La mentira, consiste en engañar sobre lo que sabemos, o creemos que es verdadero, a una persona a la que le debemos esta verdad. La mentira es, por tanto, un abuso de confianza; supone que, al menos implícitamente, hemos prometido decir la verdad. A alguien que me pregunta por su camino, le debo esta verdad implícitamente, pero no si me pregunta cuáles son los defectos suyos o los de alguno de mis amigos. El juez mismo admite que no se preste juramento, si se es el amigo, el empleador o el empleado del inculpado. Y puede ser nuestro deber rechazar el juramento. Sólo rechazar el juramento a veces es confesar. ¿Deberíamos entonces jurar, y además mentir? Tales son las dificultades en esta cuestión, que los padres y los jueces están interesados ​​en simplificarla. Habría que diferenciar la mentira particular de la mentira interesada en política, porque el mentiroso político no es tan sólo un mentiroso, es además un miserable.
La mentira destinada a aumentar las intenciones de voto, a crear una dinámica favorable, a falsear los sondeos se duplica con una mentira sobre el adversario para desacreditarlo. Nunca se le reconoce talento, inteligencia o mérito, todo lo que propone es malo, está mal hecho, perdido de antemano. La verdad es relativa al campo en el que uno se encuentra, verdad es todo lo que piensa y hace el candidato, erróneo todo lo que procede de su adversario. No hay un absoluto para la verdad que permita pensar en términos de interés general, de destino del país, de salud de un Estado, del papel de la nación en el mundo, y que permitiría reconocer el opositor, por poco que fuera, algo de virtud, sobre todo, cuando sus propuestas van en este sentido; nada de verdad absoluta, por tanto, sino una subjetividad, verdades de circunstancia ajustadas a la propia conveniencia.

Habría que tener presente que por veces y veces que se repita y se expanda, una mentira nunca será una verdad, seguirá siendo una mentira, aunque la gente se lo trague como cierta. Nos lo decía Fuster: alguien nos quiere engañar, esto es la mentira.

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Francesc Puigcarbó

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