TEOCRACIA DE LA SALUD



La teocracia de la salud es ya una realidad. El círculo se ha cerrado. Del gobierno de los clérigos al de las batas blancas y, de por medio, un paréntesis de libertad que en términos históricos ha durado más bien poco. Necesitamos certezas. En el pasado anidaban en los bajos de las sotanas. Ahora andan escondidas entre las batas blancas de médicos y epidemiólogos. - Josep Martí Blanch

Nos conforta y tranquiliza que alguien nos diga cómo vivir. Nos ahorramos la toma de decisiones, evitamos tener que gestionar riesgos de manera individual y, lo más importante, podemos señalar al hereje, al que se salta el ritual, y convertirlo en el origen de todos los males. Hay que salir a marcar sus casas con cruces: ¡Ahí vive un no vacunado! ¡Ahí vive un crítico con la mascarilla! ¡Ahí está el peor de todos, el que visita a su padre de 80 años y lo besa y acaricia!. Siempre de fondo la negación de la muerte. En el pasado funcionaba la promesa de la vida eterna, que imponía a cambio condiciones severas durante la vida mundana. En el presente, capados para la trascendencia, la promesa es la negación de la muerte con el falso señuelo de vivir para siempre; pero no en el más allá, sino en el más acá.

Venimos de lejos y lo de ahora es solo un fin de fiesta. Empezamos con la obsesión por la alimentación, por la práctica del deporte, por el florecimiento de la industria del alicatado estético de los cuerpos. Eran solo señales, pistas parciales de lo que se nos venía encima. La pandemia ha eliminado las últimas prevenciones y nos ha permitido cruzar la meta. El punto de llegada no es otro que la construcción de un paraguas mental en el que la muerte solo es posible si previamente hemos hecho algo mal. Respirar demasiado CO2, fumar, trabajar en exceso, sufrir, apostar por una dieta inconveniente, dormir poco o demasiado, ser sedentario, no practicar yoga, beber pocos zumos de hortalizas, o –desde hace un año y medio– no sacrificar suficientes corderos al dios de la pandemia para aplacar su ira definitivamente.

La muerte ya no es una fatalidad ni una desgracia. Es un castigo evitable si no persistiésemos en pecar contra nuestra salud. Las antiguas teocracias prometían vida después de la muerte. Las modernas van más allá: vida sin muerte. Hay más mentira probada en las segundas que en las primeras.


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