategia que se está intentando imponer respecto de la integración de Catalunya en el Estado. La Monarquía parlamentaria figura en el artículo 1.3 de la Constitución, que viene detrás del principio de legitimación democrática del Estado que figura en el artículo 1.2. “La soberanía nacional reside en el pueblo español del que emanan los poderes del Estado”, dice el artículo 1.2 de la Constitución. A continuación en el 1.3 se dice: “La forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria”. Sin 1.2 no hay 1.3. Si quiebra el principio de legitimación democrática, como quebrará inexorablemente si se sigue por el camino que vamos, la quiebra de la Monarquía vendrá a continuación.

Javier Pérez Royo
eldiario.es

📣

¿Y AHORA QUÉ?


Una vez desactivada por parte de la Guardia Civil la logística del referéndum del 1- O y detenidos catorce altos cargos, mientras el Estado suspendía en la práctica el autogobierno catalán sin necesidad de pasar por el procedimiento del 155, la gente se hacer una pregunta elemental: ¿Y ahora qué? No es fácil responder a esta cuestión. Lo que parece claro es que será imposible llevar a cabo una consulta con garantías, como reconoció el presidente de Òmnium Cultural ante las operaciones policiales de los últimos días, así que en el soberanismo emergen voces que piden una declaración unilateral de independencia en el Parlamento. Están los que quieren hacerlo inmediatamente y los que apuestan por proclamarla después de unas elecciones que den una amplia mayoría a una lista única independentista. Todo ello al margen de la Constitución y del Estatuto, de donde emanan las instituciones catalanas. Nada nos permite ser muy optimistas a los que creemos en una salida negociada, respetuosa con la legalidad.

No hay, pues, ninguna posibilidad de acuerdo? Pocas, pero habría que agotarlas. La historia nos enseña que a menudo las cosas no mejoran hasta que empiezan a empeorar. Si la máxima fuera cierta, lo tendríamos todo a favor para buscar un acuerdo. La semana pasada un alto cargo de la Generalitat y un dirigente del PP cenaron en Madrid y exploraron discretamente líneas de trabajo. Nada que tenga que cambiar la historia, pero es un brote en medio del campo de batalla. Ciertamente preocupa pensar que las autoridades catalanas se fíen más de la calle que de su capacidad de gestionar la crisis, pero resultaría imprescindible encontrar interlocutores para negociar una solución digna. lavanguardia.com

Gaziel escribió después del Seis de Octubre que "las cosas irrazonables suelen acabar mal". Sería inteligente no repetir la historia y buscar un marco en el que la política encarrilara una vez por todas una situación que desborda sus actores, aunque esta parezca una misión imposible. Hay que contar con la reacción de la gente, tantos años bombardeada con consignas independentistas de una España que les roba, no creo acepten ahora un coitus interruptus, me temo que la situación será difícil de controlar y se les ha escapado de las manos, han atizado un fuego unos que los otros han intentado apagar con gasolina, y aquí va camino de quemar todo. La CUP está en su salsa, en su escenario ideal.

📣
BLOG DE FRANCESC PUIGCARBÓ - PUBLICACIONES RECIENTES

Cargando contenido...


DESTACADAS ALEATORIAS

BLOCS