viernes, diciembre 30, 2016

CIUDADES SIN COCHES


Ciudades sin coches, el futuro inexorable. Los coches están llamados a desaparecer de los centros urbanos de la misma forma que hace 100 años desaparecieron los caballos y las diligencias. Es el sentido inexorable de la historia.
En España tenemos la costumbre de llegar tarde a todos los debates importantes. Una decisión tan elemental como restringir la circulación de vehículos por el centro de una gran ciudad a causa de un pico de contaminación se ha convertido en el gran acontecimiento de la última semana del año. Portadas y sesudos editoriales en la prensa, unidades especiales en las radios para seguir la jornada, la mitad del tiempo de los telediario dedicados al notición …y el habitual alboroto en las redes sociales.

Lo llamativo es que haya habido que esperar a 2016 para hacer en la capital de España lo que muchas ciudades del mundo vienen practicando desde finales del siglo XX. Es más, este criterio de los días y el número de las matrículas está ya pasado de moda. Capitales como París o Roma, que lo empezaron a aplicar en los 90, se disponen a adoptar otros más eficientes y racionales, como clasificar a los vehículos por su poder contaminante y supeditar a eso su licencia para circular.
Los británicos, siempre prácticos, fueron expeditivos desde el principio: si usted quiere entrar con su coche al centro de Londres, tiene que pagar un peaje ('congestion charge') de 13,5 euros (además de lo que se deje en los carísimos 'parkings', porque aparcar en la calle es prácticamente imposible). Así que el capricho de conducir por la ciudad le costará una pasta y un sin fin de molestias. Por eso allí es normal ver a los altos ejecutivos de la City yendo a trabajar en metro, como en Berlín o en Ámsterdam es normal verlos en bicicleta sin que se les caigan los anillos ni sientan que pierden estatus.
La medida que aquí se ha presentado como una novedad extraordinaria es casi un atraso para lo que está ya sucediendo en las principales capitales
La medida que aquí se ha presentado como una novedad extraordinaria es casi un atraso para lo que está ya sucediendo en las principales capitales del mundo. Y no sólo en Europa: en Buenos Aires, que ya había reducido drásticamente el número de vehículos que circulan por el centro urbano, acaba de anunciarse un plan que convertirá en peatonal una zona casi tan extensa como todo el centro de Madrid.
Esto no va únicamente de acudir a una emergencia cuando la polución ambiental se desborda o de habilitar más espacio para los peatones durante las navidades. Todos los urbanistas del mundo saben que las ciudades del siglo XXI terminarán siendo espacios libres de coches, especialmente de los propulsados por motores de combustión. Los coches están llamados a desaparecer de los centros urbanos de la misma forma que hace 100 años desaparecieron los caballos y las diligencias. Es el sentido inexorable de la historia.
Y no sólo por protección ambiental, sino por mera habitabilidad. No es tan sólo que se envenene el aire que respiramos. Es que una ciudad invadida de máquinas rodantes soltando humo y colapsada por un atasco permanente es un lugar hostil para el ser humano. Quien haya paseado por el centro de Roma en hora punta antes de que comenzaran a tomarse en serio el problema habrá comprobado cómo uno de los lugares más bellos del planeta puede transformarse en un infierno.
Lo que se ha montado aquí es un debate paleto, uno más de los muchos que tanto nos apasionan. Pero si además se intenta politizar como ha hecho el PP, entramos de lleno en el terreno del ridículo.
Lo que se ha montado aquí es un debate paleto, uno más. Si además se intenta politizar como ha hecho el PP, entramos de lleno en el terreno del ridículo
El negacionismo es una variedad del pensamiento reaccionario. Los mismos que se llevaron las manos a la cabeza cuando les dijeron que ya no podrían fumarse un puro dentro de un restaurante lleno de gente; los que sostenían que lo del cambio climático es un invento de los progres para perjudicar al libre mercado (¿recuerdan al primo de Rajoy?), son los que en estos días atribuyen la decisión natural de restringir el tráfico en Madrid para que se limpie un poco el aire a perversas motivaciones ideológicas de Podemos.
En este discurso fachoso y extemporáneo (lo contrario de contemporáneo) ha vuelto a brillar Esperanza Aguirre. Daban ganas de llorar –o de partirse de risa- al escuchar su queja lastimera de que estuvo “encerrada en su casa” por la desgracia de que todos los automóviles de su familia tienen matrícula par. La señora condesa tiene su residencia en el barrio de Malasaña. Además de una estación de metro a menos de 100 metros y cerca de 10 líneas de autobús que pasan por los alrededores, tenía a su disposición 1.500 taxis y los múltiples servicios privados de vehículos que han proliferado en Madrid. El Ayuntamiento, su centro de trabajo, está a 1.500 metros de su domicilio. Pero la pobre mujer pasó la jornada aprisionada en su domicilio, secuestrada por la pérfida Carmena.
“Pretenden enfrentar a la ciudad con los coches”, clama Aguirre. Menos mal que al fin se ha enterado: se trata exactamente de eso. No es que lo pretendan Carmena y sus concejales, es que objetivamente la dictadura de los coches es hoy el principal enemigo de la ciudad y de los ciudadanos, lo que hace de la calle un lugar inhóspito, una agresión no sólo a la salud sino a la razón.
La dictadura de los coches es hoy el principal enemigo de la ciudad, lo que hace de la calle un lugar inhóspito, una agresión no sólo a la salud sino a la razón
Dicho esto, es cierto que las cosas pueden hacerse bien o mal. La oposición municipal puede señalar que el manejo del asunto del tráfico en Madrid durante estas navidades está siendo caótico y chapucero, y tendrá razón. Como puede subrayar que la información a los ciudadanos es manifiestamente mejorable; o hacer notar, también con razón, que es insólito que una operación de esta envergadura en la capital del país se haga desde el autismo municipal, sin la menor coordinación con el gobierno autonómico ni con el nacional.
Pero convertir este asunto en una batalla ideológica es paranoico y es, además, abrazar una causa perdida. Hay muchas cosas que criticar sensatamente en la gestión de la alcaldesa de Madrid y de su muy desordenado e inexperto equipo de Gobierno. Pero algo les ocurre a los del PP, que en lo tocante a Podemos lo ven todo rojo y en lugar de críticas razonadas -que motivos de sobra hay para ellas-, terminan diciendo tonterías como las que les hemos escuchado estos días. Ese es el momento en el que pierden la razón.
En todo caso, y hablando de contaminación, es un alivio terminar este año, políticamente espeso y asqueroso, escribiendo sobre algo que tiene que ver con la vida real. Feliz 2017. IGNACION VARELA - eldiario.es

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