Hubo una noche —porque estas cosas siempre ocurren de noche— en la que el mundo volvió a recordarnos que la política, cuando se despoja de sus discursos, es un asunto de cuerpos. La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses no solo abrió un nuevo capítulo en la historia reciente de Venezuela; abrió también una grieta silenciosa, una de esas que no aparecen en los titulares pero que se siente en el aire, como un temblor que nadie quiere nombrar. Lo más inquietante es que, todavía hoy, no sabemos cuántos murieron. Se habla de escoltas ejecutados, de civiles atrapados en el fuego, de sombras que cayeron sin que nadie sepa sus nombres. Y en esa ausencia —en ese vacío de cifras, de identidades, de duelo— hay una violencia que no necesita balas para herir.
La operación se diseñó con la frialdad quirúrgica de quienes convierten la vida en un cálculo. Un “objetivo de alto valor”, así lo llaman. Una fórmula que pretende encerrar en tres palabras la complejidad de un país, de un conflicto, de un hombre rodeado de otros hombres que no eligieron ser parte de la historia. Alguien, en algún despacho lejano, decidió que esas vidas eran un precio aceptable. Y lo decidió sin conocer sus rostros, sin imaginar sus dudas, sin pensar en el cansancio de quien esa noche quizá solo quería volver a casa. La distancia, a veces, es la forma más eficiente de deshumanización.
Pero lo que más duele no es solo la muerte, sino la forma en que se cuenta —o no se cuenta— la muerte. Hay vidas que se narran con detalle, que se convierten en símbolos, en documentales, en debates interminables. Y hay otras que se pierden en la categoría de “bajas”, como si la palabra misma las borrara. En esta historia, los muertos venezolanos cargan con un estigma que los vuelve invisibles: trabajaban para el régimen, estaban en el lugar equivocado, formaban parte del aparato. Como si eso bastara para despojarlos de humanidad. Como si la lealtad política —real o forzada— pudiera convertir a una persona en un dato prescindible.
Hablar de esto exige nombrar a Maduro, porque su gobierno ha sembrado dolor, represión y miedo. Pero incluso reconociendo esa realidad, queda una pregunta que no podemos esquivar: ¿puede un crimen justificar otro? ¿Puede un Estado decidir que la única forma de frenar una dictadura es violar fronteras, matar escoltas, poner en riesgo a civiles y capturar a un presidente sin un marco legal compartido? Si aceptamos esa lógica, aceptamos también que la fuerza, cuando se ejerce en nombre del bien, puede suspender cualquier norma. Y ese es un terreno donde la historia ya nos ha enseñado demasiadas veces a qué conduce.
Pienso en los escoltas. No en su rol político, sino en su humanidad. En el que dudaba, en el que obedecía por necesidad, en el que soñaba con irse del país, en el que creía sinceramente en lo que hacía. Pienso en el vecino que escuchó los helicópteros y no llegó a ver el amanecer. Pienso en las familias que hoy no saben a quién reclamar, porque nadie les ha dicho oficialmente que sus muertos existen. Y pienso también en el silencio que sigue a estas operaciones, un silencio que no es paz, sino abandono. Quizá lo único honesto sea sostener una exigencia mínima: que cada vida perdida sea contada, nombrada, llorada. Que haya luz donde ahora solo hay versiones interesadas. Que nadie —ni en Caracas ni en Washington— pueda esconderse detrás de eufemismos. Porque si algo debería unirnos, incluso en tiempos de fractura, es la convicción de que ninguna vida es prescindible. Ni para perpetuarse en el poder, ni para liberar a un país, ni para enviar un mensaje al mundo. Y aun así, incluso en medio de esta noche espesa, algo en mí se resiste a creer que estamos condenados a repetir siempre la misma historia. Tal vez la luz no llegue en forma de grandes gestos ni de soluciones inmediatas, sino en algo más humilde: en la decisión de mirar cada vida perdida como única, irreemplazable; en la voluntad de no acostumbrarnos a la violencia; en la terquedad de seguir exigiendo verdad cuando todo invita al silencio.
Quizá, al final, todo esto nos devuelve a aquella vieja película de James Stewart, El hombre que mató a Liberty Valance. No por la violencia, ni por el duelo, ni por la ley del revólver, sino por la figura del hombre justo: ese personaje que, aun sabiendo que el mundo está lleno de sombras, decide sostener una vela. Un hombre que no confía en la fuerza, sino en la palabra; que no dispara, sino que denuncia; que no busca venganza, sino justicia. En la película, ese hombre se enfrenta a un territorio donde la ley parece no existir, y aun así insiste en que la ley debe existir, que alguien debe escribirla, defenderla, encarnarla.
Tal vez lo que necesitamos hoy no es un héroe armado, ni un salvador providencial, ni un vengador que venga a corregir el mundo a golpes. Tal vez lo que necesitamos es precisamente ese tipo de figura: alguien capaz de mirar el poder —cualquier poder— y decirle que no está por encima de la verdad. Alguien que crea, contra toda evidencia, que incluso los más fuertes deben responder ante algo más grande que ellos mismos: la justicia, la dignidad humana, la memoria de quienes ya no pueden hablar.
En ese sentido, la analogía no apunta a un nombre propio, sino a un principio. No se trata de imaginar a un James Stewart moderno llevando a un líder mundial ante un tribunal internacional, sino de recordar que la justicia solo existe cuando hay personas dispuestas a reclamarla. Que la ley no se sostiene sola: necesita manos que la escriban, voces que la pronuncien, conciencias que la defiendan incluso cuando parece inútil. Quizá ese sea el verdadero legado de la película: la idea de que un hombre justo —o una mujer justa, o un pueblo entero— puede cambiar el rumbo de una historia que parecía condenada. Que la verdad, incluso cuando llega tarde, incluso cuando llega herida, sigue siendo más poderosa que cualquier bala. Y que mientras exista alguien dispuesto a decirla, a sostenerla, a protegerla, todavía hay esperanza de que el mundo no pertenezca para siempre a los Liberty Valance de turno, sino a quienes creen que la justicia no es un lujo, sino un deber.
Quizá la esperanza no sea un estallido, sino una brasa: pequeña, persistente, capaz de sobrevivir incluso bajo los escombros. Una brasa que nos recuerda que todavía podemos elegir otro modo de estar en el mundo, uno donde la dignidad no dependa del uniforme, ni del bando, ni del relato que otros escriban sobre nosotros. Uno donde la justicia no llegue desde los cielos en forma de helicópteros, sino desde abajo, desde la gente que se niega a aceptar que la muerte sea un trámite y la vida un daño colateral. Si algo puede salvarnos como individuos, como sociedad es esa obstinación por cuidar lo frágil, por defender lo humano, aunque parezca inútil. Porque en esa obstinación, en esa pequeña llama que se niega a apagarse, quizá esté escondida la única revolución que de verdad vale la pena: la de no renunciar nunca a la posibilidad de un mundo más justo, más nuestro.

Esto empieza a dar miedo. Y mira que me caía mal Maduro.
ResponderEliminarY Petro de Colombia ya ha recibido amenazas del sheriff Trump, al igual que Cuba.
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