¿Socialismo capitalista? - La única cosa verdaderamente sorprendente sobre el colapso financiero de 2008 es la facilidad con que se aceptó la idea de que el hecho de que se produjera era una sorpresa imprevisible que sacudió a los mercados cuando menos se esperaba. Hay que recordar las manifestaciones que durante la primera década del nuevo milenio acompañaron regularmente a las reuniones del FMI y del Banco Mundial: las quejas de los manifestantes reflejaban no sólo los habituales temas antiglobalización (la creciente explotación de los países del Tercer Mundo, etc.), sino también cómo los bancos estaban creando la ilusión del crecimiento jugando con dinero ficticio, y cómo todo eso tenía que
acabar en una crisis. No fue sólo que economistas como Paul Krugman y Joseph Stiglitz hubieran advertido de los peligros que se avecinaban y que hubieran dejado claro que aquellos que prometían un crecimiento continuo no entendían realmente lo que estaba sucediendo bajo sus narices. En Washington, en 2004, se manifestó tanta gente en torno al peligro del colapso financiero que la policía tuvo que movilizar a 8.000 miembros de policías locales y traer a 6.000 hombres más de Maryland y Virginia. A continuación vinieron los gases lacrimógenos, las palizas y las detenciones masivas, tantas que la policía tuvo que utilizar autobuses para transportar a los detenidos. El mensaje era alto y claro, y se utilizó a la policía para ahogar literalmente a la verdad.
Después de este sostenido esfuerzo de deliberada ignorancia no sorprende que, cuando finalmente estalló la crisis, como uno de los actores señaló, «nadie sabía realmente qué hacer». La razón estaba en que las expectativas son parte del juego: cómo reaccionará el mercado depende no sólo de hasta qué punto la gente confíe en esta o aquella intervención, sino, todavía más, de hasta qué punto piensa que otros confiarán en ellas; uno no puede tomar en cuenta las consecuencias de sus propias elecciones. Hace tiempo, John Maynard Keynes interpretó con precisión esta autorreferencialidad al comparar el mercado de valores con un ridículo concurso en el que los participantes tienen que escoger a varias chicas guapas entre un centenar de fotografías. El ganador es
el que elige a las chicas que están más cerca de la opinión media: «No se trata de elegir a aquellas que, según el propio juicio, son realmente las más guapas, ni siquiera aquellas que la opinión media genuinamente piensa que son las más guapas. Hemos alcanzado el tercer grado, en que dedicamos nuestra inteligencia a anticipar qué opinión media espera que sea la opinión media»
. De este modo, nos vemos obligados a elegir sin tener a nuestra disposición el conocimiento que nos permitiría una elección cualificada, o, como dice John Gray: «Estamos obligados a vivir como si fuéramos libres».
En la cima del colapso, Joseph Stiglitz señaló que, a pesar del creciente consenso entre los economistas de que cualquier rescate basado en el plan del secretario del Tesoro, Henry Paulson, no funcionaría, para los políticos es imposible hacer nada en semejante crisis. Por eso tenemos que rezar para que un acuerdo elaborado con la tóxica mezcla de intereses especiales, medidas económicas torpes e ideologías derechistas que produjeron la crisis pueda de
alguna manera producir un plan de rescate que funcione; o que, si fracasa, no haga demasiado daño.
Stiglitz está en lo cierto porque, de hecho, los mercados están basados en
creencias (incluso en creencias sobre las creencias de otras gentes). Por eso, cuando los medios de comunicación se preocupan por «cómo reaccionarán los mercados» al plan de rescate, ésta es una pregunta no sólo sobre las consecuencias reales del plan, sino sobre la creencia de los mercados en la eficacia del plan. De ahí que el rescate pueda funcionar incluso si es un desatino económico.
La presión por «hacer algo» es como la compulsión supersticiosa para realizar
algún gesto cuando estamos observando un proceso sobre el cual no tenemos influencia real. ¿No son nuestros actos a menudo gestos como ésos? El viejo dicho «no te limites a hablar, ¡haz algo!» es una de las cosas más estúpidas que se pueden decir, incluso considerándolo bajo los módicos parámetros del sentido común. Quizá, por el contrario, el problema ha sido que últimamente hemos estado «haciendo» demasiado, como, por ejemplo, intervenir en la naturaleza, destruir el medio ambiente, etc. Quizá sea el momento de dar un paso atrás, pensar y decir la cosa correcta. Es cierto que a menudo hablamos sobre algo en vez de hacerlo; pero algunas veces también hacemos cosas para
evitar hablar y pensar sobre ellas. Cosas como arrojar 700.000 millones de dólares sobre un problema, en vez de reflexionar, en primer lugar, sobre cómo surgió.
primero como tragedia, después como farsa - Slavoj Zîzêk (pdf)

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