Hace ahora un año, el recomendable analista Curb escribía en su blog 'Las duras tablas' que “la anomalía Sánchez tiene hoy mucho más potencial transformador que un pequeño grupo parlamentario de izquierda para convencidos en medio de la restauración reaccionaria”. Curb venía a decir con apesadumbrado realismo que, más allá de las “nacionalidades históricas”, capaces aún de decidir el desempate electoral, no existe en la izquierda estatal otra fuerza que el “sanchismo”, en torno al cual y frente al cual se viene construyendo en las dos últimas legislaturas toda la política de nuestro país. En este último año, es verdad, el sanchismo ha sufrido un notable desgaste, pero eso solo ha revelado que a su izquierda no hay más que un erial que, como la playa de Ítaca, algunos dirigentes fingen arar sin convicción para tratar de evitar su participación en la guerra de Troya. Un sanchismo debilitado expone con inquietante claridad, sí, la impotencia de nuestra izquierda transformadora.
Contra el sanchismo se acumulan las fuerzas combatientes: muchos jueces, muchos medios de comunicación, dos partidos políticos virtualmente mayoritarios, una parte del PSOE y, en el exterior, EEUU e Israel, sin mencionar -como ha demostrado la crisis de Ceuta- a algunos gobiernos europeos. A ellas hay que añadir a Podemos, la única organización española de izquierdas -diminuto aguijón- que ha sabido proteger a sus cuatro votantes, consciente de que para no desaparecer tiene que facilitar la llegada de la ultraderecha; no es que sepa “inevitable” un gobierno Vox-PP; es que evitarlo supondría sin duda asumir su marginalidad definitiva y su más que probable extinción. Nuestra España difícil no es el Berlín de Die Linke ni la Francia de Melenchon ni el New York de Mamdani, donde décadas de deserción socialdemócrata permiten ahora una radicalización de la izquierda frente a la radicalidad oscura del fascismo. España es el único país de Europa (probablemente del mundo) donde la socialdemocracia no ha muerto o no del todo. Su tímida supervivencia se llama sanchismo, una anomalía cuya excepción planetaria, al mismo tiempo que frena a la ultraderecha, impide la articulación de una alternativa transformadora a su izquierda. Podemos se propone de manera impostada e irresponsable como esa alternativa en un contexto en el que -lo sabe- el único camino para no sucumbir al mal es apoyar un bien mediocre.
Vamos a llamar PSOE a las políticas de vivienda del gobierno, al aplazamiento del cierre de Almaraz, al abandono de los saharauis, etc; es decir, a todas aquellas medidas económicas y sociales coherentes con la tradición del partido desde 1982. Y vamos a llamar sanchismo a las pequeñas conquistas obtenidas contra corriente -o consentidas- en materia laboral, de protección social, de género; y también a esas decisiones en política exterior que, retóricas o no, han provocado el rechazo real de EEUU e Israel y han señalado a España como reserva espiritual de los Derechos Humanos (y como gobierno “radical” en un mundo salvaje). Cuando hablamos de apoyar al sanchismo no hablamos de apoyar al PSOE, ni siquiera de apoyar a Sánchez; hablamos de apoyar y extender esa “anomalía” de la que hablaba Curb hace un año. El papel de Sumar en el gobierno era justamente ese: el de evitar que el PSOE y Sánchez devoraran el sanchismo.
El problema es que el sanchismo, como bien mediocre en un mundo amenazado, no puede defenderse ya en esos términos. Sánchez, acosado por casos verdaderos y casos fabricados de corrupción, mitad caballo mitad hurón, ha acabado por recular y ponerse a la defensiva. Da la impresión, como sostiene Esteban Hernández en un reciente artículo, de que empieza a ceder a la tentación de salvar sencillamente los muebles; es decir, de salvar electoralmente a su partido, sin entender que no hay regreso posible al bipartidismo y que, como insiste siempre Curb, un gobierno PP-Vox transformaría sin vuelta atrás las reglas del juego.
En cuanto a Sumar y afines, no han sabido utilizar la prórroga obtenida en julio de 2023. Han actuado como si esa prórroga fuera indefinida o como si no fuera posible ya frenar a la ultraderecha. Así que no se han preparado ni para ganar las elecciones ni para perderlas. Ahora es ya demasiado tarde para las dos cosas.
Santiago Alba Rico, @SantiagoAlbaR, elDiario.es
