La encuesta del CIS publicada a finales del 2025, sobre una muestra de 4.031 personas, manifiesta una percepción extremadamente negativa de los españoles sobre el futuro en múltiples dimensiones. En particular, un 24% prevé guerras y no solo en el mundo. Dos tercios piensan que España entrará en guerra en los próximos años. El hambre y la desigualdad serán desafíos crecientes en el planeta, las diferencias sociales se incrementarán. Manuel Castells

La revolución tecnológica que estamos experimentando se identifica con un incremento del paro, porque el 84% considera que los robots van a suprimir empleo. Y no acaban ahí los temores. Los desastres naturales aumentarán según dos tercios de los encuestados y un 62% cree que habrá más violencia, un 58% más delincuencia, un 45% más drogadicción y casi la mitad espera un crecimiento del racismo y la xenofobia.

Frente a ese panorama los refugios personales refugian cada vez menos, en la percepción de la mayoría. Un 55% piensa que la familia se debilitará, un 64% que aumentarán divorcios y separaciones, un 55% que seremos más individualistas. Y por tanto un 79% considera que vamos a una vida de mayor soledad. La atención a los mayores disminuirá (así piensa un 57%), la nata­lidad disminuirá (para un 68%). La religión perderá influencia para un 47%. El Estado disminuirá sus prestaciones según un 35%.

En el plano internacional dos tercios piensan que se incrementarán las desigualdades entre países, mientras que la escena mundial estará dominada por Estados Unidos y China, al tiempo que la Unión Europea verá disminuida su influencia para un 39%. En esta situación, en la que las instituciones políticas estarían llamadas a socorrer a los ciudadanos, la mayoría no cuenta con ellas. El índice de confianza (sobre una base de 10) se sitúa en un 3,5 para los partidos políticos. También suspende la justicia (4,9), excepto un aprobado raso para el Tribunal Consti­tucional, garante de una Constitución que la mayoría aún ve como salvaguardia.

La visión del futuro es distópica, por el miedo a lo que se vive, y no utópica, con la esperanza de un mundo mejor

La gente, mayoritariamente, forma sus decisiones políticas a partir de las redes sociales, y solo confía en las personas de su grupo de edad. La única percepción positiva concierne a la mejora de la situación de las mujeres (anticipada por un 72%). La situación que vivimos subjetivamente en España no se diferencia mucho de la de la mayoría de los países, según encuestas del Instituto Pew o de Ipsos. Se teme un deterioro general de la vida, al tiempo que decae la confianza en las instituciones para revertir las tendencias negativas.

Sin embargo, la encuesta del CIS muestra un incremento sustancial del interés por la política, una tendencia corroborada por otras fuentes. Pero ese interés es difuso y se orienta hacia actores antisistema, puesto que todo se pone en cuestión. Sabemos que dicho fenómeno es la fuente del crecimiento del trumpismo en casi todo el mundo, incluida España. Por eso, la visión del futuro es distópica, alimentada por el miedo a lo que se vive. En lugar­ de ser utópica, ali­mentada por la esperanza de un mundo mejor. Ni una ni otra son predicciones, sino distorsiones subjetivas de una vivencia negativa en el presente.

¿Por qué no prevalece la esperanza, único antídoto emocional al miedo? Porque nuestro sistema institucional (llamémosle democracia) se ha basado en la formalización de utopías pasadas (libertad, igualdad, fraternidad) cuya materialización histórica (tras décadas de importante progreso) ha decepcionado a las nuevas generaciones que viven un consumismo frustrado, una corrupción sistémica y una devaluación de estos ideales traicionados cotidianamente. En un mundo globalizado y multicultural en el que el temor al otro dificulta la convivencia. De ahí que, más allá de la política, se vislumbra un anhelo de espiritualidad que, en múltiples versiones, aspira a trascender más que a remediar un mundo de negatividad.